CAPITULO LXXIII
La mesa del rey
El plazo de un mes otorgado por la gobernadora expiró bajo los cielos de plomo de finales de septiembre.
En la contaduría de la rúa de los Pañeros, el vacío dejado por Diego pesaba más que los fardos de lana que abarrotaban los muelles.
Hacía dos semanas que su urca vizcaína había zarpado del puerto de Amberes con rumbo a los astilleros de Bilbao.
Lucía se encontraba sola frente al tablero, sabiendo que cada noche que Diego pasaba en el mar lo acercaba más a los alguaciles de la Inquisición, mientras que cada día que ella pasaba en Flandes la aproximaba a la mesa donde se decidiría el destino de su firma.
El carruaje de los Grimaldi la condujo de nuevo al palacio de Coudenberg.
Esta vez no la esperaban en la galería pública de los tapices, sino en el Sancta Sanctorum del poder imperial en el norte: la Sala del Consejo Privado.
La estancia, revestida de paneles de nogal oscuro y caldeada por una gran chimenea de piedra, estaba presidida por una mesa elíptica donde se sentaban los hombres que manejaban los hilos del Imperio.
En el centro, flanqueada por el obispo de Arrás y los oidores de la contaduría de Gante, María de Hungría repasaba unos pliegos con la mirada severa.
A su izquierda, una figura recién llegada de la corte de Madrid imponía su presencia: el secretario Francisco de los Cobos.
El gran administrador de las Indias, un hombre maduro de ojos astutos y manos cubiertas de sortijas, observó entrar a Lucía con la curiosidad de quien examina una pieza extraña en su colección de contadores.
—Dueña Lucía —dijo la Gobernadora.
A diferencia de la rigidez de la última audiencia, Lucía detectó en la inclinación de cabeza de la archiduquesa una levísima sombra de deferencia, casi invisible para los oidores flamencos, pero cargada del peso de la complicidad que habían sellado en su idioma natal.
—Vuestros libros han sido examinados por los contadores de Bruselas —prosiguió la Gobernadora, regresando al tono solemne del despacho— y las fianzas presentadas por la banca Grimaldi en Génova y Amberes satisfacen las exigencias de la Corona.
Nos falta vuestra rúbrica para desvincular el Contrzto de Almadén de los intermediarios alemanes y genoveses.
Lucía avanzó, manteniendo la saya de terciopelo recogida con una mano.
El pulso le latía con fuerza en las sienes, pero al sentarse en el sillón de cuero tallado que le habían dispuesto, su mente recuperó la frialdad absoluta de los Abenazir.
Ante ella se extendían las capitulaciones del Asiento Directo: un contrato por cinco años que otorgaba a El Arlanzón la explotación preferente de los pozos de azogue a cambio del envío regular de libranzas a las ferias de Amberes por un valor de trescientos mil ducados anuales.
—Los términos son claros, señora —declaró Lucía, fijando sus ojos oscuros en el secretario Cobos—.
Pero El Arlanzón exige una salvaguarda que no figura en los apuntes de los secretarios.
El monopolio del azogue en las Indias debe ir ligado a una cédula de exención absoluta de los aranceles de pontazgo y portazgo en todos los alfoces de Castilla, y muy especialmente en los pasos de Córdoba y las aduanas del Consulado de Burgos.
No firmaré un asiento donde los oficiales del norte puedan retener el mineral en los caminos alegando deudas de terceros.
Un murmullo recorrió la mesa. Los oidores flamencos se miraron entre sí, sorprendidos por la exigencia de aquella mujer que osaba imponer condiciones de exención tributaria en el territorio castellano.
Francisco de los Cobos dejó escapar una sonrisa de admiración, apoyando los codos en los brazos del sillón.
—Dueña Lucía demuestra conocer al milímetro las mañas de los mercaderes de Burgos —intervino Cobos, con su marcado acento andaluz—.
Don Felipe de la Torre ha enviado tres memoriales a Madrid este mes, quejándose de que El Arlanzón vulnera los privilegios tradicionales del Consulado en el comercio de las lanas y el control de los fletes.
Pretende que los oficiales que el Consulado mantiene en el sur tasen o retengan cada vasija de mercurio que baje desde Almadén hacia el Guadalquivir.
—Yo defiendo el abastecimiento de la flota de la plata —replicó Lucía, sosteniéndole la mirada sin un solo pestañeo—.
Si el azogue se detiene en los caminos de Andalucía por las triquiñuelas de Burgos, los galeones de Sevilla partirán vacíos y las arcas de Su Majestad en Bruselas no tendrán con qué pagar los Tercios el próximo verano.
Vos elegís quién es más útil a la Corona.
El obispo de Arrás se inclinó hacia la gobernadora, susurrándole algo al oído.
María de Hungría asintió con un golpe seco de su abanico de madera.
Alzó la vista hacia Lucía y, por una fracción de segundo, sus labios esbozaron una levísima mueca de aprobación.
La voluntad de hierro castellana, la que la gobernadora le había advertido no ablandar, estaba allí mismo, batiéndose en la mesa de nogal.
—La cláusula será incluida, dueña Lucía —decretó la Gobernadora—.
Francisco de los Cobos refrendará la Real Cédula de exención para los caminos de Castilla y de Andalucía.
Ningún oficial, sea de las aduanas del sur o de los alfoces de Córdoba, podrá poner la mano sobre las carretas de El Arlanzón sin incurrir en delito de lesa majestad. Estampad vuestra firma.
Un escribano acercó el gran tintero de plata y extendió el pergamino.
Lucía reparó en que el documento traía, en su encabezado, el pliego que acababa de regresar de Castilla cruzado por el trazo firme y ya definitivo del Emperador.
Tomó la pluma de ganso. Sabía que con ese trazo de tinta estaba elevando a la firma a una altura civil inaccesible para los ataques comunes; acababa de convertirse en socia directa del Emperador de Alemania y Rey de las Españas.
Sin embargo, mientras presionaba el metal del sello sobre la cera roja, su mente escapaba de los salones de Bruselas.
Aquella firma era su escudo político, pero el verdadero peligro ya no estaba en los despachos.
En ese mismo instante, Diego debía de estar desembarcando en el norte de España, adentrándose a caballo en la meseta castellana hacia la boca del lobo.
Ella había ganado su batalla en la mesa del rey; ahora le tocaba a Diego sobrevivir en el barro de Medina.