Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO LXII
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CAPITULO LXII

El pulso de los quince escudos

El carpetazo al pleito de la Scherpenberg no solo desarmó al Consulado de Burgos, sino que dejó al Arlanzón en una posición de absoluta ventaja en el mercado.

La mañana del lunes, con las calles de Amberes aún cubiertas por el lodo helado de la tregua invernal, la contaduría se convirtió en el destino obligado de los corredores de la feria de Reyes que buscaban los últimos vellones limpios del Bramante.

Diego permanecía junto al portalón del almacén, supervisando el tiro de los carros, pero la verdadera batalla de la feria se libraba de puertas para adentro, al calor del brasero de la oficina.

Maese Felipe de la Torre, el factor burgalés que tres días antes los había sentado ante los jueces, entró en la estancia.

No venía acompañado por alguaciles, sino por su cajero.

El orgullo del Consulado había tenido que doblar la cerviz ante la cruda realidad de los telares: Burgos no tenía lana que ofrecer y sus clientes del norte exigían el estambre bajo amenaza de romper los contratos de primavera.

—No vengo por pleitos, maese De Ocaña —dijo La Torre, dirigiéndose a Diego con una sequedad que pretendía ser digna—.

El mercado está desabastecido y mis tejedores de Brujas necesitan fibra.

Sé que os quedan veinte sacas de las Cotswolds inglesas.

Os ofrezco trece escudos de oro por saca, al contado.

Es un precio más que generoso para un vellón que carece de la finura de la merina segoviana.

Diego iba a responder, pero un leve carraspeo tras el mostrador detuvo su ademán.

Lucía dio un paso al frente. Por primera vez desde que se establecieron en Flandes, no se quedó resguardada tras la mampara ni se limitó a mojar la pluma en silencio.

Salió al espacio abierto de la contaduría con el manual diario bajo el brazo, sosteniendo la mirada del veterano mercader con una quietud que descolocó al burgalés.

A sus veintidós años, su presencia allí, interviniendo directamente en un trato de feria, era una anomalía que La Torre miró con indisimulada condescendencia.

—El precio de la lana basta de Zelanda cerró el sábado a trece escudos y medio en las pizarras de la Bolsa, maese Felipe —declaró Lucía.

Su voz era baja, pero firme, exenta de la vacilación que el factor esperaba de una mujer—.

El vellón de las Cotswolds que guardamos no es basto; está limpio de esquileo de verano, sellado con la marca de Blackwell Hall y exento de la humedad que arruina la urdimbre.

Vuestros tejedores de Brujas lo saben, y vos también.

La Torre parpadeó, contrariado por verse interpelado por la muchacha en lugar de por Diego. Miró a este último buscando que metiera en vereda a la que creía su ayudante, pero Diego permaneció de brazos cruzados, apoyado en el mostrador, cediéndole el campo a Lucía con absoluto aplomo.

—Muchacha —masculló el burgalés, endureciendo el gesto—, las mujeres de la nación castellana no ponen precio al metal en las ferias de S.M. Eso es asunto de hombres de cambio .

—Las mujeres de la casa de Samuel Abenazir sí lo hacen, maese Felipe —replicó ella, y la mención indirecta al rigor de su adiestramiento flotó en el aire de la estancia como una advertencia—.

Doce escudos nos pagó el decano de Malinas cuando el frío aún no había cerrado el Escalda.

Hoy, con las pataches francesas en el canal y las urcas de vuestro Consulado retenidas en Laredo, las veinte sacas del Arlanzón se liquidan a quince escudos de oro por saca. Ni un maravedí menos.

El factor de Burgos apretó los puños bajo las vueltas de martas de su capa.

La cifra era una barbaridad, casi el doble de lo que costaba la lana en tiempos de paz, pero la precisión con la que aquella joven manejaba los datos de los bloqueos navales y las cotizaciones de la Bolsa le demostró que no estaba ante una simple escribiente que copiaba cifras, sino ante la mente que gobernaba el Arlanzón.

—Es una usura intolerable —declaró La Torre, buscando el dinero en su faltriquera con gestos bruscos—. Catorce escudos y medio.

—Quince, maese Felipe —insistió Lucía, abriendo el libro de memorias de venta sobre la mesa y señalando el renglón en blanco—.

Si vuestro cajero no firma el asiento por trescientos escudos redondos antes de que el carillón de San Miguel dé las doce, las veinte sacas saldrán mañana hacia los telares de Gante, que ya han aceptado la oferta.

El silencio que siguió fue el de una capitulación comercial en toda regla.

Felipe de la Torre miró el libro, miró a Diego —que seguía inmóvil— y finalmente clavó sus ojos en Lucía con un respeto lleno de resentimiento.

Hizo una seña tosca a su cajero, que depositó sobre la mesa una pesada bolsa con los trescientos escudos de oro en excelente cuño de Flandes .

—Asentad el flete, dueña —dijo el burgalés entre dientes—. Pero recordad que Amberes es una villa pequeña, y el viento de Valladolid termina por soplar en todas las calles.

Lucía tomó las monedas, verificó el peso de tres de ellas en la balanza y, con pulso impecable, firmó el recibo en nombre del Arlanzón. Cuando los hombres de Burgos salieron, Diego se acercó a la mesa, contemplando el oro que brillaba bajo el candil.

—Le has cobrado hasta el último escudo del pleito de Reyes, Lucía —dijo Diego con una sonrisa tensa—. Pero La Torre no olvidará que una mujer le ha doblado el brazo en su propio terreno.

—No me importa su orgullo, Diego, sino su necesidad —respondió ella, guardando el metal en el cofre de las tres llaves—.

Hoy han descubierto que no eres un mercader solitario que opera con fortuna; han descubierto que el Arlanzón tiene dos cabezas.

Y a partir de mañana, los Grimaldi y los Welser querrán saber cuál de las dos es la que lleva la cuenta del oro.