CAPITULO LXXII
El cebo en la rúa de los Pañeros
El final de agosto trajo a Amberes una densa niebla que subía del Escalda, empañando los cristales de la contaduría de El Arlanzón.
Diego pasaba las noches en vela, con el peso del viejo lazo de Medina dándole vueltas en la cabeza como una maldición.
Él había estado allí; había visto a Lucía vestir el manto de desposada a los diecisiete años y había sufrido el dolor de ver cómo Alonso de Castro vendía a Samuel al Santo Oficio.
Creía que la huida y el mar del Norte habían sepultado aquel matrimonio maldito, pero la certeza de que el sacramento seguía legalmente vivo y en manos de Felipe de la Torre operaba ahora como un muro invisible.
El fantasma de Alonso de Castro regresaba del pasado no como un recuerdo, sino como una amenaza jurídica que ninguno sabía cómo derribar sin hacer saltar por los aires la seguridad que tanto les había costado construir.
Era el veneno trazado desde Castilla para destruir la reputación que habían levantado sobre el crédito de Flandes.
A media mañana, el ujier de la planta baja subió las escaleras con paso rápido.
No traía una bandeja con sellos oficiales, sino a un hombre embozado en una capa parda, calado con un sombrero plano que ocultaba sus facciones.
En cuanto la puerta del piso principal se cerró, el desconocido se descubrió el rostro. Era maese Tomás de la Hoz .
Diego se puso en pie de un salto, derribando la silla de roble. Su mano se volcó al cinto y el acero de su daga asomó un palmo, brillando bajo la luz mortecina del ventanal.
—Un paso más, procurador, y os juro que esta vez no saldréis a pie de aquí —bramó Diego, interponiéndose entre el emisario y la mesa de Lucía.
Tomás de la Hoz no se inmutó. Levantó las manos vacías, mostrando una sonrisa mansa que resultaba más insultante que un desafío en campo abierto.
—Tranquilizad vuestro hierro, maese Ocaña —dijo el burgalés, con voz pausada—.
No vengo acompañado de alguaciles ni de guardas del río.
Esta vez solo traigo una carta de cortesía que os envía don Felipe de la Torre desde su casa de Burgos.
Un asunto de familia que concierne directamente a la dueña Lucía.
Lucía, que permanecía sentada con la pluma suspendida en el aire, palideció.
—Dejad que hable, Diego —ordenó ella, con una firmeza que contrastaba con la rigidez de sus hombros.
Tomás de la Hoz extrajo de su jubón un pliego cerrado con un hilo de cáñamo negro y lo depositó sobre la mesa.
El sello de cera oscura llevaba estampadas las armas eclesiásticas del obispado de Valladolid.
Cada pliegue del papel exudaba el tufo rancio de las cancillerías castellanas y la amenaza del Santo Oficio.
—Don Felipe es un hombre pragmático, dueña Lucía —explicó el procurador, clavando sus ojos en ella—.
Sabe de vuestros éxitos en la corte de Bruselas y de los agasajos que os brinda el barón de Watteville.
Pero también sabe que en Medina del Campo hay un hombre que no ha dejado de llorar vuestra ausencia.
Alonso de Castro ha comparecido ante el tribunal de la Inquisición de Valladolid.
Ha reclamado sus derechos eclesiásticos sobre vuestra persona y ha denunciado el alzamiento de los bienes que le pertenecen por derecho conyugal.
Diego sintió un vuelco en el estómago. La amenaza que Lucía había vaticinado en Bruselas acababa de materializarse.
—Esa causa no tiene valor en Flandes —dijo Diego, tratando de sostener el engaño—. La gobernadora no entrega a los factores de la Bolsa por disputas de faldas castellanas.
—Tenéis razón, maese Diego... por ahora —replicó De la Hoz, inclinando la cabeza—.
Pero si este pliego eclesiástico llega al Consejo de Estado y los secretarios del Rey descubren que la mujer con la que pretenden firmar el asiento directo del azogue es una prófuga acusada de bigamia y rebeldía por su propio esposo, el escándalo invalidará la firma.
El barón de Watteville os retirará su favor para salvar su linaje, y los Grimaldi no arriesgarán su capital por una mujer que pertenece a las cárceles de Valladolid.
