Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO LXVIII #3
79%

CAPITULO LXVIII #3

—Vuestra pluma corta más fino que las dagas de vuestros arrieros, dueña —sentenció el prelado, tomando la pluma de ganso de muy mala gana para estampar el visto bueno en el preámbulo del contrato—.

El Consejo da su visto bueno a la enmienda del azogue.

Redactad el pliego definitivo para que Su Majestad Imperial lo sancione con su firma, y extended las pólizas de garantía a nombre de la banca Grimaldi y de la firma El Arlanzón.

Pero recordad que la plata de América es un mar peligroso; si el mercurio de Almadén no llega a tiempo a las Indias, la Corona os buscará en las calles de Flandes, y para entonces ni el mismo Grimaldi os podrá salvar de la ira del Rey.

El eco de las firmas

El regreso a Amberes se hizo bajo un cielo raso y azul que parecía celebrar el triunfo de la delegación.

En el interior de la carroza, el pergamino imperial con el sello en lacre rojo del Consejo de Flandes y el visto bueno del obispo de Arrás descansaba sobre las rodillas de Lucía.

Ya no era una propuesta borroneada a la luz de un candil; era una pragmática sancionada por la Gobernadora que otorgaba a la banca Grimaldi y a la firma El Arlanzón el arriendo preferente de los pozos de Almadén y la distribución de su azogue hacia las Indias.

Aquel documento representaba el triunfo definitivo sobre las arbitrariedades de Castilla, sellando su poder en las plazas de Europa .

Al cruzar el umbral de la rúa de los Pañeros, Diego y Lucía se encontraron con una quietud que contrastaba con el bullicio que acababan de dejar en la corte de Bruselas.

La contaduría mantenía sus mesas paralelas y sus libros abiertos, pero el aire pesaba de otra manera.

Lucía se despojó del capote de viaje y se sentó ante el infolio mayor.

El Arlanzón ya no debía registrar varas de paño de Hamburgo; ahora abrían una sección nueva titulada Del Azogue y Rentas Reales de Castilla .

—La noticia ya ha debido llegar a las gradas de la Bolsa, Lucía —dijo Diego, de pie junto a la ventana, observando el movimiento de los correos en la calle—.

Los factores de los Fugger llevan toda la mañana reunidos en su factoría del muelle oriental.

No van a perdonarnos que les hayamos arrebatado el arriendo de Almadén en Bruselas.

Sus miradas de despecho confirman que el golpe ha retumbado en los despachos de Augsburgo.

—Que no lo perdonen, Diego —respondió ella con una serenidad inmutable, mientras afilaba la pluma de ganso—.

Los alemanes creían que el Imperio se gobernaba solo con el peso de sus cofres, pero han descubierto que el rey prefiere el ingenio que resuelve sus deudas al oro que le impone condiciones.

Maese Nicolao Grimaldi me ha confirmado que las primeras cartas de pago para la feria de Lyon ya están listas.

Nuestra cuota nos reportará dos mil escudos netos de beneficio antes de que acabe el verano, sin haber movido un solo carro de los almacenes.

La puerta de la oficina se abrió sin previo aviso, revelando la silueta de maese Hinrico Vogel.

El factor de Hamburgo entró con el semblante serio, despojado de la tosca alegría con la que había celebrado el flete de los paños del norte semanas atrás.

Se quitó el sombrero de fieltro y miró a los dos jóvenes con una mezcla de respeto y temor .

—Los vientos corren recios en la plaza alta, maese De Ocaña, dueña Lucía —comenzó el alemán, apoyando sus manos gruesas en la barandilla de la entrada—.

En el muelle de los orientales no se habla de otra cosa.

Dicen que habéis firmado un asiento con el obispo de Arrás que toca las regalías del rey en Castilla.

Los oficiales del Consulado de Burgos están fuera de sí; Felipe de la Torre ha despachado un correo urgente a la Chancillería de Valladolid alegando que estáis usando el dinero de Flandes para bloquear los derechos de los mercaderes de Castilla.

Lucía se levantó de su asiento, sosteniendo la mirada del hamburgués con esa fijeza cerebral que ya desconcertaba a los hombres más viejos de la Bolsa.

—Felipe de la Torre sigue buscando nuestros paños en los muelles, maese Hinrico, mientras nosotros gobernamos el mineral que ha de refinar la plata de sus propios galeones —sentenció la joven con una voz firme—.

Dejad que Burgos escriba a Valladolid cuanto quiera.

Las leyes de la Chancillería no tienen jurisdicción sobre el Patrimonio Real que el Emperador nos ha confiado en Bruselas.

El Arlanzón ya no compite por el sayal de Luneburgo ni por las lanas de Segovia.

Vogel contempló a la muchacha, dándose cuenta de que aquella firma familiar con la que había pactado un corretaje menor en primavera se había transformado, en apenas unos meses, en un engranaje indispensable de la gran maquinaria financiera internacional.

—Por los clavos de la mar —murmuró el factor del norte, inclinando la cabeza en un saludo formal—. Tenéis el pulso más frío que los hielos del Elba, dueña. Si el azogue de Almadén viaja bajo vuestra firma, la Hansa estará lista para ofreceros sus urcas cuando necesitéis cruzar el Atlántico .

Cuando el alemán se retiró, Diego se acercó a la mesa de Lucía, clavando sus ojos en el pergamino imperial.

El salto de mercaderes a financieros puros se había consumado; estaban sentados a la altura de los mayores banqueros de la época, y el nombre del Arlanzón ya resonaba en los despachos donde se decidía el destino del Nuevo Mundo.

Nada podía arrebatarles ya la gloria construida con inteligencia y valor sobre el lecho de las cenizas de Medina.