Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO LX
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CAPITULO LX

Las vísperas de Reyes

En la contaduría del Arlanzón, el ambiente era de una concentración absoluta.

El brasero de cobre apenas lograba caldear la estancia, pero el calor del trabajo mantenía a raya el entumecimiento.

Las veinte sacas de lana de las Cotswolds que aún descansaban en el almacén se habían convertido en un tesoro codiciado.

Con el Cantábrico totalmente cerrado por el acoso de las pataches francesas y los almacenes de Brujas vacíos, el valor del vellón seguía su escalada imparable en las pizarras de los cambistas.

Lucía, que acababa de cumplir sus veintiún años bajo el frío de Flandes, gobernaba la mesa de contabilidad con una fijeza que asombraba a los propios escribientes de los Grimaldi que entraban a liquidar pequeños saldos.

—Las veinte sacas que nos quedan ya no valen los doce escudos que nos pagó el decano de Malinas, Diego —declaró ella, repasando las últimas anotaciones de la Bolsa—.

Ayer tarde, la firma de los Welser ofreció trece escudos y medio por saca de lana basta de Zelanda.

Nuestro vellón inglés, bien guardado y seco, no se puede entregar por menos de quince escudos en esta feria.

Es un precio elevado, pero la necesidad de los tejedores flamencos juega a nuestro favor.

Diego, que terminaba de repasar los cerrojos del portalón del almacén, se acercó al mostrador ensimismado.

—A quince escudos, esas veinte sacas nos darán trescientos escudos redondos, Lucía.

Sumados a lo que ya tenemos en depósito con maese Nicolao, el Arlanzón dispondrá de un capital líquido que nos permitirá negociar de igual a igual con cualquier factor de la Hansa para los fletes de primavera.

Pero la feria de Reyes no solo trae compradores de lana; trae también a los oidores de la aduana menor.

Antes de que Lucía pudiera responder, la puerta de la contaduría se abrió, dejando entrar una ráfaga de aire helado y la silueta inconfundible de un ujier de la factoría imperial.

No traía un pliego verde de Valdivia, sino una cédula doblada en tres partes y sellada con la cera ruda de la alcaldía de la villa de Amberes.

Diego la tomó y pagó la posta del ordenanza antes de que este regresara al frío de la calle. Al desplegar el papel, sus ojos recorrieron las líneas con una mueca de preocupación.

—No es una citación de Valdivia —dijo Diego, extendiendo el papel ante Lucía—.

Es una orden del magistrado de la villa.

A petición del Consulado de Burgos, se ha decretado que todos los mercaderes de la nación castellana que operen en Amberes deben presentar sus libros de tasas ante la comisión de la Bolsa el próximo viernes, el día de Reyes, antes de que se abran las contrataciones de los paños.

Lucía tomó la cédula, y su mirada se ensombreció al leer el anexo manuscrito.

—Los burgaleses han jugado su carta, Diego —dijo ella en un susurro—.

Saben que no pueden tocarnos a través de Valdivia porque él protege sus propios intereses con nuestro arbitraje, así que han acudido directos a la justicia local de Amberes alegando competencia desleal y ocultación de herencias de cambio.

Si presentamos los libros del Arlanzón, los magistrados flamencos verán las partidas de Medina; si nos negamos, la villa nos cerrará el almacén y confiscará las veinte sacas que nos quedan antes de que podamos venderlas.

Saben bien cómo estrangular a una contaduría joven sin necesidad de desenvainar un acero.

La pinza que tanto habían temido no venía con los alguaciles del Santo Oficio ni con los soldados del Emperador, sino con la pluma de los propios mercaderes de Burgos, decididos a aplastar a la competencia antes de que la feria de Reyes diera comienzo.

Diego apretó los puños sobre el borde de la mesa, midiendo el abismo que se abría a sus pies.

—Si entregamos el manual de caja —dijo Diego, bajando la voz al mínimo—, sabrán que el capital original provenía de las mesas de Sevilla y Medina bajo nombres que no coinciden con las cartas de naturaleza.

