CAPITULO LVI
El amparo de los Adventurers
La mañana de la segunda semana de noviembre se presentó tan gélida que el agua bendita de los pilones de San Andrés amaneció convertida en un bloque de hielo.
Diego, embozado en su capa y con el pliego de los Grimaldi bien quemado en el brasero de la contaduría, se dirigió hacia el muelle de los ingleses, en el extremo norte del puerto de Amberes.
Allí se alzaba la factoría de la Merchant Adventurers , la poderosa hermandad que monopolizaba la entrada del paño y la lana de Inglaterra en el continente.
El trasiego en el muelle inglés era distinto al del resto de la villa.
Mientras los mercaderes de la Hansa y los vizcaínos maldecían el bloqueo de las pataches francesas en el canal, las recias urcas de casco negro procedentes de Londres y Hull amarraban con la tranquilidad de quien se sabe protegido por las treguas particulares que Enrique VIII mantenía en el mar del Norte.
Diego fue recibido en un despacho entablado de pino por Mr. Thomas Gresham, un factor jovencísimo de apenas dieciocho años pero de modales gélidos, enviado por su poderosa familia a Amberes para aprender los secretos de la Bolsa.
A pesar de su juventud, sus ojos ya tasaban a los hombres con la misma presteza que las varas de medir el paño, gobernando los fletes de la casa Gresham en el muelle con la firmeza de un veterano .
—Una compañía castellana que busca lana de las Cotswolds en lugar de esperar la merina de Burgos es una rareza en este muelle, maese De Ocaña —dijo Gresham en un castellano duro, directo, mientras servía dos tazas de cerveza caliente con especias—.
Mis compatriotas prefieren vender el paño ya tejido en los telares de Essex, que deja mayor alcance en la aduana de Londres.
—La necesidad agudiza el ingenio de los tejedores de Malinas, Mr. Gresham —replicó Diego, apoyando los antebrazos en la mesa—.
El bloqueo en el golfo de Vizcaya va a dejar secos los almacenes de la rúa de los Pañeros antes de Navidad.
Los telares flamencos pagarán lo que se les pida por vuestra lana si con ello evitan que sus oficiales se mueran de hambre en el invierno.
El Arlanzón está dispuesto a comprar cincuenta sacas al contado, puestas en este muelle antes de la feria de Reyes.
Gresham dio un sorbo a su taza, contemplando a Diego a través del vapor de la cerveza. La cifra era respetable para una firma menor.
—El precio de la saca en el mercado de Blackwell Hall está a siete libras esterlinas, puesta a bordo —declaró el inglés, calibrando la resistencia de su interlocutor—.
Pero el flete por cruzar el Escalda bajo pabellón de la rosa es caro.
Las pataches francesas respetan nuestras naves, sí, pero los derechos de la aduana menor de Amberes siguen vigentes.
Os costará nueve escudos de oro por saca si queréis el vellón limpio en vuestro almacén.
Diego hizo un cálculo mental rápido. Nueve escudos por saca suponían cuatrocientos cincuenta escudos de desembolso total.
Era un precio elevado, casi un tercio más de lo que costaba la lana merina en tiempos de paz, pero la escasez inminente en la Bolsa haría que el precio de venta en Amberes subiera al menos a doce o trece escudos cuando las ferias abrieran sus puertas. El margen seguía siendo sustancial.
—Aceptamos el precio, Mr. Gresham —sentenció Diego, extendiendo la mano—.
Cincuenta sacas. Doscientos escudos de anticipo mañana mismo sobre este mostrador, y el resto al recibir el comprobante de carga firmado por vuestro maestre.
Pero con una condición: el contrato se registrará a nombre de la factoría de Londres, como una venta directa a la plaza de Amberes, sin nombrar para nada a los mercaderes de Castilla.
Gresham esbozó una sonrisa de inteligencia comercial. Comprendía perfectamente por qué un mercader castellano querría volver invisible su rastro ante las garras de la Contaduría Mayor de Valladolid.
—El dinero de Amberes no tiene patria, maese De Ocaña —dijo el inglés, sellando el trato con un fuerte apretón de manos—. Mañana espero a vuestro cajero con el oro. Nuestros barcos saldrán de las orillas del Támesis antes de la próxima luna.
Cuando Diego regresó a la contaduría y le expuso las condiciones a Lucía, ella anotó la partida en el manual de gastos con un pulso firme que delataba la tensión del momento. A sus veintiún años, estaba a punto de firmar el mayor desembolso del Arlanzón desde que pisaron Flandes.
—El cofre de las tres llaves se va a quedar temblando, Diego —advirtió ella, mirando las columnas de cifras—. Si las urcas inglesas sufren algún percance en el mar o si el Emperador decide confiscar la lana de fuera por presiones de los burgaleses, estaremos arruinados antes de que termine el año.
—Es el único camino, Lucía —respondió Diego, colocándole una mano sobre el hombro—.
Mientras Valdivia siga buscando el oro de Medina en nuestros libros, nosotros le mostraremos facturas redactadas en libras esterlinas firmadas en Londres.
Le cerraremos la boca con el mismo comercio que el Imperio es incapaz de controlar.
