Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO LXIX
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CAPITULO LXIX

El hilo de la memoria

La ejecución del asiento del azogue exigía ojos en la otra orilla del mar.

En la contaduría de la rúa de los Pañeros, Lucía pasaba los días despachando las instrucciones destinadas a la factoría que los Grimaldi mantenían en el compás de la Casa de la Contratación de Sevilla.

El dinero de Flandes ya fluía hacia los pozos de Almadén para duplicar las cuadrillas de mineros, pero las cartas que regresaban del sur traían un rumor inquietante: las carretas con el mercurio del rey sufrían retrasos inexplicables en los caminos de Sierra Morena por trabas de oficiales locales.

—No son bandoleros, Lucía —advirtió Diego—. Es Felipe de la Torre. No puede tumbar nuestro crédito en la Bolsa, y está pagando para retrasar la descarga en el río. Si el mercurio no está estibado en los galeones de la flota antes de que termine agosto, habremos incumplido los plazos de Bruselas.

—Necesitamos a alguien propio en el muelle de Sevilla, Diego. Alguien que conozca a los capataces del río y sepa a quién untar la mano para que el azogue suba a bordo.

Yo conozco a ese hombre —respondió Diego—.

Alonso de Vandelvira, el maestro cordelero de Triana a quien salvé de morir a manos de los cobradores del puerto y de los matones del río cuando intentaban quemarle los almacenes por una disputa de fletes.

Pondrá a sus barqueros y a cincuenta hombres armados a custodiar las carretas desde las sierras hasta la misma orilla del río.

Pero enviar esas cartas desde Flandes es abrir un rastro que nos conecta con el sur.

La conversación se vio interrumpida por el golpe seco de la aldaba. Un desconocido embozado en un capote castellano aguardaba en el umbral.

Diego abrió el pestillo con cautela y el desconocido entró despacio, despojándose del embozo con un movimiento lento que reveló unas facciones enjutas, marcadas por las viruelas y unos ojos pequeños que recorrieron la contaduría con la precisión de un alguacil.

—Dios guarde a esta casa —dijo el recién llegado en un castellano rancio—. O debería decir, Dios guarde a los señores que se hacen llamar factores del Arlanzón.

Diego no dio un paso atrás; la hoja de su daga asomó apenas tres dedos por debajo del jubón.

—Identificaos antes de que os eche a los canales, amigo. —El visitante esbozó una sonrisa torcida y extrajo del cinto un pliego pequeño, atado con un cordón de seda verde y sellado con el escudo del Santo Oficio de la Inquisición de Valladolid.

—Mi nombre es Tomás de la Hoz, procurador de las causas civiles del Consulado de Burgos —declaró el emisario, clavando sus ojos en Lucía—.

Don Felipe de la Torre os envía sus saludos desde Burgos, dueña Lucía.

Sabe perfectamente qué libros asentáis en Flandes y bajo qué nombre os ocultáis en estas calles de Amberes.

Este papel que traigo conmigo es una copia del auto de fe y de la requisitoria de busca que el tribunal de Valladolid mantiene abierta contra la hija de Samuel Abenazir por judaizante, y contra maese Diego de Ocaña por rebeldía, fuga y complicidad en el alzamiento de los bienes confiscados a la casa de vuestro padre, una causa que os persigue desde vuestra huida a Sevilla.

El procurador dio un paso hacia la mesa, apoyando el pliego sellado sobre la vitela donde Lucía anotaba las cuentas del azogue real.

—Don Felipe es un hombre pragmático —continuó el enviado, bajando el tono—.

Sabe que la Corona os protege en Flandes por el dinero del azogue.

Pero si este legajo llega al tribunal eclesiástico del obispo de Tournai la semana próxima, la Iglesia reclamará vuestros cuerpos por herejía antes de que las ferias de agosto se cierren.

Un contrato real no puede estar en manos de dos prófugos condenados en Castilla.

A continuación, de la Hoz les lanzó un chantaje implacable: o cedían su participación en el préstamo del azogue Felipe de la Torre, o entregaría el legajo al tribunal eclesiástico de Tournai antes de que terminara el verano.

Sin embargo, el chantaje se estrelló contra la agudeza legal de Lucía. Tras mirar el pergamino de la Inquisición sin que le temblara un solo músculo del rostro, clavó sus ojos oscuros en el procurador castellano, desarmando la suficiencia del emisario con una frialdad puramente analítica.

