CAPITULO LXVIII #2
El obispo de Arrás apretó los dientes, con el rostro encendido por el descaro de la muchacha.
Estaba acostumbrado a que los más ricos mercaderes de Alemania doblaran la rodilla ante su dignidad eclesiástica.
Sin embargo, la mención al motín de las tropas del Artois era una llaga abierta en Bruselas.
El dinero se necesitaba antes de las ferias de agosto y los Fugger ya habían cerrado sus cofres .
El prelado miró a Grimaldi buscando una rectificación, pero el banquero genovés se limitó a cruzarse de brazos, cediéndole todo el peso de la mesa a la joven.
—Sea —masculló el obispo de Arrás de muy mal grado, haciendo una seña brusca con la mano a sus secretarios para que se sentaran—.
Hablad, pues, dueña. Pero guardaos de hacernos perder el tiempo con retóricas de feria.
El emperador necesita los doscientos mil ducados antes del quince de agosto.
Vuestros borradores hablan de desviar la garantía hacia las rentas de los antiguos maestrazgos, hoy incorporados perpetuamente a la Corona de Castilla.
Sabéis bien que el Consejo de Hacienda en Madrid no ratificará un contrato que comprometa los ingresos directos del Patrimonio Real.
Lucía apoyó sus manos sobre el paño verde que cubría la mesa del Consejo, asumiendo el control definitivo de la audiencia.
—La mesa genovesa no busca debilitar las rentas de la Corona, monseñor —clamó Lucía, extendiendo el primer pliego de cifras—.
Al contrario, venimos a proponer un rescate para una hacienda que está a punto de asfixiarse en el sur.
Los Fugger exigen la plata en lingotes de Sevilla, una plata que vuestro Consejo no puede entregar sin quebrar las leyes del reino.
Nosotros os proponemos un contrato limpio sobre el azogue de las minas de Almadén, cuya explotación y pozos pertenecen por entero al Rey de Castilla desde su incorporación a la Corona.
El obispo volvió a fruncir el ceño, aunque esta vez la hostilidad de sus ojos mutó en una fría curiosidad.
—El mercurio es una regalía directa de Su Majestad, dueña. Los Fugger llevan años ambicionando el monopolio de su arriendo. ¿Por qué iba el Emperador a ceder la explotación de Almadén por tres años a una firma de Amberes a cambio de un préstamo corriente en Flandes?
—Porque los Fugger os han cerrado los cofres en Bruselas cuando más los necesitabais, monseñor, y porque sin ese mercurio, los nuevos cerros de plata descubiertos en la Nueva España no son más que piedra muerta —replicó Lucía, sosteniendo la mirada del prelado con una fijeza implacable—.
Los ensayadores de los centros mineros de Zacatecas y Guanajuato acaban de confirmar el éxito de la amalgamación.
Hasta ahora, la plata se extrae por fundición en hornos, un método lento que desperdicia la mayor parte del mineral.
Pero si se mezcla el mineral triturado con el azogue, el mercurio abraza la plata como un imán, separándola de la piedra con una pureza y rapidez jamás vistas.
Si el Rey mantiene las minas de Almadén bajo el viejo y perezoso arriendo de los oficiales locales, la plata americana se detendrá.
Pero si nos entregáis la gestión del azogue a la banca Grimaldi y al Arlanzón, nosotros adelantaremos los doscientos mil ducados en Amberes mañana mismo, y nos encargaremos de que cada libra de mercurio sea explotada y enviada al Atlántico para multiplicar los tesoros que han de financiar las próximas campañas de Su Majestad.
El prelado miró a Grimaldi buscando una rectificación, pero el banquero genovés se limitó a cruzarse de brazos, cediéndole todo el peso de la mesa a la joven.
Un silencio absoluto se adueñó del gabinete de Coudenberg.
El oidor de Hacienda tomó las tablas de contención de Lucía, asombrado por la precisión con la que aquella joven manejaba los aranceles de las Indias y los ritmos de la producción química del mineral.
El diseño era perfecto: el Emperador obtenía el oro de inmediato para acallar las armas en Flandes, y la deuda se liquidaba en el interior de Castilla mediante un recurso cuyo verdadero valor estratégico los secretarios de la corte apenas empezaban a vislumbrar.
El obispo de Arrás contempló el pliego, miró a Grimaldi y finalmente clavó sus ojos en Lucía con un respeto gélido, el que se le tiene a un enemigo que ha sabido encontrar la juntura exacta de la armadura imperial.