Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO LIII
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CAPITULO LIII

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La entrega en la factoría

El último martes de octubre, la ría de Amberes amaneció oculta tras una niebla densa que amortiguaba el tañido de las campanas de la catedral.

En los muelles, las siluetas de los barcos parecían fantasmas varados y el suelo de la calle brillaba por la escarcha.

A pesar del frío punzante, Diego cruzó el umbral de la contaduría llevando bajo el jubón un recio lienzo que ocultaba una bolsa de cuero.

El peso del metal golpeaba rítmicamente contra sus costillas.

Avanzaba a buen paso entre la bruma, atento a los rumores de los transeúntes y con la mano en el puñal, consciente de la fortuna que portaba.

La jugada de Lucía había salido limpia. Maese Nicolao Grimaldi había aceptado los doce pagarés de la armada de Flandes sin pestañear; para la red genovesa, cobrar aquellas tasas en la aduana de Dunquerque era cuestión de una simple orden interna.

Lucía había asumido la pérdida del cuatro por ciento (cuarenta y ocho escudos de oro), pero a cambio, el cofre de las tres llaves conservaba intacto su capital principal y el riesgo ya no era suyo.

Diego se dirigió a las dependencias de la factoría imperial, un edificio de piedra gris situado a espaldas de la Bolsa donde se centralizaba el control de las rentas reales. Tras identificarse ante los alabarderos de la guardia, fue conducido por un pasillo angosto hasta el despacho del veedor .

Alonso de Valdivia estaba sentado ante una mesa cubierta de legajos, examinando unos mapas de las rutas comerciales del Báltico.

Al ver entrar a Diego, no mostró sorpresa; se tomó su tiempo para dejar la pluma a un lado y se limitó a señalar con un gesto de la mano la silla situada al otro lado del escritorio.

—Puntual como un reloj de Nuremberg, maese De Ocaña —dijo Valdivia, recostándose en su asiento y entrelazando sus dedos largos—. Me agrada ver que los jóvenes de Castilla no han perdido el sentido del deber en el norte.

Diego no se sentó. Dio un paso al frente y colocó la bolsa de cuero sobre la mesa. El tintineo pesado y seco del oro resonó en la estancia, interrumpiendo el silencio del despacho.

—Mil cincuenta y seis escudos de oro, señor veedor —declaró Diego, manteniendo la voz firme y desprovista de cualquier matiz de sumisión—.

El valor neto de vuestros doce pagarés, una vez deducido el doce por ciento de descuento que exigía vuestro memorial.

Oro limpio, de buen cuño y peso verificado.

Valdivia estiró la mano, desató el cordel de la bolsa y vertió una pequeña pila de monedas sobre la madera. Tomó un soberano de oro inglés, lo sopesó con el dedo y lo hizo girar sobre la mesa. La moneda bailó con un zumbido limpio antes de detenerse.

—Excelente metal —admitió el veedor, clavando sus ojos oscuros en Diego—. Veo que la mesa del Arlanzón goza de una salud envidiable. No erraba mi juicio cuando decidí ponerme en vuestras manos en lugar de acudir a las grandes casas de Burgos, que siempre andan llorando prórrogas.

—El Arlanzón cumple sus asientos, señor Valdivia —replicó Diego, sosteniéndole la mirada—.

Pero vos sabéis también como yo que este descuento os otorga un beneficio inmediato que la tesorería de Bruselas no verá en sus libros.

Hemos pagado el precio de vuestro silencio respecto a nuestro pasado en Medina y Sevilla.

Ahora, exigimos el mismo rigor por vuestra parte.

Valdivia esbozó esa sonrisa mínima y fría que ya le conocían. Recogió las monedas con parsimonia y las devolvió a la bolsa, ajustando el nudo con precisión.

—No os equivoquéis, Diego —dijo el veedor, levantándose para guardar el dinero en un pesado cofre de hierro empotrado en la pared—.

Esto no es un simple soborno para que olvide quién era el padre de Lucía o por qué salisteis tan apresurados de Triana.

Esto es el inicio de una provechosa vecindad.

El Emperador necesita hombres que sepan mover el dinero sin levantar polvo, y vosotros necesitáis un escudo que os proteja en Flandes.

Mientras vuestros libros sigan siendo tan limpios y vuestros descuentos tan puntuales, para la corona no seréis más que unos leales vasallos que prosperan en Amberes.

Diego hizo una leve inclinación de cabeza. Sabía que la tregua duraría lo que tardase en vaciarse el cofre de Valdivia, pero por ahora, el peligro inmediato quedaba conjurado. Era un tributo amargo, pero compraba la tranquilidad necesaria para seguir construyendo la contaduría.

Al salir de la factoría imperial y respirar el aire húmedo de la plaza, Diego sintió que el frío de Amberes ya no calaba tan hondo.

Regresó a la contaduría con el alma despejada, deseoso de comunicar a Lucía el éxito del trámite.

El Arlanzón había sobrevivido a su primer chantaje, y en la rúa de los Pañeros, ella ya preparaba los tinteros para la inminente feria de Reyes.