Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO L
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CAPITULO L

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El asiento de Medina

Julio se consumió en Amberes bajo un cielo de plomo que derramaba tormentas cortas y templadas sobre el Escalda.

En la rúa de los Pañeros, la espera se medía en el consumo de tinta y en el goteo de los clientes menores que acudían al mostrador del Arlanzón para liquidar pequeñas partidas de paños flamencos.

Sin embargo, la verdadera atención de Diego y Lucía estaba a cientos de leguas de allí, siguiendo el rastro invisible de las alforjas de Bartolo por los caminos de Castilla.

Cada jornada sin noticias pesaba sobre la contaduría como una losa, sabiendo que una sola crecida de un río o un asalto en la meseta castellana podía echar por tierra el esfuerzo de todo un año.

La tensión alcanzó su punto álgido a mediados de agosto, coincidiendo con las fechas en que la campana de la iglesia de San Miguel de Medina del Campo debía anunciar la apertura de la feria de San Antolín.

En la calle, el bochorno de la tarde volvía el aire denso y rancio, pegando las camisas a la espalda y haciendo que las horas transcurrieran con una lentitud exasperante.

Aquella tarde, el mostrador estaba en silencio.

Lucía repasaba el estado de caja, anotando los gastos del arriendo y el coste de las vituallas con una rigidez que delataba su inquietud.

Diego, apoyado en el marco de la ventana, vio detenerse frente a la contaduría un carruaje con el escudo de los Grimaldi.

Del pescante descendió un lacayo con librea que, tras golpear tres veces el portón, entregó a Diego un pliego cerrado con doble cordel de seda y estampado con el contrasello de los factores de la nación genovesa en Flandes.

No venía de Bartolo; venía directamente de los despachos de maese Nicolao en la Bolsa.

Diego cortó la seda con la daga y extendió el papel sobre el mostrador, compartiendo la lectura con Lucía. Era un extracto de la correspondencia extraordinaria que los genoveses recibían mediante sus propios relevos de posta desde el interior de la península.

«...A los catorce días de agosto, entró en esta villa de Medina el correo Bartolo con las valijas de Flandes sin novedad en el camino.

Presentada la letra de doscientos cincuenta escudos en las gradas de San Francisco al tercer día de feria, los pagadores de nuestra nación verificaron el cuño y las firmas.

El asiento ha sido liquidado al contado en favor de vuestros corresponsales, abonándose el metal en la cuenta general del Arlanzón en nuestros libros de feria.

El crédito de la dicha firma queda asentado con buena reputación entre los hombres de cambio... »

Lucía dejó escapar el aire que parecía retener en el pecho desde hacía semanas. Una sonrisa limpia, la primera en muchos días, rompió la seriedad de su rostro.

—Está hecho, Diego —dijo, acariciando el papel de los genoveses—.

Doscientos cincuenta escudos de oro puro abonados a nuestro nombre en el corazón de Castilla.

Maese Nicolao sabe ahora que el Arlanzón no solo cumple en los muelles de Brujas, sino que maneja los tiempos del cambio con la precisión de las grandes casas .

—Esto es solo el primer asiento, Lucía —respondió Diego, y sus ojos reflejaron la ambición de quien ve abrirse una brecha en la muralla—.

Los Grimaldi nos ven ahora como un enlace seguro para mover sus capitales sin tocar las aduanas imperiales.

En la próxima feria de Reyes, ya no pediremos letras de doscientos cincuenta escudos; negociaremos el descuento de los fletes de lana de Burgos por miles.

Hemos demostrado que el dinero del Arlanzón vale tanto en los adoquines de Flandes como bajo las arcadas de Medina.

Lucía abrió el manual de caja y, con un pulso que esta vez no tembló, cruzó con dos líneas de tinta encarnada la anotación provisional de mayo, escribiendo al margen el veredicto definitivo:

Solvit. Liquidada y cobrada la letra de los Grimaldi en las mesas de San Francisco de Medina a quince de agosto de 1537. Queda el Arlanzón en posesión de su capital y con el nombre limpio ante los banqueros de Génova. Loado sea el nombre del Señor que encamina nuestros libros.

Diego regresó a la ventana, pero esta vez su mirada no buscaba el pozo público ni la loba negra del vigilante misterioso.

El peso del temor había cedido el paso a la serenidad de los hombres que pisan suelo firme.

El Arlanzón ya no era un náufrago del Guadalquivir; el dinero de la firma volvía a correr por las venas de las ferias europeas, y aunque las primeras ráfagas del otoño anunciaban que el implacable invierno de Flandes comenzaba a dar sus primeros pasos, la nueva contaduría estaba lista para resistirlo bajo la fuerza de su papel.