—Don Felipe de la Torre sigue midiendo las distancias con las leguas de Castilla, maese Tomás —dijo Lucía, con una voz baja y pausada—.

Ha gastado tres meses y mucho oro en traeros hasta Amberes con este papel, pero ha olvidado repasar las ordenanzas civiles que el obispo de Arrás estampó en nuestro Contrato la semana pasada en el palacio de Coudenberg.

El procurador alzó una ceja, perdiendo un ápice de su seguridad .

—Un auto por herejía y homicidio no entiende de ordenanzas comerciales, dueña —replicó De la Hoz, endureciendo el tono—. La Iglesia está por encima de la Bolsa. Si entrego esto al tribunal eclesiástico de Tournai, el obispo no tendrá más remedio que prenderos.

—El obispo de Tournai os escuchará con santa paciencia, maese procurador, pero sus alguaciles no moverán un solo dedo —sentenció Lucía, dando un paso al frente y señalando con la pluma el cajón donde custodiaba el contrato real—.

El contrato del azogue de Almadén está firmado bajo la cláusula de Utilidad Inmediata de la Corona.

En ese documento se especifica que cualquier interrupción, secuestro o arresto de los factores titulares que ponga en riesgo el adelanto de los doscientos mil ducados para las tropas del Artois será considerado un acto de alta traición contra los intereses del Emperador en Flandes.

Tomás de la Hoz parpadeó, contrariado. El tecnicismo legal introducido por Lucía abría una brecha enorme en su estrategia.

—Si vos entregáis esa requisitoria en Tournai —intervino Diego—, para el mediodía, la Gobernadora habrá ordenado vuestro arresto por sabotear el crédito de la guerra.

Acabaréis vuestros días en las mazmorras del castillo de Amberes antes de que vuestro pliego haya cruzado los muros del palacio eclesiástico.

En Flandes, maese Tomás, el Rey necesita el dinero más que las almas.

El procurador castellano miró a Diego, midiendo la determinación en los ojos del joven y la firmeza con la que empuñaba el arma oculta.

Luego miró a Lucía, percatándose de que aquella muchacha conocía los resortes del derecho imperial con una precisión letal.

El chantaje que parecía infalible en Burgos se desmoronaba ante la realidad política del norte .

Tomás de la Hoz no añadió una palabra. Se embozó de nuevo en su capote de lana negra con un gesto rabioso y abandonó la estancia, cerrando la puerta de golpe tras de sí. El ruido de los cascos de su coche alejándose por la calle porticada devolvió la calma a la oficina.

—Hemos ganado esta mano, Lucía —dijo Diego, con el corazón aún acelerado por la tensión del encuentro—, pero De la Hoz tiene razón en algo: Felipe de la Torre no se detendrá.

Ahora que ha puesto las cartas sobre la mesa y sabemos que está dispuesto a usar al Santo Oficio contra nosotros, redoblará el boicot en Andalucía para hacernos caer.

—Entonces no hay tiempo que perder, Diego —declaró ella. Escribe de inmediato a Alonso de Vandelvira a Triana por la vía del correo cifrado de los Grimaldi. Que sus hombres aseguren los alfoces de Córdoba y que el azogue entre en Sevilla por el río antes de que acabe el mes.

El correo cifrado de la banca Grimaldi tardó diecisiete días en cruzar las rutas postales del Imperio desde el muelle de Amberes hasta la Casa de la Contratación en Sevilla.

Para cuando el pliego llegó a manos de Alonso de Vandelvira en el barrio de Triana, el calor de julio ya había convertido el Guadalquivir en un lecho espeso y humeante de lodo y juncos.

Las galeras atracadas en las gradas crujían bajo el sol sofocante mientras el vapor del agua estancada cubría los muelles.

Cuando Vandelvira leyó el despacho en la penumbra de su cordelería, econoció de inmediato los caracteres y la firma secreta de Diego de Ocaña.

El viejo maestro cordelero se enderezó, acariciándose la barba rala.

No había olvidado los dos años en que aquellos jóvenes se refugiaron en las sombras de Sevilla tras su huida de Medina del Campo; tampoco olvidaba que la firmeza de Diego le había salvado los almacenes de los matones del río que pretendían cobrarse con fuego una falsa deuda de muellaje.

