Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO XLV
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CAPITULO XLV

Los candiles de San Andrés

En la estancia de la calleja de los Tintoreros, el frío se combatía palmo a palmo.

El camastro de tijera donde Diego pasaba las noches había sido arrastrado unos pies más cerca de la chimenea, cuyo tiro siseaba con la cellisca.

Sobre la mesa, dos candiles de sebo —cuyo olor rancio delataba su bajo precio— iluminaban el manual de caja.

Lucía, arropada con un manto de paño grueso que le cubría hasta las orejas, soplaba sus dedos entumecidos antes de mojar la pluma. A sus veinte años, su rostro reflejaba la quietud de quien ha aprendido a medir el tiempo no por los días, sino por la resistencia .

—El carbón ha vuelto a subir de precio en el muelle, Diego —dijo, señalando una cifra en la columna de gastos—. Un florín y medio por el último carretón. Si seguimos a este ritmo, el remanente del oro inglés se evaporará antes de que los almendros florezcan en Castilla.

Diego, que limpiaba el óxido de su daga con un lienzo aceitado junto a la ventana, se volvió hacia ella. Sus veinticuatro años se marcaban ahora en las sienes y en una barba más cerrada, endurecida por el aire salino del norte.

—No pasaremos la primavera en esta madriguera, Lucía —respondió con voz firme, guardando el acero en la vaina—.

Mañana he quedado en la lonja de los genoveses con maese Nicolao, el factor de los Grimaldi.

Los Fugger saben que saldamos la deuda antes de tiempo y las lenguas corren rápido por la calle.

Los italianos buscan un corresponsal castellano que no esté emparentado con las grandes casas de Sevilla para mover los fletes de lana de Burgos sin levantar las sospechas del fisco imperial.

Lucía cerró el tintero con un chasquido sutil.

—Si cerramos ese trato, necesitaremos una casa con almacén bajo. No podemos recibir a los agentes de Génova en una alcoba donde el jergón roza la mesa de cuentas. Los mercaderes del norte huelen la necesidad a una legua, y la necesidad deprecia el valor de una firma.

—Lo sé. —Diego se acercó a la mesa, apoyando las manos en la madera carcomida—.

He estado mirando un piso bajo en la rúa de los Pañeros.

Tiene un sótano seco para tres o cuatro fardos y una estancia con ventana a la calle, perfecta para armar un mostrador y colocar tus balanzas.

El dueño es un tratante de telas brabanzón que pide las garantías por adelantado, pero las llaves quedarán en nuestras manos.

Piden seis florines al mes. Es el doble de esto, pero nos dará la categoría que el Arlanzón necesita para que nos miren como iguales.

Lucía levantó los ojos, encontrando la mirada de Diego a la luz vacilante de los candiles.

En esa estrechez, la distancia de respeto que se habían impuesto pesaba a veces más que el propio frío.

Eran dos jóvenes solos, unidos por un hilo de ceniza que venía desde el incendio de Medina del Campo, fingiendo ser viejos lobos en una ciudad que devoraba a los débiles.

Aquella noche de Nochebuena, con la nostalgia de las tierras llanas de la meseta apretándoles el garguero, el silencio entre ambos se volvió más denso, cargado de una intimidad que no necesitaba palabras para saberse verdadera.

—Seis florines es una apuesta alta, Diego —susurró ella, y por un instante su voz perdió la rigidez de la contadora y recuperó la frescura de sus veinte años—. Si los fletes de primavera se retrasan por los hielos del canal, nos quedaremos al descubierto.

—Es el único camino, Lucía —replicó él, suavizando el tono—. En Sevilla aprendí que quien no arriesga la madera, no cruza el océano. Tenemos los libros limpios, el oro inglés en el cofre y tu cabeza para los números. Salimos vivos del Arenal; ahora no nos va a sepultar la nieve de Flandes.

Lucía guardó silencio unos segundos, contemplando el reflejo del candil en el tintero de peltre. Luego, con una sonrisa leve que templó la habitación más que el carbón de la chimenea, volvió a abrir el libro y redactó un nuevo renglón en la página de previsiones:

Ítem destinado en memoria para el arriendo de la nueva contaduría en la rúa de los Pañeros. Que Dios encamine el asiento y nos dé gracia ante los hombres de Génova .

Fuera, las campanas de San Andrés comenzaron a doblar a medianoche, anunciando el inicio de la Navidad de 1536.

Su repique de bronce resonaba sobre las techumbres heladas, llevando un mensaje de esperanza que traspasaba los muros de la calleja.

El Arlanzón ya no era una firma en fuga; estaba echando raíces en el hielo.