Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO LII
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CAPITULO LII

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El descuento de Flandes

El mes de octubre había entrado en Amberes con la fuerza de un vendaval que obligó a calafatear los tinglados del muelle y a atrancar los portalones desde el mediodía.

El frío ya mordía las manos de los escribientes en la Bolsa, y en la rúa de los Pañeros el consumo de carbón de piedra empezó a engrosar la columna de gastos del Arlanzón.

Sin embargo, la verdadera presión no venía del cielo del norte, sino del despacho que Alonso de Valdivia ocupaba en las dependencias de la factoría imperial.

Faltaban dos semanas para que los corredores empezaran a cruzar las primeras cartas sobre la feria de Reyes cuando el veedor real cumplió su palabra.

No regresó en persona. En su lugar, un ordenanza de la regencia de Bruselas entregó en la contaduría un memorial encuadernado en badana verde, el color de la administración de rentas.

Diego lo recibió en el mostrador y, tras comprobar que la calle estaba despejada, lo abrió junto a Lucía bajo la luz de un candil doble de sebo.

El documento era una trampa de mil doscientos escudos de oro: doce pagarés de la armada de Flandes emitidos contra la aduana de Dunquerque, pero marcados con el sello de «pago aplazado» por la tesorería de Bruselas.

Eran deudas congeladas que la Corona no pensaba saldar en mucho tiempo, papel mojado que nadie lograría cobrar en años.

Junto a los documentos, la nota manuscrita con la letra limpia y afilada de Valdivia exponía la mordida sin rodeos:

«Para demostrar su lealtad al Rey, la firma del Arlanzón adelantará de su propia caja el valor de estos pagarés en oro contante y sonante.

A cambio de la gestión, esta veeduría se quedará con un doce por ciento como comisión.

Entregarán el oro limpio a nuestro factor antes de acabar el mes. Dios guarde la casa.»

Lucía leyó la nota dos veces, y sus dedos, firmes, acariciaron el borde de los pagarés imperiales. Una mueca de indignación asomó a sus labios.

—Exigirnos un doce por ciento de comisión por adelantar el dinero de unos pagarés congelados por la Corona es una usura que ni los Fugger se atreverían a pedir, Diego —dijo en un susurro indignado—.

Valdivia quiere que le regalemos casi ciento cincuenta escudos de nuestro propio bolsillo a cambio de unos cobros que la aduana de Dunquerque no va a pagar en años.

Nos quiere desangrar antes de la feria de Reyes.

Diego contempló los documentos con los ojos entrecerrados, sopesando el riesgo en la balanza de su estrategia.

—No nos está desangrando, Lucía; nos está probando —replicó Diego, apoyando los puños sobre el mostrador—.

Sabe que, tras el giro de los Grimaldi, tenemos el cofre lleno y el crédito abierto.

Si rechazamos esta operación, mañana mismo informará al Consulado de Burgos de que la hija de Samuel está operando en Amberes con libros sospechosos. Es el precio de su silencio.

—¿Y si Dunquerque no paga? —inquirió ella, clavando sus ojos oscuros en él—.

Si la armada requisa los impuestos de la aduana para reparar sus propias galeras, ese dinero se evaporará de nuestras cuentas sin remedio.

Nos habrán robado mil doscientos escudos y el Arlanzón quedará herido de muerte antes de que empiece el año treinta y ocho.

Lucía se levantó, tomó el manual de caja y abrió la sección de créditos.

Su mente, adiestrada en el rigor que su padre le había legado en Medina, empezó a buscar la grieta en el ataque del veedor.

Trazó unos números rápidos en un papel de borrador y levantó la vista con un brillo de fría astucia en la mirada.

—No vamos a rechazar el trato, pero tampoco jugaremos con sus cartas —sentenció Lucía, mostrando los cálculos a Diego—.

Aceptaremos los pagarés de Valdivia, pero no nos quedaremos cruzados de brazos esperando el dinero de Dunquerque.

Mañana llevarás el lote a la mesa de maese Nicolao Grimaldi.

Los genoveses gestionan las rentas del Imperio y tienen poder para cobrar en las aduanas del norte.

Si les traspasamos estas deudas dejándoles una comisión del ocho por ciento, nos entregarán oro al contado de inmediato.

Perderemos un cuatro por ciento de nuestro bolsillo por el camino, sí, pero Valdivia tendrá su mordida, pensará que nos tiene sometidos y el Arlanzón salvará la caja pasándole el riesgo a la banca genovesa.

Diego contempló el borrador y luego miró a Lucía, admirando la asombrosa madurez de la muchacha. Había convertido una extorsión fiscal en una jugada de arbitraje que los ponía a salvo, utilizando el propio volumen del Imperio para diluir la amenaza.

—Es una obra de arte, Lucía —admitió Diego con una sonrisa de orgullo—. Samuel se habría quitado el bonete ante este asiento .

—Mi padre enseñaba que al lobo se le alimenta con la carne ajena, Diego —respondió ella con gravedad, guardando el memorial verde en el archivo—. Ve a la Bolsa y cierra el pacto con maese Nicolao. Que Valdivia tenga su oro; nosotros compremos tiempo.