Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO LIV
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CAPITULO LIV

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El pulso de la Bolsa

En la contaduría de la rúa de los Pañeros, el ambiente era de una tensa calma.

Haberle entregado a Valdivia sus mil cincuenta y seis escudos exactos les había comprado el invierno, pero Lucía no se llamaba a engaño.

Sentada ante el mostrador, al abrigo del brasero de bronce, repasaba el balance definitivo de la operación con los Grimaldi.

—Nos ha costado cuarenta y ocho escudos sacarle el cuerpo a la trampa de Génova, Diego —dijo ella, alzando la vista hacia él mientras mojaba la pluma—.

Es una pérdida amarga sobre el beneficio de los paños, pero el libro de caja queda limpio: nos hemos quitado de encima esas deudas congeladas y Valdivia ya nos ha firmado el finiquito sin la menor sospecha.

Diego, que limpiaba una de las balanzas sobre el mostrador, asintió despacio .

—Es el coste de seguir respirando en Flandes, Lucía.

Lo importante es que para la Bolsa ya no somos unos advenedizos.

Esta mañana, al cruzar las gradas, el corredor de los Fugger me ha saludado con el bonete.

Sabiendo que los Grimaldi nos descuentan papel de la aduana imperial, los alemanes asumen que nuestras espaldas son anchas.

Antes de que Lucía pudiera replicar, la campanilla de la puerta anunció la entrada de un visitante.

No era el porte pesado de los mozos del muelle ni la pisada felina de Valdivia.

Quien cruzó el umbral fue un hombre menudo, envuelto en una capa de lana burda que goteaba por la aguanieve de la calle, con las calzas salpicadas de barro fresco del camino.

Diego se adelantó, reconociendo al punto las facciones enjutas y el andar cansado del correo piamontés.

—¿Bartolo? —exclamó Diego, sorprendido de verlo de vuelta antes de que los pasos de los Alpes quedaran cegados por las nieves—. Te hacíamos en Génova o camino de los valles del Piamonte.

El correo se despojó del sombrero, descubriendo una frente perlada de sudor a pesar del frío.

Traía el rostro demudado y los ojos encendidos por la fatiga de las postas a matacaballo.

Sin mediar palabra, metió la mano bajo la capa, extrajo un pliego sellado con lacre rojo y lo depositó sobre el mostrador con un golpe seco.

—Vengo de la posta de Malinas, maese De Ocaña —dijo Bartolo, con la voz rota por las leguas—. No he parado ni para cambiar la silla en San Quintín. Maese Nicolao me ordenó interceptar vuestro camino en cuanto las estafetas de la frontera cruzaron el correo de Castilla .

Lucía se puso en pie, sintiendo un frío súbito que nada tenía que ver con las corrientes de la calle. El sello de lacre no llevaba las armas de los Grimaldi, sino una marca particular: una cruz flordelisada que Diego conocía demasiado bien de sus días en el sur.

—¿Qué ocurre en Castilla, Bartolo? —preguntó Lucía, clavando sus ojos en la mirada del piamontés.

—Dicen las postas que la aduana de Burgos ha retenido en tierra todos los cargamentos de lana fina que suben hacia los puertos de Bilbao y Laredo con destino a Flandes —soltó el correo, recuperando el aliento—.

El rey de Francia ha apostado una escuadra de navíos armados en el golfo de Vizcaya; esos barcos ligeros franceses patrullan las rutas del Cantábrico para apresar cualquier mercante castellano y saquear la lana antes de que llegue a los telares de Brujas.

Por eso el Emperador ha bloqueado la mercancía en tierra antes que verla caer en manos enemigas, imponiendo además un impuesto extraordinario a los comerciantes para costear la defensa de la costa.

Bartolo bajó la voz, mirando de reojo hacia el ventanal enrejado por si la sombra de Valdivia rondaba el cuartel.

—En los soportales de Medina, los oficiales de la Hacienda Real están auditando los registros de todas las firmas que enviaron dinero a Flandes este verano.

Están rastreando el origen de los doscientos cincuenta escudos que los Grimaldi cobraron a vuestro nombre.

Maese Nicolao me ha mandado a deciros que la pista de vuestro oro ya ha llegado a oídos de la audiencia de Valladolid.

El pliego sobre la mesa parecía una brasa dispuesta a prender la madera. El invierno de Flandes acababa de empezar y las puertas de Castilla se cerraban a cal y canto, amenazando con ahogar el comercio del Arlanzón antes de que la feria de Reyes pudiera abrir sus libros.