Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO LVIII
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CAPITULO LVIII

El fiel de la balanza

El dinero del gremio de Malinas llegó puntualmente a la rúa de los Pañeros con el primer sol de la mañana siguiente.

Tres carros de doble eje, escoltados por los propios oficiales de maese Gualterio, aguardaban ante el portalón del almacén mientras la aguanieve daba un respiro a la villa.

Moneda a moneda, bajo la vigilancia de Diego y el escrutinio de Lucía, el Arlanzón recibió los trescientos sesenta escudos de oro en piezas limpias de Flandes y tres letras de cambio libradas contra la banca de los Grimaldi.

Las treinta sacas de las Cotswolds partieron hacia los telares del norte antes de que el hielo volviera a cerrar los caminos, dejando el almacén del Arlanzón a media carga, pero con la caja saneada y fuerte para afrontar el final de año.

Sin embargo, tal y como Lucía había previsto, el éxito de la maniobra inglesa no tardó en levantar las cejas que más peligro tenían en Amberes.

Pocos días antes de la Navidad, cuando los mercaderes ya apenas cruzaban los soportales de la Bolsa por culpa de las ventiscas del mar del Norte, Diego se topó con Alonso de Valdivia.

No fue en las dependencias de la factoría imperial, sino en el rincón de los cambistas genoveses, junto a la imponente chimenea de la Bolsa.

El veedor real, envuelto en un suntuoso capote de paño de Segovia forrado de martas, sostenía un largo cubilete de plata con vino especiado.

Al ver a Diego, hizo una sutil seña con el dedo.

Diego se acercó despacio, midiendo cada pisada sobre las losas frías.

—He visto los registros del muelle norte, maese De Ocaña —comenzó Valdivia sin preámbulos y bajando la voz mientras el murmullo de la Bolsa los aislaba—.

Cincuenta sacas de vellón inglés de las colinas de Oxford.

Una jugada audaz para una firma que, hasta hace dos lunas, solo movía papel castellano y paños de Amberes.

Los tejedores de Malinas andan bendiciendo vuestro nombre por las tabernas de la villa.

—El Arlanzón solo cubre las necesidades del mercado, señor veedor —replicó Diego, sosteniéndole la mirada con frío aplomo—. Si Burgos cierra las aduanas por las pataches francesas, Flandes tiene que vestir con la lana que Dios pone a su alcance.

Valdivia dio un sorbo corto a su vino y sonrió con esa delgadez habitual que le helaba las facciones.

—No me importan las ovejas de Inglaterra, Diego.

Lo que me intriga es el músculo. Mover cincuenta sacas al contado con los Merchant Adventurers  exige un crédito o un metal que no figuraba en las declaraciones que me entregasteis.

Un veedor de rentas sabe calcular con precisión el peso de los cofres.

¿De dónde ha salido el oro para abrir las puertas de Londres?

¿Acaso el viejo Samuel dejó más escondrijos en Medina de los que la Contaduría Mayor ha logrado registrar?

El golpe era directo al corazón de su secreto. Diego sintió la tensión acumulada en los hombros, pero no pestañeó. Sabía que si flaqueaba en ese instante, el veedor tiraría del hilo hasta ahogarlos .

—El oro que abrió las puertas de Londres, señor Valdivia, es el mismo que vos legitimasteis al aceptar nuestro descuento del doce por ciento —respondió Diego en un susurro cortante, dando un paso hacia él—.

Al librarnos del riesgo de vuestros doce pagarés demorados a través de los Grimaldi, el Arlanzón obtuvo el líquido limpio y la confianza de Génova.

El propio arbitraje que vos nos exigisteis para comprar vuestro silencio es el que nos ha dado el crédito ante los ingleses.

Si los auditores de Valladolid buscan el origen de este flete, se encontrarán con que el Arlanzón operó gracias al papel de la aduana imperial de Dunquerque.

Vuestra firma, señor veedor, es el fiel que nivela nuestra balanza.

Valdivia se quedó inmóvil, con el cubilete de plata suspendido a escasos centímetros de los labios.

Sus ojos oscuros se clavaron en los de Diego, calibrando el alcance de la réplica.

Diego le estaba diciendo, con una claridad meridiana, que si el Arlanzón caía por los registros de Valladolid, el nombre de Alonso de Valdivia iría plasmado en las mismas partidas por lucrarse con el descuento ilegal de los pagarés de la armada.

Estaban atados al mismo cabo de la cuerda.

El silencio entre ambos se prolongó durante varios latidos, roto solo por el crepitar de los troncos en la chimenea y el eco lejano de los corredores. Finalmente, Valdivia bajó el brazo, asintió levemente con la cabeza y esbozó una mueca que pretendía ser de respeto.

—Sois un alumno aventajado, De Ocaña —admitió el veedor, dando media vuelta para perderse entre las sombras de las gradas—. Guardad bien vuestros libros ingleses de cara a la feria de Reyes. Que la Navidad os sea propicia.

Diego soltó el aire que contenía en los pulmones y abandonó la Bolsa a grandes zancadas. Al cruzar el umbral y sentir el azote del viento helado en la rúa de los Pañeros, comprendió que la tregua con el lobo ya no era solo una cuestión de dinero: ahora era un pacto de mutua destrucción.