Pero si los magistrados de la villa precintan el almacén, el Arlanzón morirá por asfixia antes de que acabe la semana.

Lucía no perdió el aplomo. Sus dedos rozaron la cubierta de piel del libro diario con una calma helada .

—No les daremos el libro de Medina, Diego —sentenció ella con determinación—. Mañana mismo consultaremos a los letrados de la nación portuguesa. Si los burgaleses quieren juzgar a una firma de Amberes, tendrán que hacerlo bajo el fuero comercial de Brabante, no bajo las leyes del Consulado.

El Arlanzón tenía apenas cuatro días para encontrar la forma de comparecer ante los jueces de Amberes sin dejar al descubierto sus verdaderos nombres y el origen clandestino del capital que trajeron de Sevilla.

Diego no perdió un minuto. Cruzó la plaza de la Bolsa desafiando las ráfagas de viento helado y se plantó en la factoría de los Grimaldi

Maese Nicolao Grimaldi lo recibió en su sanctasanctórum: un gabinete recubierto de tapices flamencos donde el aroma a cera de abejas y a tabaco de Indias mitigaba el olor a humedad del invierno. El banquero genovés examinó el sello de la cédula municipal que Diego colocó sobre su escritorio.

—Los burgaleses buscan acorralaros, maese De Ocaña —comentó Nicolao Grimaldi tras examinar la cédula municipal con una sonrisa sutil—.

La ley de Amberes es clara: todo mercader extranjero debe dar fe de su solvencia si un consulado de su nación lo reclama bajo fianza.

Sin embargo, la ley de Amberes tiene una norma sagrada: ningún juez local obligará a un comerciante a mostrar sus registros si sus operaciones están respaldadas y garantizadas por una casa de banca con asiento permanente en la villa..

—¿Proponéis un aval de la mesa Grimaldi? —preguntó Diego, adivinando la jugada.

—Propongo asumir vuestras partidas para esta feria —corrigió el genovés—.

Registraremos las veinte sacas de lana inglesa que tenéis en el almacén como una consignación directa de nuestra casa, y declararemos que vuestro dinero opera integrado en nuestra cuenta de depósito.

Ante la ley, no seréis una firma sospechosa de evadir impuestos, sino unos factores asociados a nuestra red de Génova.

Y los magistrados locales jamás obligarán a los Grimaldi a abrir sus libros a petición de Burgos.

Diego sopesó la oferta. La protección genovesa era un escudo impenetrable frente a las garras del Consulado, pero Samuel siempre le había advertido que el amparo de los grandes banqueros italianos nunca salía gratis.

—¿Cuál es el coste de ese amparo, maese Nicolao? —preguntó, directo al grano.

Grimaldi esbozó una sonrisa de sincera aprobación ante la lucidez del joven.

Un dos por ciento de comisión sobre el valor de las veinte sacas que vendáis en la feria de Reyes, y mantener vuestro depósito de trescientos sesenta escudos en nuestra mesa de Génova hasta las ferias de primavera.

Un precio razonable por cerrar la boca a los burgaleses y dejar a Valladolid a oscuras.

Cuando Diego regresó a la rúa de los Pañeros y le expuso la propuesta a Lucía, ella repasó con presteza las cifras.

El dos por ciento de las veinte sacas vendidas a quince escudos apenas suponía seis escudos de oro.

Un coste mínimo a cambio de la invisibilidad absoluta ante el tribunal el día de Reyes.

—Es una alianza amarga, Diego, porque nos ata a la trenza de Génova —concluyó Lucía, mojando la pluma para asentar las condiciones del acuerdo—.

Pero es el único modo de presentarnos ante los jueces el viernes con la cabeza alta.

Dejemos que los burgaleses preparen sus legajos; cuando abran la sesión en la alcaldía, se van a encontrar con la firma de los Grimaldi guardando nuestras espaldas.