Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO LVII
64%

CAPITULO LVII

El nudo de Malinas

Apenas las cincuenta sacas quedaron a buen recaudo tras los portalones del almacén, el rumor de la descarga corrió como la pólvora por los pasadizos de la Bolsa.

En un mercado desabastecido por el embargo de Burgos y aterrorizado por las pataches del rey de Francia, el Arlanzón se había convertido de la noche a la mañana en uno de los pocos depositarios de lana limpia en todo el Bramante.

El primero en llamar a la contaduría no fue un corredor de la Bolsa, sino maese Gualterio van der Weyden, el decano del gremio de tejedores de Malinas.

Entró una tarde de mediados de diciembre, embozado en un recio capote de Flandes que traía el dobladillo tieso por el barro helado de los caminos.

Era un hombre de unos cincuenta años, de manos nudosas, curtidas por el tinte y el roce constante de los peines del telar, y con la mirada cansada de quien sabe que tiene a trescientas familias pendientes de su firma.

Diego lo acomodó junto al brasero de bronce mientras Lucía, con la pluma ya dispuesta, abría el libro de memorias de venta.

—No vengo a regatear, maese De Ocaña —dijo el flamenco en un castellano tosco pero directo, yendo al grano antes de que la cerveza caliente que le habían servido perdiera el vapor—.

Las naves de los vizcaínos están amarradas en Laredo por temor a los franceses, y la poca lana fina que ha llegado a Brujas la acaparan los Fugger, pidiendo quince escudos por saca y dinero por adelantado.

Mis telares en Malinas tendrán que parar antes de Navidad si no consigo materia prima de inmediato.

Lucía levantó la vista, manteniendo el rostro sereno que disimulaba el latido apresurado de su pulso.

El Arlanzón tenía la sartén por el mango, pero Samuel le había enseñado que la usura despiadada crea enemigos duraderos, mientras que la firmeza justa asegura aliados de por vida en las plazas de comercio.

—Nuestra lana no es merina de Segovia, maese Gualterio —advirtió Lucía con absoluta franqueza—. Es vellón de las Cotswolds inglesas. Es más recio y exige un peinado más concienzudo con aceite de oliva para ablandar la hebra antes de la urdimbre.

—Sé muy bien lo que es la lana de las islas, señora —replicó el decano, clavando sus ojos grises en ella—.

Si la mezclamos con un tercio de estambre de Arrás que guardamos en los almacenes, sacaremos un paño mixto que los mercados de Alemania comprarán para sus capas de invierno.

Decidme vuestro precio. Solo os pido que no me desangréis como los alemanes.

Diego miró a Lucía, dejándole la iniciativa. Ella trazó una línea limpia bajo el último asiento del inventario y fijó los ojos en el flamenco.

—Doce escudos de oro por saca, maese Gualterio —declaró ella.

La oferta estaba dos escudos por debajo de la merina de Brujas, pero les reportaba una ganancia neta de tres escudos por saca sobre los nueve que le pagaron a Gresham—.

Treinta sacas de inmediato. Pago al contado en oro limpio o un documento o vale respaldado por los Grimaldi que podamos liquidar hoy mismo.

Las veinte sacas restantes las reservamos para los gremios de Amberes.

Van der Weyden respiró aliviado, y la rigidez de sus hombros pareció aflojarse junto al calor del brasero. El precio era exigente, pero justo; permitía la supervivencia de sus talleres sin arrojar el negocio a la hoguera.

—Es un asiento honrado, dueña —admitió el decano, extendiendo su mano nudosa hacia Diego para cerrar el pacto—.

Mañana por la mañana tendréis aquí los carros de Malinas con el oro verificado y el documento de respaldo avalado por los Grimaldi.

El gremio no olvidará que el Arlanzón mantuvo los telares en marcha cuando Burgos nos dio la espalda.

Cuando el flamenco salió de la contaduría y el silencio regresó a la estancia, Diego se acercó al escritorio y contempló las cifras que Lucía acababa de asentar.

Treinta sacas a doce escudos sumaban trescientos sesenta escudos de oro.

Habían recuperado casi la totalidad del desembolso inicial realizado con los ingleses y aún les quedaban veinte sacas en el almacén, cuyo valor no haría más que subir a medida que se acercase la feria de Reyes.

—Hemos salvado el invierno, Lucía —dijo Diego con una sonrisa tensa.

—Hemos salvado la caja, Diego, pero no perdamos el norte —respondió ella con gravedad, cerrando el infolio—.

Valdivia verá este movimiento en el muelle menor.

Cuando se entere de que hemos negociado con los ingleses y que los tejedores de Malinas traen su oro a nuestra mesa, querrá saber de dónde ha salido la plata para abrir el crédito con Londres.

El lobo sigue rondando la tapia, Diego, y ahora la pieza es mucho más gorda.