CAPITULO LXI
El tribunal de las Scherpenberg
El viernes siete de enero, al día siguiente de la festividad de Reyes, amaneció con un cielo de plomo que amenazaba con sepultar Amberes bajo otra capa de nieve.
A las nueve de la mañana, siendo ya día hábil para los negocios de la villa, Diego y Lucía cruzaron el umbral de la alcaldía, en cuya torre el carillón desgranaba unas notas graves que se perdían en el viento.
Subieron las escaleras de piedra hasta la sala de la Scherpenberg, el tribunal municipal donde los magistrados de la villa dirimían los pleitos mercantiles que amenazaban la paz de la Bolsa.
El eco de sus pisadas resonaba en las bóvedas del palacio, marcando el compás de un destino que se decidía a suerte o verdad.
Sentados a un lado de la larga mesa de roble, tres oficiales del Consulado de Burgos, embozados en rigurosos capotes negros con cuellos de terciopelo, aguardaban con semblante severo.
Entre ellos destacaba maese Felipe de la Torre, un factor burgalés de colmillo retorcido, que mantenía una mano apoyada sobre un grueso legajo de papeles atados con cordel.
—La representación de la nación castellana —comenzó el magistrado principal en un francés pausado, la lengua de los tribunales de Flandes— solicita que la firma registrada como El Arlanzón exhiba sus asientos de caja desde el mes de agosto y dé fe del origen de las partidas de oro con las que opera en esta plaza, sospechando que se trata de capitales en rebeldía con las ferias de S.M.
el Emperador. Esta firma menor opera bajo cuerda, alterando los precios y esquivando los recargos que los leales comerciantes pagamos para la defensa de la costa.
Diego no se inmutó. Dio un paso a un lado para dejar entrar al apoderado de maese Nicolao Grimaldi, quien depositó sobre la mesa de los jueces un pliego sellado con las armas de la república de Génova.
—Vengo en nombre de la banca Grimaldi para dar fe de que la firma El Arlanzón opera bajo nuestra directa garantía y cuenta de depósito —declaró el apoderado con calma—. La lana de su almacén es una consignación de nuestra casa y sus fondos están integrados en nuestros balances.
El juez principal examinó el sello, intercambió un susurro con sus colegas y golpeó la mesa con la maza de madera.
—La ley de esta villa es firme, maese De la Torre —sentenció el magistrado mirando al representante de Burgos—.
Las cuentas de la banca genovesa gozan de reserva absoluta en la Bolsa de Amberes.
Este tribunal carece de jurisdicción para obligar a los Grimaldi a exhibir sus registros por meras sospechas.
El pleito queda desestimado y la firma El Arlanzón libre de cargo para operar en la feria.
Felipe de la Torre demudó el gesto, recogió sus legajos en silencio y abandonó la sala comprendiendo que la pieza menor que pretendían cazar se había cobrado la protección de un gigante.
Al salir a la plaza, entre el bullicio de los mercaderes y el pregón de las aduanas que anunciaban la apertura de la feria, Lucía miró a Diego con una sonrisa cómplice. Habían ganado la partida en el corazón de Flandes, protegidos por el mismo escudo que antes parecía inalcanzable.