Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO XLVI
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CAPITULO XLVI

La rúa de los Pañeros

El traslado a la nueva sede en la rúa de los Pañeros se hizo en una sola mañana de marzo, cuando los primeros deshielos permitieron a las barcazas volver a circular por los canales menores.

La nueva contaduría era exactamente lo que Diego había prometido: un piso bajo con un amplio mostrador de roble orientado a la calle, un sutil enrejado de hierro en la ventana para garantizar la seguridad y, en la parte posterior, una pequeña alcoba separada por un sólido tabique de madera donde Lucía dispuso su jergón, quedando el camastro de Diego en la estancia principal, junto al cofre de las tres llaves.

Sobre el mostrador, relucían ya las balanzas de precisión para el oro, los tinteros nuevos y el gran libro de asientos con el cuño del Arlanzón.

Antes de salir hacia la lonja de los genoveses, Diego se detuvo a contemplar las mesas vacías. Lucía andaba ordenando los pliegos de papel detrás del mostrador.

—Los lienzos y las lanas nos darán de comer este año, Lucía —dijo Diego, ajustándose las calzas de camino—, pero no olvides las lecciones de Medina. El Arlanzón no nació para medir varas de tela ni para contar fardos en los muelles de descarga. Eso dejémoslo para los arrieros y los fleteros .

Lucía levantó la vista, sosteniendo la pluma en el aire. Sus ojos se iluminaron al comprender hacia dónde apuntaba el factor.

—El verdadero negocio está en el valor del dinero, Diego —completó ella con una sonrisa cómplice—. En el tiempo que tarda una letra en viajar de Amberes a Medina, y en la diferencia del escudo entre la feria de mayo y la de octubre.

—Exacto —sentenció Diego, apoyando la mano en el mostrador—.

Maese Nicolao Grimaldi cree que solo busco sus fardos de lana.

Lo que ignora es que acepto sus mercancías para ganarme su confianza y tener acceso a su mesa de cambio.

En cuanto los genoveses vean que nuestras liquidaciones son impecables, empezaremos a comprar sus letras de cambio sobre las ferias de Lyon.

Ahí es donde recuperaremos el sitio que nos quitaron en Castilla.

Con esa ambición grabada en el pecho, Diego abandonó la rúa de los Pañeros y se dirigió a la zona noble de la Bolsa.

Maese Nicolao, el factor de los Grimaldi, lo aguardaba en una oficina privada tapizada de guadamecíes dorados, un espacio que olía a cera de abejas y a especias caras.

El italiano era un hombre maduro, de modales exquisitos y sutiles, que manejaba los hilos del dinero del papa y de la corona francesa con la suavidad de un tejedor de seda.

—Vuestro nombre suena bien en las mesas de los Fugger, joven De Ocaña —comenzó el genovés, ofreciéndole un asiento de cuero con tachuelas de latón—.

Dicen los tudescos que pagáis en oro inglés y antes de que cambie la marea.

Eso es una rareza en estos tiempos en los que todos operan a crédito y con firmas de humo.

—El Arlanzón solo firma lo que puede sostener con metal, maese Nicolao —respondió Diego, sentándose con la espalda recta—.

Sé que vuestra casa busca un corresponsal en Amberes para dar salida a las lanas que bajan desde Burgos, eludiendo las tasas de la aduana de Fuenterrabía que ahora mismo entorpecen el paso por Francia debido a las tensiones del emperador con el rey Francisco.

El genovés arqueó una ceja, complacido por el conocimiento que aquel joven demostraba sobre la política europea y sus efectos en el comercio.

—Las lanas están consignadas en el puerto de Dunquerque —dijo el italiano, inclinándose hacia delante—.

Son cuatrocientos sacos de lana merina de la cabaña de Segovia.

Necesito colocarlos en las manufacturas de Brujas antes de que acabe el mes.

Si vuestra firma se encarga del corretaje y la distribución, os ofreceré el cinco por ciento de la venta líquida.

Diego guardó silencio, midiendo la propuesta. Era una suma respetable, pero recordó la advertencia de Lucía sobre el cambio.

—Acepto el corretaje, maese Nicolao —replicó Diego—, pero con una condición.

No quiero el pago de la comisión en florines flamencos ni en mercancía.

Quiero que los Grimaldi emitan a favor del Arlanzón una letra de cambio por el valor equivalente, girada contra vuestros corresponsales en la feria de agosto de Medina del Campo.

El genovés entrecerró los ojos, redescubriendo al muchacho que tenía enfrente.

Ya no veía a un simple tratante de paños, sino a un aprendiz de cambista que empezaba a estirar las alas.

Pagando con una letra sobre Medina, Diego no solo evitaba el riesgo de transportar metal, sino que se posicionaba para operar en el gran mercado financiero castellano desde su base en Castilla .

—Veo que la escuela de Samuel sigue viva en vuestra memoria, castellano —murmuró maese Nicolao con una sonrisa astuta—. Está bien. Tendréis vuestra letra sobre Medina del Campo si los sacos de lana llegan limpios a Brujas. Empecemos con los números.