CAPITULO LXXI
El arma de Felipe de la Torre
El aire de la morería de Medina del Campo era espeso, saturado por el polvo de las dehesas y el olor a cuero rancio de los talleres de cordobanes.
Apenas quedaba rastro de la opulencia que el mercado del grano y las ferias de cambio habían otorgado a la villa años atrás.
En el fondo de una taberna de la rúa de San Francisco, donde los arrieros y los tahúres liquidaban sus pérdidas entre jarros de vino malo, Alonso de Castro apuraba las últimas luces del día con los dados entre sus dedos temblorosos.
El que fuera el flamante yerno de la casa Abenazir era ahora un hombre destruido a los treinta y cinco años.
Vestía una ropilla de paño raído con los puños deshilachados y parches de grasa en el pecho.
La delación que había entregado al Santo Oficio contra Samuel no le había reportado las riquezas que esperaba; los bienes del comerciante judío habían sido confiscados en su mayor parte por el fisco eclesiástico, y las migajas que el tribunal le otorgó se habían evaporado en las mesas de juego de Valladolid y en los garitos de Medina.
—La suerte os ha abandonado definitivamente, maese Alonso —dijo una voz serena y distinguida desde la penumbra del portal .
Alonso de Castro levantó la vista, irritado por la interrupción.
Frente a él se alzaba un hombre de porte aristocrático, cubierto con una capa de seda negra de excelente factura y un sombrero de copa alta.
Tras él, dos criados armados con espadas cortas guardaban la entrada, impidiendo que los parroquianos se acercaran.
—¿Quién busca a un hombre que no tiene más que deudas? —masculló De Castro, arrojando los dados sobre la mesa de pino.
—Alguien que sabe que tenéis en vuestro poder la llave de una fortuna que ni en vuestros mejores delirios de juego podríais imaginar —respondió el recién llegado, sentándose en el banco de madera frente al tahúr sin ocultar su desprecio—.
Mi nombre es Maese Tomás de la Hoz, procurador civil del Consulado de Burgos.
Vengo de parte de don Felipe de la Torre.
Al escuchar el nombre del gran mercader de Burgos, Alonso de Castro enderezó los hombros, perdiendo parte de la modorra del vino.
—No tengo tratos con los burgaleses —dijo De Castro con desconfianza—. Mi suegro ardió en la hoguera y su hija huyó a Sevilla hace años. Estoy solo en esta miseria.
—No estáis tan solo como creéis, maese Alonso, ni vuestra esposa está tan muerta como los libros de Medina pretenden.
—Tomás de la Hoz extrajo de su portapapeles de cuero un pliego sellado con las armas del obispado de Valladolid y una copia de las partidas matrimoniales de la iglesia de San Antolín—.
Vuestra legítima esposa, Lucía Abenazir, vive en Amberes.
Gobierna la firma El Arlanzón bajo el amparo de los genoveses y maneja los doscientos mil ducados del asiento del azogue real.
Es una de las mujeres más ricas de Flandes .
Alonso de Castro se quedó con la boca abierta, clavando la mirada en los documentos. Sus ojos mezquinos brillaron con una mezcla de codicia y rabia contenida.
—¿En Amberes? ¿Con el dinero de las Indias? —tartamudeó—. Esa maldita... huyó dejándome en la ruina. Me robó los rescoldos de la casa.
—Huyó con maese Diego de Ocaña, que actúa allí como su factor —añadió el procurador, inclinándose hacia adelante—.
Pero ante la Santa Madre Iglesia y el derecho común de Castilla, ese matrimonio de Medina jamás ha sido anulado.
Todo lo que ella posee en Flandes, cada ducado que ha asentado en la Bolsa, os pertenece por derecho de gananciales como su legítimo esposo.
Y lo que es más importante: a los ojos del Santo Oficio, ella es una prófuga que ha abandonado su jurisdicción y el tálamo conyugal.
Alonso de Castro apretó los puños, comprendiendo de golpe el poder que el castellano ponía en sus manos.
—¿Qué quiere Felipe de la Torre de mí? —preguntó, con la voz rota por la codicia.
—Don Felipe os sacará de esta taberna, pagará vuestras deudas en Medina y os vestirá como el caballero que debisteis ser —declaró Tomás de la Hoz, deslizando una bolsa de terciopelo que tintineó con el peso de cincuenta escudos de oro sobre la madera—.
A cambio, firmaréis este poder. Una petición formal ante el tribunal de la Inquisición de Valladolid para que se active la requisitoria de busca por abandono, bigamia latente y alzamiento de bienes contra Lucía Abenazir.
Reclamaréis su persona y sus libros en Flandes .
El tahúr miró el oro y firmó el documento sin dudar un instante, estampando su rúbrica temblorosa al pie del pliego inquisitorial.
—Si ella no regresa a mi cama en Castilla, que arda como su padre —masculló De Castro, guardándose la bolsa en el jubón.
Tomás de la Hoz tomó el pergamino, soplando la tinta antes de guardarlo con cuidado.
La trampa estaba armada. Mientras Lucía intentaba escalar hacia la mesa del rey en Bruselas, Felipe de la Torre acababa de desenterrar el lazo legal de Medina.
Si el marido legítimo reclamaba a la factor del Arlanzón desde Castilla bajo el amparo del Santo Oficio, el escándalo internacional anularía el Asiento y obligaría a la Gobernadora a entregarla.
Felipe de la Torre sonrió en las sombras: tenía el ariete definitivo para destruir a sus rivales sin necesidad de pisar Flandes.