CAPITULO LXIV
El correo del Rin
La contaduría de la rúa de los Pañeros había cambiado sutilmente su disposición.
La gran mampara de roble que antes ocultaba los movimientos de Lucía había sido retirada; ahora, su mesa de pino se alineaba en paralelo a la de Diego, mostrando a cualquiera que cruzara el umbral que las decisiones de la firma se tomaban a cuatro manos.
Su pulso al trazar los rasgos de cualquier anotación en los libros, reflejaba la misma fijeza con la que sostenía la mirada a los factores de la Bolsa.
Una tarde en que el viento traía el olor a brea y fango de los muelles, la puerta se abrió para dar paso a un correo de librea desgastada. No traía los colores de la aduana imperial ni la insignia de la villa, sino el escudo de armas de los Welser, la poderosa familia de banqueros de Augsburgo .
El jinete entregó un pliego sellado con lacre verde a Diego, cobró su posta y regresó al tiro de los caballos sin pronunciar palabra.
Diego rompió el sello con cuidado, desplegando el pergamino sobre la mesa de Lucía. La carta venía fechada en Colonia diez días antes y estaba redactada en un latín mercantil pulcro, cortado por caracteres alemanes.
—No es una reclamación de tasas, Lucía —dijo Diego, recorriendo las líneas con el índice—.
Es un aviso de la factoría Welser en el Rin.
Felipe de la Torre y los hombres del Consulado de Burgos han movido sus hilos tal y como advirtió Grimaldi.
Como no pudieron confiscar nuestra lana a través de los jueces flamencos, han presentado una querella por vía de apremio ante la Chancillería de Valladolid, alegando que El Arlanzón es una filial encubierta de los bienes de tu padre, un difunto en rebeldía con el fisco real.
Lucía tomó el papel, analizándolo no con el temor de una fugitiva, sino con la frialdad analítica que su padre, Samuel Abenazir, le había inculcado ante los embates de la ley.
—El golpe viene bien dirigido, Diego —observó ella, señalando una cláusula al pie del escrito—.
No atacan nuestra presencia en Amberes, porque saben que los Grimaldi nos amparan y la villa defiende sus fueros.
Lo que han solicitado es un mandamiento de embargo sobre los bienes que la firma pueda tener en los reinos de Castilla.
Buscan bloquear las raíces de nuestro árbol, obligándonos a personarnos en Valladolid bajo amenaza de declararnos extranjeros y prohibirnos comerciar con paños de la tierra.
Diego se recostó en su silla, apretando los dientes .
—Si la Chancillería ejecuta ese mandamiento, no podremos volver a consignar una sola vara de paño castellano hacia Flandes.
El Arlanzón se quedará sin su principal sustento cuando se abran las ferias de mayo.
Quedaremos reducidos a operar con los ingleses, y el Imperio terminará por estrangular nuestro crédito en la Bolsa.
Lucía se levantó, caminó hacia el mueble de las tres llaves y extrajo el libro mayor de balances.
Lo abrió por la sección de las transferencias genovesas y clavó sus ojos oscuros en Diego.
Había una determinación nueva en sus facciones, la de quien ya no acepta el papel de víctima de las leyes de los hombres.
—Valladolid está muy lejos, Diego, y sus oidores solo ven los papeles que Burgos les pone delante —declaró ella con una serenidad cortante—.
El mandamiento habla de los bienes del Arlanzón en Castilla.
Pero el Arlanzón no tiene bienes en Castilla.
Todo nuestro metal está transformado en letras de cambio genovesas depositadas en la plaza de Lyon y en el banco de Venecia.
Si Burgos quiere buscar los fantasmas de Medina en las dehesas de Segovia o en las ferias de Medina, que gaste su plata en alguaciles.
Nosotros no vamos a personarnos en Valladolid.
—¿Y los contratos de los paños de mayo? —preguntó Diego, calibrando el alcance de la estrategia.
—Los negociaremos bajo pabellón de la Hansa —sentenció Lucía, apoyando la mano sobre el infolio—.
He estado repasando las tasas de los mercaderes de Hamburgo.
Si compramos el paño en las ferias del norte de Alemania y lo bajamos por el Rin, esquivaremos las aduanas del Cantábrico y la jurisdicción de la Chancillería.
Dejemos que Felipe de la Torre celebre su mandamiento en Valladolid; cuando se abran las ferias de primavera, se encontrará con que el Arlanzón sigue vistiendo a Flandes sin haber tocado un solo muelle del rey.
Diego contempló a la joven, asombrado por la audacia del diseño que acababa de trazar sobre la mesa.
La persecución de sus enemigos, en lugar de arrinconarlos, los estaba obligando a ensanchar su mapa hasta los confines del norte de Europa, transformando la pequeña firma familiar en un engranaje más de la gran maquinaria financiera internacional.