—El Arlanzón sigue vivo —murmuró Vandelvira para sí, doblando el papel con cuidado antes de arrimarlo a la lumbre del hornillo de brea—. Y el muchacho tiene ahora los hombros lo bastante fuertes como para sostener el azogue del rey.

Vandelvira no perdió un día. Esa misma noche, cruzó el puente de barcas hacia el muelle de las Mulas acompañado por tres de sus capataces de la cordelería, hombres duros criados en las corrientes del río que sabían manejar el remo y el vizcaíno con la misma destreza.

En una taberna de la colación de San Vicente, el cordelero se reunió con maese Juan de Escalante, un veterano patrón de barcazas que controlaba el tráfico de alijos en el Bajo Guadalquivir.

—Las carretas de Almadén están retenidas en los campos de Adamuz, por orden del corregidor de Córdoba —explicó Vandelvira—.

El Consulado de Burgos quiere que el metal se pudra en los caminos para que la flota parta con las bodegas vacías de azogue.

Necesito que vuestras barcazas suban el río de noche, esquivando las cadenas de las guardas de Alcolea, y recojan las vasijas directamente en las orillas de los alfoces, antes de que los oficiales de Córdoba las retengan como contrabando.

Mientras la red clandestina de Triana se activaba en el sur, a setecientas leguas de allí, en la contaduría de Amberes, Lucía y Diego seguían el ritmo de las semanas con el pulso contenido.

Cada mañana, Lucía repasaba los diarios de la Bolsa, atenta a cualquier movimiento de los factores alemanes o a una nueva ofensiva legal de Tomás de la Hoz.

El procurador burgalés no había vuelto a presentarse en la rúa de los Pañeros, pero los espías de maese Nicolao Grimaldi advertían que los correos entre el Consulado de Burgos en Amberes y el tribunal de la Inquisición de Valladolid no cesaban de viajar.

A finales de julio, en una noche sin luna a la altura de La Algaba, tres barcazas de fondo plano capitaneadas por Escalante acudieron al encuentro de seis carretas de bueyes que habían logrado cruzar la sierra para entregar las vasijas de mercurio.

El trasbordo se realizó en un silencio febril.

Los hombres cargaban a hombro los pesados frascos de mercurio, cuyo peso muerto y fluido desafiaba las fuerzas de los barqueros más rudos.

El azogue, el mineral que debía dar vida a la plata de las Indias, viajaba por los cañaverales andaluces como si fuera un contrabando infame, a pesar de portar el sello y la exención del propio Emperador.

De pronto, un silbido agudo cruzó el aire desde el camino alto de la Algaba. Era la señal de los vigías.

Una docena de jinetes armados con arcabuces y medias lanzas irrumpió en la playa de lodo. Los fogonazos de los primeros disparos iluminaron la noche, rompiendo el silencio del río.

Los cordeleros de Triana no se amedrentaron.

Protegidos por el maderamen de los botes, respondieron con una descarga de ballestas.

Vandelvira, con la presteza de quien defiende su propio honor, empujó la última barcaza al canal profundo mientras los bueyes, espantados por el estruendo, huían con las carretas vacías hacia el interior del monte .

Dos días después, el azogue entraba en Triana camuflado entre barcazas de suministros y quedaba estibado directamente en la nao capitana de la flota de Indias con el amparo de la Casa de la Contratación.

Cuando los recibos sellados de Sevilla llegaron a Amberes a mediados de agosto, maese Nicolao Grimaldi celebró la victoria confirmando que las letras de cambio de Flandes quedaban blindadas frente a la maniobra de Felipe de la Torre, consolidando al Arlanzón entre los grandes poderes financieros de la plaza.

A sus veintitrés años, Lucía gobernaba la oficina con una madurez que ya no dejaba espacio para la vacilación.

Sentada ante el infolio mayor, trazaba las líneas de la contabilidad de las Indias, sabiendo que cada anotación dependía de la fidelidad de un cordelero en los muelles del Guadalquivir.

El Arlanzón se jugaba su existencia en un tablero partido en dos: el derecho de asientos en los palacios de Flandes y la fuerza de los barqueros en las aguas de Andalucía.

Un solo error en cualquiera de los dos frentes bastaría para destruir todo lo que habían construido con tanto esfuerzo.