Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO LXIII
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CAPITULO LXIII

El asiento de la plaza alta

La noticia de las veinte sacas liquidadas a quince escudos de oro corrió por las galerías altas de la Bolsa con la misma velocidad con la que el hielo trizaba los maderos del Escalda.

En una plaza donde los veteranos de las casas de contratación medían cada movimiento con cautela, que una firma menor forzara al mismísimo Consulado de Burgos a pagar el precio más alto del invierno era una hazaña que los cambistas genoveses no tardaron en anotar en sus memoriales.

Al caer la tarde del sábado, cuando las mesas de cambio empezaban a recoger sus balanzas, maese Nicolao Grimaldi se presentó en la contaduría de la rúa de los Pañeros.

No envió a su cajero ni a un ujier con un billete; el banquero acudió en persona, envuelto en un suntuoso capote de terciopelo genovés forrado de lince, dejando que sus pasos resonaran firmes en el suelo de pino.

Diego lo recibió con una breve inclinación de cabeza, pero Grimaldi apenas le prestó atención. Sus ojos, adiestrados en descifrar las intenciones de los hombres detrás de los números, se clavaron directamente en Lucía, que permanecía ordenando los tinteros y las plumas sobre el mostrador.

—Trescientos escudos redondos, maese Diego —comenzó el genovés, deteniéndose ante la mesa de contabilidad y apoyando sus manos enguantadas sobre el borde tallado—.

Felipe de la Torre anda murmurando por los portales de la alcaldía que el Arlanzón practica las artes de los usureros de Florencia.

Pero lo que más le escuece, según me llega, no es el precio del metal, sino la mano que guio la pluma en el asiento.

Lucía no dio un paso atrás. Sostuvo la mirada del banquero con una calma que revelaba el profundo poso de las lecciones de su abuelo Isaac Abenazir. A sus veintidós años, sabía que el genovés no venía a reprenderlos, sino a calibrar el verdadero peso de la firma con la que acababa de aliarse.

—La necesidad de Burgos no la fijó el Arlanzón, maese Nicolao, sino las pataches del rey de Francia —replicó Lucía, manteniendo el tono llano y preciso que solía usar con los libros de caja—.

Nosotros solo aplicamos el fiel de la balanza a una mercancía limpia y bien custodiada.

Aquí están los seis escudos de oro que corresponden al dos por ciento de vuestro aval, según lo pactado para esta feria.

Colocó las seis piezas de cuño flamenco sobre la mesa, alineadas con perfecta simetría.

Grimaldi contempló las monedas, pero no hizo ademán de recogerlas. Esbozó una sonrisa fina, la de quien reconoce a un igual en un tablero donde la mayoría de los hombres solo son peones.

—El dinero es exacto, dueña, pero el valor de lo que ha ocurrido hoy en esta estancia va más allá de seis escudos —declaró el banquero, quitándose el bonete ante ella con una cortesía formal que no tenía nada de condescendiente—.

Cuando abrimos vuestro depósito en Génova, pensé que maese Diego gobernaba una herencia afortunada con la ayuda de una buena escribana.

Ahora veo que me equivocaba. La trenza de Génova no suele hacer negocios con mujeres, señora, porque las leyes del Imperio las mantienen mudas en los tribunales; pero la banca Grimaldi nunca le cierra la puerta a una mente capaz de doblar el brazo al Consulado de Burgos en mitad de la feria de Reyes.

Diego avanzó desde el fondo de la estancia, colocándose a la altura de Lucía, asumiendo su papel de contrapeso público con absoluto aplomo.

—La alianza con vuestra casa sigue firme, maese Nicolao —intervino Diego—. El metal restante queda en vuestras arcas para los fletes de primavera, tal y como acordamos.

—Y allí estará seguro, maese Diego —respondió Grimaldi, recogiendo finalmente las monedas con un giro rápido de sus dedos—.

Pero tened los ojos bien abiertos. Burgos ha pagado el oro porque no tenía otra opción para salvar sus telares, pero Felipe de la Torre ya ha despachado un correo a caballo hacia el sur, bordeando las líneas de Francia por los caminos de Alemania.

El orgullo del burgalés herido por una mujer es una mecha que arderá rápido en los despachos de Valladolid.

Cuando el genovés abandonó la contaduría, dejando tras de sí el eco de sus advertencias, Lucía tomó el trapo de lino y comenzó a limpiar la mesa, deteniéndose un instante sobre el lugar donde habían estado las monedas.

—Ya nos han visto las cartas, Diego —dijo ella, mirando hacia el ventanal donde la noche de Amberes se cerraba con una nueva ventisca—.

Ya no somos unos prófugos que se esconden tras el nombre del Arlanzón.

Ahora los grandes de la Bolsa saben quién lleva la cuenta del oro, y el próximo flete que cruce el Escalda no se negociará en los muelles, sino en esta mesa.