Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO LXX #2
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CAPITULO LXX #2

Sin embargo, Lucía permaneció inmóvil. Su rostro se volvió una máscara de piedra. No era el orgullo lo que la paralizaba, sino un terror sordo que Diego no alcanzaba a comprender del todo.

—Agradezco el honor de vuestras palabras, barón —dijo Lucía, con una voz tan fría que pareció cortar el aire—. Pero los asuntos del Arlanzón requieren hoy toda mi atención ante los secretarios. Si nos disculpáis, la audiencia real nos espera.

Watteville hizo una inclinación perfecta, con la sonrisa intacta.

Meditadlo, dueña. El invierno en Flandes es largo, y las tormentas de Castilla suelen cruzar el mar cuando uno menos lo espera. Quedo a vuestro servicio.

En cuanto el noble se alejó, perdiéndose entre la multitud, Diego tomó a Lucía del brazo, arrastrándola hacia la penumbra de un ventanal que daba a los jardines del palacio.

—¿Has oído a ese miserable? —susurró Diego con urgencia, con los ojos encendidos—.

Quiere nuestra firma, Lucía. Quiere tu fortuna para pagar sus deudas y cree que puede comprarte con un título de baronesa.

Tienes que rechazar esa oferta de inmediato a través de los Grimaldi.

No podemos permitir que se acerque más a nuestros libros.

Lucía se soltó de su agarre con suavidad, pero sus manos temblaban imperceptiblemente bajo el terciopelo verde. Miró las copas de los árboles bajo la llovizna de Bruselas antes de clavar sus ojos en Diego, con una desesperación que hacía años que él no veía en ella.

—No puedo rechazarla con razones de conveniencia comercial, Diego —dijo ella en un susurro apenas audible.

—¿Por qué no? Eres la dueña del Arlanzón, no le debes nada a la nobleza de Flandes .

—Porque una investigación de los contratos matrimoniales para las capitulaciones de la corte sacaría a la luz lo que he ocultado desde el día en que huimos de Medina —confesó Lucía, arrimándose a Diego de modo que nadie pudiera escucharla—.

Ante la Iglesia y ante la ley de Castilla, yo no soy una mujer libre, Diego. Sigo casada con Alonso de Castro.

Diego se quedó helado, como si le hubieran clavado un puñal de hielo en el pecho. El nombre del hombre que había delatado a Samuel ante la Inquisición, el yerno que había vendido a su propia familia para pagar sus deudas de juego, resonó en los salones de Coudenberg como un eco maldito del pasado.

—Ese matrimonio... fue una farsa —consiguió articular Diego, con la mandíbula apretada—. Huiste de él. Tu padre murió por su culpa.

—Fue una farsa para nosotros, pero el sacramento está firmado y sellado en los libros parroquiales de la iglesia de San Antolín en Medina del Campo —replicó Lucía, con una lucidez dolorosa—.

Nunca hubo anulación. Si el barón de Watteville o los secretarios del Rey investigan mis estados para una alianza eclesiástica en el norte, descubrirán que la gran factor de Amberes es una mujer casada que huyó de su marido.

Y lo que es peor: si Felipe de la Torre descubre que sigo atada legalmente a Alonso de Castro, lo usará para reclamar ante los tribunales mis bienes, mi fortuna y mi persona, acusándome de bigamia y herejía.

Ese es mi verdadero impedimento, Diego. El lazo de Medina sigue apretándome el cuello.

Diego no tuvo tiempo de responder. Las grandes puertas de roble de la Cámara de Audiencias se abrieron de par en par y un ujier real, portando una vara con el águila imperial, pronunció sus nombres con voz tonante :

—Dueña Lucía Abenazir y maese Diego de Ocaña, de la firma El Arlanzón. Su Majestad la Gobernadora os aguarda.

Diego apretó el brazo de Lucía por última vez para infundirle ánimos, y ambos cruzaron el umbral.

En el fondo de la estancia, bajo un dosel con las armas de Borgoña, se encontraba María de Hungría.

La hermana del emperador vestía sus habituales ropas de viuda, estrictas y oscuras, y sostenía un mapa de las rutas atlánticas sobre sus rodillas.

A su lado, flanqueado por secretarios que custodiaban gruesos infolios, se hallaba el obispo de Arrás.

—Avanzad, dueña Lucía —dijo la Gobernadora, con esa voz firme que había mantenido a raya a los príncipes protestantes—.

