Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO XLIX
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CAPITULO XLIX

CAPITULO  XLIX

El correo de las galeras

La cercanía de julio trajo consigo la urgencia de los fletes de verano y la necesidad perentoria de despachar la letra de los Grimaldi hacia Castilla.

Para que los doscientos cincuenta escudos de oro fueran pagados en las mesas de la feria de San Antolín en agosto, el documento debía cruzar Europa a tiempo, burlando los caminos de Francia, cortados por las constantes escaramuzas entre las tropas del emperador y el rey Francisco I.

Las rutas habituales por Guyena y Bayona eran un avispero de mercenarios desbandados y correos interceptados por los esbirros de la Corona francesa, ansiosos por incautar giros imperiales.

En tiempos de contienda, el papel de crédito valía más que el metal, y un solo pliego interceptado podía desbaratar los contratos de toda una temporada de ferias.

En la contaduría, Diego y Lucía repasaban la ruta que debía recorrer del pliego.

—No podemos confiar este documento al correo ordinario que sale hacia Fuenterrabía, Lucía —explicó Diego, apoyando los dedos sobre el mapa de las postas—.

Ese hombre de negro sigue vigilando San Andrés y las fronteras francesas están cerradas a cal y canto para los correos imperiales.

He hablado esta mañana en la Bolsa con maese Nicolao Grimaldi.

La casa genovesa va a despachar un correo extraordinario para sus propios giros .

Lucía levantó la vista, intrigada por la alternativa.

—¿Por dónde pretenden cruzar?

—Por tierra y mar —respondió Diego, trazando la línea con el índice—.

Su correo, un piamontés llamado Bartolo que lleva diez años cruzando Europa, saldrá a caballo de Amberes siguiendo la ruta comercial del Rin, bordeando las zonas en conflicto por territorio imperial.

Cruzará los Alpes suizos por el paso de San Gotardo hasta los valles de Saboya, y de ahí bajará a la propia Génova.

Un hombre curtido en los caminos del Imperio, acostumbrado a esquivar partidas de lansquenetes y a dormir con el puñal en la mano.

En los muelles de la república, el correo embarcará en las galeras rápidas que hacen la ruta del Mediterráneo hasta el puerto de Barcelona.

Una vez en suelo catalán, Bartolo tomará caballos de refresco en las postas reales para cruzar Aragón y la meseta a matacaballo hasta las puertas de Medina.

Es una ruta larga y costosa, pero segura.

Se ha ofrecido a incluir nuestro pliego en su valija por diez florines de porte.

Lucía abrió el cofre de las tres llaves y extrajo el pergamino firmado por los Grimaldi.

Lo envolvió con cuidado en una gamuza engrasada para protegerlo del sudor del caballo y de la humedad del mar, aplicando sobre el cordel un sello de cera virgen con la marca del Arlanzón.

Cada pliegue del envoltorio parecía una caricia contenida hacia ese papel que llevaba entreverado el aroma a tinta de Flandes y la memoria indeleble de Medina del Campo.

—Diez florines es un precio justo por evitar los Pirineos, Diego —dijo ella, entregándole el paquete—.

Dile a Bartolo que la entrega debe hacerse en la contaduría de los corresponsales de los Grimaldi en las gradas de San Francisco, justo al tercer día de abrirse las mesas de cambio.

En Medina nadie conoce aún el nombre del Arlanzón, y es vital que nuestra primera transacción en Castilla sea limpia y puntual para que los corredores de la feria empiecen a respetar nuestra firma.

Diego tomó el pliego, sintiendo el peso del papel que concentraba todo el esfuerzo de su invierno en el norte.

—Estará en las mesas antes de que suene la campana de la feria, Lucía —aseguró Diego, guardando el paquete bajo su jubón—. Con este giro, el Arlanzón entrará en Castilla por la puerta grande. No sabrán de dónde venimos, pero verán que operamos con el oro de Génova.

Dos horas más tarde, en el patio de la factoría genovesa, Diego vio partir al correo. Bartolo, con el jubón de cuero reforzado y las alforjas bien cinchadas a la grupa de su montura, recibió la valija de manos del propio maese Nicolao con un breve asentimiento de cabeza.

—Cuidad de ese cuero, piamontés —dijo Diego acercándose al estribo y entregándole una moneda de plata como propina personal—. Acompaña el destino de dos firmas que no pueden fallar en Medina.

—Tranquilo, castellano —respondió el jinete con una sonrisa desdentada mientras guardaba la moneda en su cinto—. Las galeras del Dux corren más que las patrullas francesas, y mis caballos no se cansan antes que yo.

Bartolo revisó por última vez el ajuste de los estribos y la traba de las bolsas de cuero donde viajaban los documentos.

Espoleó al animal, haciendo saltar chispas de los adoquines mientras el repique de los cascos resonaba con fuerza en el recinto.

Se perdió calle abajo en dirección a la puerta de Malinas, dejando tras de sí una nube de polvo dorado bajo el sol de julio.

Diego permaneció un largo rato bajo el portalón de la factoría, escuchando cómo el galope se amortiguaba a lo lejos hasta perderse en el rumor de la ciudad.

Le esperaban semanas de polvo, postas extenuantes, travesías marítimas y puertos de montaña, llevando en su bolsa el destino de la nueva contaduría de la rúa de los Pañeros.