CAPITULO LV
CAPITULO LV
El pliego codificado
Tras despedir a Bartolo con un par de monedas y la orden de buscar acomodo y rancho caliente en la taberna del muelle, Diego atrancó el pesado portón de la contaduría. El silencio regresó a la estancia, pero esta vez venía cargado con la urgencia del despacho que aguardaba sobre el mostrador.
Lucía se acercó a la mesa. Con pulso firme, tomó el pequeño cuchillo de cortar pergamino, rompió el lacre rojo y desplegó el pliego.
El mensaje venía escrito en el código privado que su padre le enseñó de niña para esquivar a los fiscales de la Hacienda Real.
Recorrió con la punta de la pluma las filas de signos misteriosos, traduciendo en voz baja cada clave con admirable rapidez.
Diego se colocó a su lado, siguiendo con la mirada el movimiento de la pluma de la muchacha sobre las líneas escritas.
—No es una carta ordinaria de maese Nicolao —murmuró Lucía, traduciendo los símbolos al castellano ordinario—.
Es un aviso de su factor en Valladolid. Dice que la Contaduría Mayor ha iniciado una auditoría de las sacas de lana de la feria de mayo.
Al cruzar los pagos, los oficiales del Rey se han topado con la partida de los doscientos cincuenta escudos que nosotros movimos desde Medina a través de Génova.
Saben que el dinero salió de Castilla bajo el nombre falso de una compañía burgalesa extinguida.
—Valdivia tenía razón —dijo Diego, apretando los dientes—. El dinero tiene memoria. Si el hilo llega hasta las mesas de cambio de Medina, los receptores del Santo Oficio no tardarán en enlazar el rastro de este oro con nuestra huida precipitada de la casa de Triana.
Lucía levantó la vista del pliego. Sus ojos oscuros, fijos en los de Diego, reflejaban la lucidez y la herencia de Samuel.
Hay algo peor, Diego. El bloqueo de la lana en el Cantábrico por la amenaza de los barcos franceses no es solo una medida del Emperador.
El pliego dice que las grandes casas de Burgos, arruinadas al no poder enviar sus cargamentos, exigen investigar a cualquier firma rival que venda en Flandes esquivando los impuestos de la guerra.
Nos ven como advenedizos que jugamos con ventaja.
Si Burgos presiona en la corte, Valdivia no podrá seguir protegiéndonos por mucho oro que le hayamos metido en la faltriquera.
Diego caminó hacia el ventanal, contemplando la niebla que ya empezaba a espesar sobre los tejados.
La pinza se cerraba: por un lado, la investigación fiscal en Valladolid que amenazaba con destapar sus nombres verdaderos; por el otro, el bloqueo comercial que los dejaba sin mercancía castellana para la feria de Reyes.
—Tenemos que adelantarnos a la feria, Lucía —sentenció Diego, girándose de golpe—.
Si los barcos con la lana de Burgos no pueden salir de Laredo por el acoso de las pataches francesas, el precio de la lana fina en Amberes y Brujas va a subir al cielo antes de Navidad.
Los telares flamencos están desesperados por conseguir materia prima .
—Pero no podemos traer lana de Castilla, Diego —replicó ella, señalando el pliego—. Las sacas están retenidas bajo fianza real en los almacenes del norte.
—De Castilla no, pero de Inglaterra sí —propuso Diego, apoyando las manos en el mostrador—.
El oro inglés con el que vinimos a Flandes nos abrió las puertas en las mesas de Londres.
La lana de las colinas de las Cotswolds no es tan fina como la merina de Segovia, pero los tejedores de Malinas saben cómo mezclarla si la escasez aprieta.
Mañana mismo hablaré con los agentes ingleses.
Si les compramos su lana en Londres y la traemos en barcos ingleses a través del Escalda, esquivaremos los barcos de Francisco I y el embargo de Carlos V.
Lucía contempló las cifras de su borrador, asimilando la jugada.
El Arlanzón iba a dejar de mirar a Castilla para empezar a mirar al mar del Norte.
Era un riesgo inmenso, pero era la única forma de mantener la firma a flote mientras el temporal amainaba en Valladolid.
Apretó los labios, consciente de que cambiar de rumbo exigía audacia, pero también la certeza de que no les quedaba otra salida.
—Hagámoslo —dijo ella, tomando la pluma para asentar la orden en el libro de memorias—.
Si el Imperio busca nuestro rastro en los libros de Medina, que se encuentren con una firma que ya solo opera con el papel de Londres y el crédito de Génova.
Volvámonos invisibles volviéndonos extranjeros.
Que piensen que fuimos un espejismo en Castilla mientras echamos cimientos irrompibles en Flandes.