Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO LIX
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CAPITULO LIX

Los fuegos de la Navidad

La contaduría del Arlanzón se convirtió en un refugio templado.

Lucía, resguardada tras el mostrador por la gran mampara de roble, se dedicaba a raspar con piedra pómez las imperfecciones de las hojas del libro mayor antes de asentar los balances definitivos.

A sus veintiún años, sus manos ya no tenían la vacilación de la aprendiz; movían la pluma con el ritmo seguro de quien sabe que cada trazo de tinta representa la supervivencia de su estirpe.

Diego entró en la estancia cargando un fardo de leña de encina que depositó junto al hogar. Se despojó de los guantes de cuero y se acercó a la mesa, observando las columnas limpias que Lucía había diseñado.

—Los Grimaldi han aceptado el aval del gremio de Malinas sin aplicar recargo, Lucía —anunció Diego, frotándose las manos ante el fuego—.

Maese Nicolao me ha confirmado que el dinero ya está asentado en nuestra cuenta de depósito en Génova.

Los trescientos sesenta escudos son tan reales como el suelo que pisamos.

Lucía no levantó la pluma de inmediato. Terminó de trazar el rasgo de una cifra y dejó el cañón de ganso sobre el tintero de peltre.

—El libro mayor cierra en perfecto equilibrio, Diego —dijo, mostrando las páginas donde la tinta aún brillaba—.

Tras descontar los cuarenta y ocho escudos de la extorsión de Valdivia y los gastos del flete inglés, el Arlanzón cierra el año treinta y siete con un remanente neto de doscientos doce escudos de oro en metálico, además de las veinte sacas de lana que guardamos en el almacén.

Mi padre solía decir que una firma que duerme en Navidad con más oro en caja que deudas en el mercado es una firma que puede mirar al Rey a los ojos.

Diego sonrió de medio lado, recordando el peligroso pulso que había mantenido con el veedor real bajo las gradas de la Bolsa.

A Valdivia ya le hemos cerrado la boca por este invierno, Lucía. Sabe que si tira de la manta de Medina, el frío de Valladolid le alcanzará a él primero por andar traficando con el descuento de las aduanas. Se ha vuelto nuestro socio a su pesar.

—No te fíes de la soga que sujeta al lobo, Diego —advirtió ella, clavando su mirada seria en él—.

Valdivia callará mientras le convenga, pero las grandes casas de Burgos no tienen un cofre que proteger en Amberes.

El pliego de los genoveses era muy claro: los oficiales de la Contaduría Mayor siguen investigando el origen de los doscientos cincuenta escudos que salieron de las ferias de mayo.

Si las casas burgalesas descubren que una firma menor les está arrebatando los contratos de los tejedores de Malinas usando lana de Inglaterra, no pararán hasta que los veedores reales registren esta calle de arriba abajo.

Antes de que Diego pudiera responder, el eco de los cánticos de los monjes de San Miguel llegó desde la calle, rompiendo la densa niebla del anochecer.

Los vecinos de la rúa de los Pañeros empezaban a encender las luminarias en las ventanas para celebrar las vísperas de la Natividad, y el olor a pan de especias y a vino caliente se colaba por las rendijas de los portalones.

Lucía se levantó, tomó el candil doble de sebo y caminó hacia el ventanal, contemplando los pequeños fuegos que titilaban en la oscuridad de Amberes.

Habían cruzado media Europa, cambiado de nombre, enterrado el pasado en las aguas del Guadalquivir y en las cenizas de Medina, y sin embargo, allí estaban, firmes tras su propio mostrador.

—Mañana es Navidad, Diego —murmuró ella con una suave gravedad—.

Dejemos que los libros descansen por tres días.

Dejemos que Valladolid busque fantasmas en Castilla.

Nosotros hemos plantado nuestra pica en Flandes, y cuando las aduanas de la feria de Reyes se abran en enero, el Arlanzón hablará con la fuerza de su oro y el peso de sus sacas.

Diego se colocó a su lado, contemplando las luces reflejadas en los ojos oscuros de la muchacha. La tregua de los hielos les daba un respiro, pero ambos sabían que tras las Navidades, el año 1538 traería consigo el verdadero examen para los señores del Arlanzón.