CAPITULO LXV
El pacto de la Hansa
Para asegurar el suministro de los talleres textiles de Gante, negoció un acuerdo directo en el muelle de los Orientales. El intermediario escogido fue maese Hinrico Vogel, un factor de Hamburgo establecido en el muelle de los Orientales.
—Los castellanos suelen mirar siempre al sur, maese De Ocaña —comenzó Vogel en un dialecto flamenco bastante inteligible—. Es raro que una firma que opera en la rúa de los Pañeros busque el sayal de Luneburgo o los lienzos de Westfalia cuando tiene el monopolio de las lanas merinas.
—El mercado cambia como los vientos del Báltico, maese Hinrico —intervino Lucía—.
Las aduanas del Cantábrico están sujetas a los caprichos de la guerra y a los embargos de la Chancillería.
Necesitamos asegurar un flete de trescientas varas de paño fuerte del norte para los talleres de peinado de Gante de cara a las ferias de mayo, y queremos que vuestra casa flote la mercancía desde Hamburgo.
—El paño del norte no tiene el tacto de los paños de Segovia, dueña —advirtió el hamburgués, enderezándose en la silla—.
Es rudo, recio y exige un tinte más espeso.
Además, la Hansa no cede espacio en sus urcas a firmas que no estén matriculadas en el muelle oriental.
Las leyes de mi ciudad prohíben el corretaje encubierto a los extranjeros.
—No os pedimos un corretaje encubierto, maese Hinrico, sino un asiento de compra recíproca —replicó Lucía con absoluta serenidad, deslizando un pliego con cifras que había preparado la noche anterior—.
El Arlanzón comprará el paño en Hamburgo a través de vuestra mediación, pagando una comisión del tres por ciento sobre el valor en aduana. El metal no saldrá de Flandes.
La jugada de Lucía era impecable: en lugar de buscar un corretaje encubierto —prohibido por la Liga Hanseática—, propuso un asiento de compra recíproca.
El Arlanzón adquiriría trescientas varas de paño fuerte en Hamburgo, pagando una comisión del tres por ciento.
Los alemanes no arriesgaban nada, se llevaban la tasa limpia y la mercancía navegaría hacia el Escalda bajo la total inmunidad del pabellón de la Hansa.
Sorprendido por la agudeza de aquella joven de veintidós años, Vogel cerró el trato al instante.
Para la última semana de abril, tres pesadas urcas hanseáticas atracaron en la rada de Amberes con los cascos repletos de paño de Luneburgo y lienzo de Westfalia.
Dos inspectores del Consulado de Burgos, enviados por el infatigable Felipe de la Torre, irrumpieron en el muelle acompañados por un alguacil de la villa para ejecutar la orden de embargo contra los bienes de la firma.
Lucía dio un paso al frente antes de que Diego echara mano a la daga y exhibió los contratos.
Aquel paño no pertenecía al Arlanzón; había sido comprado en origen por la casa de Vogel y viajaba amparado por los Grimaldi.
Al comprobar que tocar esa carga implicaba violar los fueros sagrados de la Hansa y confiscar propiedad alemana, el alguacil expulsó a los enviados de Burgos del muelle.
Mientras las lanas merinas se pudrían en los almacenes castellanos, costándoles una fortuna en mermas, el Arlanzón aseguraba la campaña de primavera sin arriesgar un solo maravedí en los puertos del rey.
Las trescientas varas de paño se vendieron en Gante en menos de diez días.
Tras liquidar comisiones e intereses, el libro de caja arrojaba un saldo neto e histórico de ochocientos cuarenta escudos de oro.
Sin embargo, en la tibia penumbra de la contaduría de la rúa de los Pañeros, Lucía no celebraba el éxito de la mercancía.
—Seguimos pensando como arrieros, Diego —dijo ella, cerrando el infolio de cuentas ante la mirada exhausta de su socio—. Mi padre me enseñó que el peor error de un mercader es enamorarse de su mercancía. Lo que se toca, se confisca. Lo que pesa, se embarga.
—¿Propones que dejemos de mover lana? —preguntó Diego, intrigado.
—Propongo que compremos lo único que las aduanas no pueden pesar: el tiempo y la deuda —sentenció Lucía, desplegando los borradores de balance que maese Nicolao Grimaldi le había confiado esa misma mañana—.
El emperador necesita cien mil ducados en Flandes para pagar a las guarniciones de Namur antes de junio y no puede esperar a que la flota de la plata llegue a Sevilla en otoño.
Los Grimaldi le entregan ese dinero aquí, en Amberes, a cambio de un derecho de cobro sobre las rentas del Reino con un doce por ciento de interés .
Lucía señaló con la pluma las flaquezas del contrato. Los genoveses habían asumido un volumen colosal de deuda y necesitaban pequeñas participaciones de feria para aligerar su propio balance ante el riesgo de un retraso en los galeones de Indias.
—No entraremos al préstamo real por la puerta grande, sino por la rendija que el gigante deja abierta —explicó con una lucidez arrolladora—.
Les ofreceremos nuestra liquidez y mi conocimiento exacto de cómo se liquidan las tasas en la Casa de Contratación de Sevilla.
No seremos sus criados; seremos sus socios de cuota.
Diego contempló la red de líneas trazadas por Lucía sobre el mapa de Europa. El dinero ya no era metal sonante acumulado en un cofre, sino una trama invisible de tinta y crédito que cruzaba el continente.
—Es el juego más peligroso de la Bolsa, Lucía —concluyó Diego, clavando sus ojos en los de ella—. Si el Rey quiebra, nos hundiremos con los genoveses.
—El Rey nunca quiebra, Diego —replicó ella, apagando el candil con un soplo—. El rey solo aplaza sus pagos. Y quien controla los plazos, controla el imperio. Mañana iremos a la factoría Grimaldi, pero no llevaremos muestras de lana; llevaremos las correcciones a su propio contrato.