Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO LXVI
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CAPITULO LXVI

La enmienda de los Grimaldi

La mañana siguiente amaneció limpia, con esa luz dorada y fría que el mar del Norte regala a Flandes cuando el mes de mayo se asienta.

Diego y Lucía caminaron hacia la factoría Grimaldi con paso firme.

Bajo el brazo, Lucía no portaba muestras de estambre ni recibos de muellaje, sino tres pliegos de papel fino de Génova emborronados con sus propios cálculos nocturnos.

Maese Nicolao Grimaldi los recibió de inmediato.

El banquero estaba rodeado de secretarios que despachaban correos para la feria de pagos de Lyon, pero al ver entrar a los factores del Arlanzón, hizo una seña con la mano y la estancia quedó vacía en un par de minutos.

El genovés se recostó en su sillón, contemplando a Lucía con una mezcla de curiosidad y expectación.

—Habéis examinado los borradores del préstamo real, dueña —dijo Grimaldi, yendo directo al grano—. Mis cajeros me dicen que pasasteis la noche con la pluma en la mano. ¿Tan mala os parece la música que toca el emperador?

—La música es excelente para vuestra casa, maese Nicolao, pero el lugar que habéis elegido para cobrar en Sevilla desafina —replicó Lucía, dando un paso al frente y extendiendo el primer pliego sobre la mesa de roble—.

Habéis pactado la devolución de los sesenta mil ducados sobre la recaudación de los impuestos del puerto de Sevilla para el mes de octubre, coincidiendo con la llegada de la flota de las Indias.

—Es la vía habitual, señora —intervino el banquero, alzando una ceja—. La plata de América paga siempre las deudas de la Corona en el otoño andaluz.

—Lo sería en un año ordinario, pero este no lo es —declaró Lucía con una fijeza que hizo que Grimaldi se inclinara hacia delante—.

Vos sabéis que el Rey ha ordenado reforzar las fortificaciones de La Goleta y los barcos de guerra del Mediterráneo.

Lo que vuestros contadores en Flandes ignoran, y yo sé bien por las memorias de mi padre, es que la recaudación de los impuestos del puerto de Sevilla de este verano ya está apartada de antemano para los astilleros de Barcelona.

Si vuestros cobradores van en octubre a la aduana real con este contrato, los oficiales del Rey les darán buenas palabras, pero no plata.

Os harán esperar hasta la primavera siguiente, y para entonces los intereses de demora en Amberes habrán devorado vuestro beneficio.

Un silencio denso cayó en el gabinete. Grimaldi tomó el papel de Lucía, recorriendo con ojos expertos las cifras de los desvíos de fondos que ella había desglosado basándose en las órdenes reales y los ritmos de la recaudación del sur.

El rostro del genovés se tornó severo; la muchacha había detectado una vía de agua en el contrato que a sus propios agentes en Sevilla se les había escapado por pura rutina.

—¿Y cuál es vuestra enmienda, dueña? —preguntó Grimaldi, con una voz que había perdido cualquier rastro de condescendencia.

—Cambiar la fuente del cobro —sentenció Lucía, señalando el segundo mapa—.

No aceptéis los impuestos del puerto. Exigid que la devolución se ordene sobre la tasa del ganado merino, ese impuesto que se cobra al paso de los rebaños, cuya recaudación se realiza en Burgos y Medina en julio, dos meses antes.

El dinero estará limpio y libre de las urgencias de la flota de guerra.

Grimaldi repasó el diseño mental, asombrado por la precisión del golpe estratégico. Luego, miró de reojo a Diego y finalmente fijó sus ojos en la joven.

—Es una corrección magistral, señora. Salva el contrato. Pero modificar esa cláusula ante los secretarios del Emperador en Bruselas me costará una negociación dura. ¿Qué busca el Arlanzón ofreciéndome este escudo?

Diego dio un paso al frente, asumiendo su papel con el aplomo pactado la noche anterior.

—Queremos entrar en el préstamo, maese Nicolao.

El Arlanzón ofrece ochocientos escudos de oro líquido de forma inmediata para cubrir vuestro riesgo en Flandes.

A cambio, exigimos una parte proporcional de los beneficios del doce por ciento de interés, cobrable en la plaza de Lyon en la feria de agosto, mediante pagarés de vuestra propia mesa de banca.

Grimaldi soltó una carcajada corta, teñida de un profundo respeto.

—Ochocientos escudos es una gota de agua en un océano de sesenta mil, maese Diego.

—Es una gota que lleva consigo la brújula para no encallar en Sevilla, maese Nicolao —sentenció Lucía, sosteniendo la mirada del gigante financiero—.

Sin nuestra enmienda, vuestros sesenta mil ducados dormirán un año entero en los libros de la Hacienda Real.

Con nosotros dentro, vuestro capital regresará a Génova antes de las primeras nieves .

El banquero genovés guardó silencio durante un largo pasaje, golpeando rítmicamente el escritorio con su anillo de sello.

La audacia de la propuesta era innegable.

Aquellos dos prófugos castellanos no solo tenían el dinero fresco que tanto escaseaba en la plaza, sino la información precisa que valía más que el propio oro.

—Sea —concluyó Grimaldi, extendiendo la mano hacia Diego y luego inclinando la cabeza ante Lucía—.

El Arlanzón entra en el préstamo de Flandes.

Traed el oro antes del mediodía y mis escribanos redactarán vuestro contrato de participación.

Hoy habéis dejado de medir el paño con la vara, dueña; acabáis de ponerle precio al tiempo del emperador.