Vuestros números os preceden. El Asiento del azogue que habéis gestionado estos años a través de los Grimaldi ha permitido que la plata del Nuevo Mundo llegue a Amberes justo cuando las arcas de mis tercios estaban en el fondo del pozo.

—Solo somos vasallos que buscan la eficiencia de las rentas reales, Señora —respondió Lucía, ejecutando una reverencia perfecta y forzando a su voz a recuperar la frialdad comercial.

—La eficiencia de los genoveses nos cuesta un doce por ciento de usura, dueña —intervino el obispo de Arrás, dedicándole una mirada astuta—.

Su Majestad el Emperador, desde Madrid, nos ha hecho saber que prefiere que el mercurio de Almadén y la plata que este despierta queden en manos de contadores castellanos.

El monopolio intermedio con la banca de Génova expira este otoño.

Queremos que El Arlanzón asuma el contrato de manera directa, sin la intermediación de los genoveses .

Lucía sintió el peso de las miradas de toda la corte sobre ella. Era el triunfo absoluto que habían perseguido durante cuatro años, la cumbre económica.

—Es un honor que desborda nuestras capacidades, monseñor —declaró Lucía, manteniendo el pulso—, pero El Arlanzón está listo para sostener la mesa de pagos directa en Amberes y asegurar las guías de Almadén.

—Muy bien —concluyó la gobernadora, haciendo una leve señal con la mano a sus secretarios—.

—. Mis contadores prepararán los apuntes de las capitulaciones en Bruselas y despacharemos el correo urgente a la corte de mi hermano para que su Majestad Imperial estampe su real refrendo.

Os cito en este mismo consejo dentro de un mes, tiempo suficiente para que regrese el pliego de Castilla y podamos estampar las firmas definitivas del nuevo Asiento Directo. Podéis retiraros.

Cuando los consejeros y secretarios comenzaron a retirarse del salón, dejando atrás el rumor de los tinteros y el roce de las sedas, María de Hungría hizo un imperceptible ademán a Lucía para que permaneciera unos instantes junto al estrado.

La gobernadora esperó a que la pesada puerta de roble se cerrara. El silencio del palacio de Coudenberg pareció suavizar, por un instante, la rigidez de su porte. Observó a Lucía con detenimiento; en su mirada no quedaba ya el escrutinio de la gobernante, sino una curiosidad casi melancólica.

—Habláis el castellano con el acento limpio y pausado de las tierras altas de Castilla, señora Abenazir —dijo María.

Para sorpresa de Lucía, la gobernadora ya no usaba el francés de la corte, sino un español fluido, aunque teñido por un leve deje borgoñón—.

Hacía tiempo que no escuchaba esa cadencia en estas salas .

—Es la lengua de mi infancia, Alteza —respondió Lucía con una leve reverencia—. La que se habla a la sombra de las murallas de Medina y en las orillas del Duero.

María de Hungría desvió la mirada hacia el gran ventanal, donde la llovizna de Flandes empañaba los vidrios. Una sombra de nostalgia, tan sutil como el encaje de su toca de viuda, cruzó su rostro.

—También era la lengua de mi madre —susurró la Gobernadora, casi para sí misma—.

Ella solía cantar romances de Castilla cuando las nieblas del norte se volvían demasiado densas en su memoria.

Nunca conocí esas tierras de sol y piedra de las que me hablaba, pero a veces, al escuchar a vuestros compatriotas, entiendo por qué mi madre nunca llegó a pertenecer del todo a este rincón del mundo.

María volvió a clavar sus ojos claros en Lucía. Había en ellos una corriente de respeto mutuo; el reconocimiento de dos mujeres obligadas a batallar con las reglas de los hombres.

—Castilla produce voluntades de hierro, señora Lucía. Procurad que el norte no ablande la vuestra. Nos veremos en un mes.

Lucía inclinó la cabeza, comprendiendo que aquel breve puente lingüístico era el mayor honor y la más sincera advertencia que la hermana del emperador podía concederle.

Cuando salieron de la Cámara de Audiencias y regresaron a la galería de los tapices, el triunfo comercial —y la fugaz calidez de aquella confidencia real— se empañaron de golpe con la sombra del barón de Watteville, que los observaba desde la distancia con una sonrisa de lobo.

Habían ganado la confianza de la Corona y el respeto íntimo de la Gobernadora, pero el plazo de un mes que esta les había otorgado para recibir el refrendo del Rey y estampar la firma definitiva era el mismo tiempo que sus enemigos tenían para desenterrar el pasado.