CAPITULO XLVIII
La sombra en el muelle
La confirmación del giro de los Grimaldi no tardó en alterar la rutina de la contaduría.
Durante las semanas siguientes, la firma del Arlanzón fue ganando un peso silencioso en las sobremesas de la Bolsa.
Ya no eran los dos jóvenes desamparados que mendigaban créditos a los tudescos; ahora, los corredores de la nación portuguesa y los factores de las casas de Burgos que operaban en el norte se detenían ante el mostrador de la rúa de los Pañeros, intrigados por esa contabilidad impecable que llevaba una mujer castellana de tan solo veinte años.
A mediados de junio, con las jornadas largas y templadas que derramaban luz dorada sobre el Escalda hasta bien entrada la noche, Diego comenzó a notar que el éxito traía consigo ojos indeseados.
Sucedió un martes, tras regresar de la aduana menor donde había verificado los despachos de un pequeño lote de cordobanes que un mercader vallisoletano le había consignado a comisión.
Al doblar la esquina de la iglesia de San Andrés, divisó a un hombre apostado junto al pozo público.
Vestía la misma loba negra de paño riguroso y el bonete de terciopelo que Diego había vislumbrado, meses atrás, bajo las arcadas de la lonja secundaria .
Esta vez no se escondía. El desconocido sostenía una pequeña tablilla de cera y un estilete, anotando algo mientras miraba fijamente hacia el ventanal enrejado de la contaduría, donde la silueta de Lucía se recortaba tras los vidrios.
Su presencia, inmóvil entre el ir y venir de los vecinos, destilaba la paciencia metódica de los sabuesos acostumbrados a esperar el menor descuido para cobrar su presa.
Diego apresuró el paso, con la mano apoyada de manera instintiva sobre el pomo de la daga oculta en su cinto.
Sin embargo, al percatarse de su avance, el hombre de negro guardó la tablilla en la manga de su loba, le dedicó una inclinación de cabeza preñada de una fría cortesía y se alejó despacio hacia el muelle de los españoles, confundiéndose entre el gentío que descargaba barriles de arenques.
Diego entró en la casa y echó el cerrojo con un golpe seco que hizo vibrar el mostrador.
—¿Qué ocurre? —preguntó Lucía sin levantar la pluma del libro, aunque su voz denotaba que había aprendido a leer cada una de las pisadas de su compañero.
—Nos están midiendo, Lucía —dijo Diego, acercándose a la ventana para vigilar la calleja a través de las rejas—. El hombre de la lonja de San Andrés. Ha vuelto. Estaba ahí fuera, apuntando movimientos frente a nuestra puerta.
Lucía detuvo la mano. La pluma quedó suspendida, dejando caer una pequeña gota de tinta que a punto estuvo de emborronar el margen del asiento.
Miró a Diego y, por primera vez en muchos meses, la fría determinación de sus ojos se vio enturbiada por una sombra de viejo temor, el mismo que recordaba de las noches de Medina cuando los alguaciles del Santo Oficio llamaban a las puertas vecinas .
—¿Crees que vienen de Castilla? —susurró ella, bajando el tono como si las paredes de la rúa de los Pañeros tuvieran oídos—. No dejamos deudas en Sevilla, y el finiquito de los Fugger está sellado.
—No son deudas lo que buscan en Flandes, Lucía —replicó Diego con gravedad, sentándose en el borde del mostrador—.
El Emperador ha ordenado vigilar cada rincón de Amberes porque saben que por aquí pasa el dinero que financia a los luteranos de Alemania y que los mercaderes castellanos somos propensos a esconder el oro bajo letras de favor.
Temen la sangre conversa y las alianzas no autorizadas fuera del control de la Corona.
Una firma nueva, joven, que opera con genoveses y que no rinde cuentas a los cónsules oficiales de Burgos en esta villa, es una pieza que cualquier familiar del Santo Oficio o alguacil de la gobernadora querrá examinar para ganarse el favor en Bruselas.
Lucía miró el manual de caja, donde la letra de los Grimaldi por doscientos cincuenta escudos de oro lucía en la cartera.
—Que miren —dijo ella, recobrando el aplomo con esa madurez que desafiaba sus veinte años—.
Nuestras cuentas son de cambio y mercancía legal.
No hay un solo maravedí destinado a libros prohibidos ni a socorros sospechosos.
Si ese hombre de negro vuelve a acercarse, le mostraremos el libro de asientos.
En Flandes, Diego, la ley del Emperador protege al mercader que paga sus tasas, porque sin nuestro dinero, sus ejércitos no marchan.
Diego la contempló en silencio, admirando la entereza de la muchacha que compartía su suerte.
Tenía razón: el papel era su mejor escudo.
Pero en el Flandes de 1537, donde la fe y el dinero se mezclaban en los mismos despachos, la línea entre un cambista legítimo y un sospechoso de herejía era tan fina como el hilo de las holandas que vendían.