Don Felipe os ofrece un trato: devolved los derechos del azogue de Almadén al Consulado de Burgos y Alonso de Castro olvidará el camino del tribunal.
De lo contrario, el marido legítimo embarcará en Bilbao hacia Amberes antes de que acabe el invierno para reclamar lo que es suyo ante la justicia de Flandes.
Tras pronunciar aquellas palabras, Tomás de la Hoz hizo una reverencia perfecta, se cubrió con el embozo y abandonó la estancia, dejando que el silencio de la niebla inundara de nuevo la contaduría.
El eco de sus pasos descendiendo la escalera de caracol sonó como la sentencia de una trampa que se cerraba implacable .
Lucía se cubrió el rostro con las manos, rota por la presión. El pasado la había alcanzado del modo más vil posible.
—Felipe de la Torre nos tiene cogidos, Diego —susurró ella, entre dientes—. Si Alonso de Castro pisa Flandes y me reclama legalmente, la corte me dará la espalda. Todo lo que hemos construido se hundirá en el fango de la sospecha. Tendremos que ceder... tendremos que entregar las minas.
Diego contempló el pliego de hilo negro sobre la mesa.
La rabia que le reconcomía el pecho se transformó de golpe en una determinación fría y absoluta.
Sabía que ceder ante De la Torre solo sería el principio del fin; el burgalés los exprimiría hasta dejarlos sin nada y luego los entregaría igualmente.
Había una sola forma de romper el lazo de Medina: cortar la mano que sostenía el cabo.
—No vamos a entregar nada, Lucía —dijo Diego, acercándose a ella y apartándole las manos del rostro con suavidad—.
Felipe de la Torre cree que somos los mismos rapaces que huyeron descalzos de Medina, pero se equivoca.
Tú te quedarás en Amberes. Firmarás ese asiento con los secretarios del Rey en Bruselas y desplegarás toda la astucia de los Abenazir ante los hombres del Imperio.
Yo me encargaré de despejar el camino para que nadie en Flandes pueda cuestionar jamás tu nombre ni tu honra.
—¿Y tú, Diego? —¿Qué vas a hacer? —preguntó ella, leyéndole la intención en los ojos con un súbito destello de pánico.
—Yo voy a volver a Castilla —respondió Diego, con una voz que no admitía réplica—.
Viajaré bajo el nombre de un factor de los Grimaldi, cruzaré las veredas de la sierra y encontraré a Alonso de Castro en Medina antes de que De la Torre pueda embarcarlo hacia aquí.
Ese hombre nos debe la vida de tu padre, Lucía, y es hora de que liquidemos sus deudas.
Mientras yo esté en Castilla, Felipe de la Torre tendrá que mirar a su espalda y tú tendrás el tiempo necesario para blindar El Arlanzón ante la mesa del Rey.
Al escuchar el nombre de Medina, los ojos de Lucía se inundaron de una urgencia distinta, desprovista de la frialdad de los negocios. Se acercó a Diego, estrechándole las manos con desesperación. La angustia acumulada durante años brotó de golpe en su mirada.
—Mi madre, Diego... —Susurró con la voz quebrada por el peso de los ocho años de silencio—.
Si pisas las calles de la villa, tienes que buscarla.
No pasa una sola noche en este norte sin que me maldiga por haberla dejado atrás para salvarme yo.
Búscala en San José o donde el Santo Oficio la haya relegado.
Asegúrate de que sigue viva, de que come, de que nos ha perdonado...
Y si la fortuna nos sonríe en esta partida, sácala de esa tierra maldita, Diego. Tráela conmigo.
Diego la miró a los ojos, sintiendo el peso de la vieja promesa de la Costanilla redoblado por el ruego de la hija.
—La encontraré, Lucía. Te juro por la memoria de Samuel que la encontraré —respondió él, besándole la frente—.
Tu madre volverá a ver el esplendor de los Abenazir, aunque tenga que arrastrarla yo mismo a través de los puertos de Vizcaya.
Ahora mantén la cabeza alta ante los secretarios del rey.
Yo me encargo del resto. Aceptaré el peligro en el corazón de Castilla para que nada ni nadie vuelva a oscurecer nuestro futuro en Flandes.
Prepararé el viaje esta misma noche y buscaré pasaje en la primera urca que zarpe hacia Laredo antes de que los hielos bloqueen el puerto.