El desembolso de los doscientos escudos de oro se ejecutó al día siguiente con el rigor que el Arlanzón imponía en todas sus operaciones.
Lucía misma contó las monedas en el mostrador, seleccionando los soberanos ingleses y los excelentes de la Reina que habían conservado desde su salida de Castilla, evitando entregar cualquier pieza de cuño castellano que pudiera levantar sospechas en las balanzas de Mr. Gresham.
Cuando el escribiente de la Merchant Adventurers firmó el recibo provisional, la suerte del Arlanzón quedó oficialmente unida a los vientos del mar del Norte.
Las tres semanas siguientes fueron un suplicio de esperas y vigilias. El invierno se asentó con toda su crudeza sobre Flandes, cerrando los caminos por tierra y convirtiendo el Escalda en una autopista de aguas grises cargadas de témpanos que amenazaban los cascos de las naves.
Diego pasaba las tardes en el muelle de los Ingleses, resguardado del aguanieve bajo el alero de los tinglados, con los ojos fijos en la embocadura del río.
La Bolsa de Amberes era un hervidero de rumores: las noticias que subían del Cantábrico confirmaban que el embargo de Burgos era total y que dos barcos de las grandes casas burgalesas habían sido apresados por las pataches francesas cerca de La Rochelle.
El precio de la lana merina, la poca que quedaba en los almacenes de Brujas, se había disparado a catorce escudos la saca.
Los tejedores de Malinas y Gante rondaban las mesas de los factores con el rostro demudado, suplicando materia prima para no parar sus telares.
Fue el veintiocho de noviembre, cuando la luz del día apenas duraba cuatro horas, cuando la silueta de la Mary Rose , una recia urca de casco negro y tres palos bajo pabellón de la rosa, asomó entre la bruma del Escalda.
Diego no esperó a que amarrara. Corrió a la contaduría de la rúa de los Pañeros, donde Lucía repasaba los asientos de los Grimaldi bajo el candil.
—Ha entrado la urca, Lucía —soltó Diego, recuperando el aliento, con las cejas cubiertas de escarcha—. Trae los vellones de las Cotswolds. Gresham ya tiene los maestres de muelle listos para la descarga.
Lucía cerró el libro de golpe y se puso en pie. Tomó el talón con el resto del pago —los doscientos cincuenta escudos que completaban el asiento— y se echó el manto de lana gruesa sobre los hombros. La firmeza de sus decisiones comerciales ya no flaqueaba ante la urgencia.
—Voy contigo al muelle —sentenció ella—. Quiero verificar el peso y el estado de la saca yo misma. Si los ingleses han embarcado lana húmeda o vellón de desecho aprovechando nuestra prisa, los tejedores de Malinas nos tirarán los contratos a la cara. En esas sacas nos va la vida, Diego.
El trasiego en el muelle de los ingleses era ensordecedor. Bajo los hachones de resina que desafiaban la niebla, las grúas de madera crujían al levantar los enormes fardos de lana prensada desde las bodegas de la Mary Rose . El olor a grasa de oveja, a salitre y a brea inundó el aire del puerto.
Mr. Thomas Gresham los recibió junto a la escala de la urca, con un cuaderno de bitácora bajo el brazo y la pluma de ganso tras la oreja.
—Cincuenta sacas exactas, maese De Ocaña —declaró el joven factor inglés, señalando con el dedo los fardos que los mozos estibaban en los carros del Arlanzón—. Lana limpia del esquileo de verano, sellada con la marca de Blackwell Hall. Podéis comprobar el cuño si lo deseáis.
Lucía se acercó a uno de los fardos que acababa de tocar tierra.
Sacó de su faltriquera un pequeño punzón de hierro y rasgó el lienzo de arpillera.
Hundió la mano en la masa compacta de la lana, extrayendo un mechón aceitoso.
Lo olió, lo apretó entre los dedos para comprobar la elasticidad y la longitud de la fibra, y miró a Diego con un leve pero inequívoco asentimiento de cabeza.
Era un vellón recio, más áspero que el de las ovejas de Segovia, pero perfectamente apto para el peinado y la urdimbre de los paños medianos de Flandes.
—El metal es vuestro, Mr. Gresham —dijo Lucía, entregando la bolsa de cuero con el oro restante al factor inglés—. El Arlanzón reconoce el asiento por cumplido.
Gresham tomó la bolsa, comprobó el peso con una sola sacudida de su mano adiestrada y se quitó el bonete ante la muchacha con un respeto que rara vez mostraba a los mercaderes del sur.
—Un placer hacer negocios con el Arlanzón, señora —admitió el inglés—. Si los vientos siguen soplando del oeste, tendremos más fletes antes de las Navidades.
Mientras los carros cargados con las cincuenta sacas empezaban a rodar por las calles empedradas hacia el almacén de la rúa de los Pañeros, Diego miró la silueta de la factoría imperial que se recortaba al fondo de la plaza.
Valdivia y los auditores de Valladolid podían seguir buscando el rastro de Samuel en los libros de contabilidad de Medina; el oro del Arlanzón ya estaba a buen recaudo, transformado en un tesoro de lana inglesa que los telares de Flandes iban a pagar a precio de sangre en la inminente feria de Reyes.