Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO XLIV
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CAPITULO XLIV

La balanza de los tudescos

El aposento que ocupaban los factores del Arlanzón Era una vivienda estrecha de estilo flamenco, con ventanales de plomo que tintineaban cada vez que el viento del norte soplaba con fuerza desde el canal contiguo.

El alquiler apenas les daba derecho a una estancia despojada: un jergón de paja encajado en la pared para Lucía y un humilde camastro de tijera con una manta áspera donde Diego pasaba las noches junto a la puerta, custodiando la entrada.

Compartían una mesa de roble carcomida y una chimenea de ladrillo que devoraba el carbón de piedra con una avidez alarmante.

Aunque se conocían desde la infancia en Medina y el destino los había encadenado a la misma suerte, no eran hermanos ni mediaba entre ellos sacramento alguno.

Ese espacio compartido, estrecho y frío, se regía por un código estricto de silencio y respeto; una distancia invisible pero firme que ambos guardaban con celo, sabiendo que en aquella ciudad extraña su honra y su confianza mutua eran el único capital que no se podía comprar con letras de cambio.

En la intimidad del aposento, cada gesto medido y cada mirada contenida hablaban de un afecto hondo que callaba por pudor, cobijado tras la gravedad del trabajo y el luto invisible que ambos arrastraban desde Castilla.

Aquella mañana, tras regresar del mercado de San Andrés, Diego volcó las pesadas piezas de oro inglés sobre la mesa. El sonido del metal resonó en la humilde estancia con el eco de la supervivencia.

—Ciento sesenta y cuatro soberanos —dijo Diego, frotándose las manos ante el escaso calor del hogar—.

Con esto, maese Reich firmará el finiquito de los lienzos y nos quedará lo justo para asegurar el grano y el carbón hasta Navidad.

Custodia el libro, Lucía. No salgas de la casa hasta que yo vuelva de la rúa de la Bolsa.

Lucía se sentó frente al tablero, acomodándose el chal de lana gruesa sobre los hombros. Miró las paredes desnudas de la habitación, donde la humedad empezaba a dejarse ver sobre el enlucido.

—Ve tranquilo, factor —respondió ella, tomando el tintero de peltre—.

Mientras saldas las cuentas con los alemanes, yo prepararé el asiento de los gastos de la casa.

Si queremos salir de esta madriguera de tintoreros y arrendar un piso bajo con contaduría propia en primavera, cada florín que gastemos en manteca y carbón debe quedar registrado.

Aquí el frío cuesta dinero, Diego, y el Arlanzón no ha venido a Flandes a morir de frío.

Con la alcoba ya dispuesta bajo esa ley de estricto respeto, Diego dejó atrás la calleja de los Tintoreros.

Cruzó el puente sobre el canal menor y se encaminó con paso firme hacia el corazón financiero de Amberes.

El viento del norte seguía castigando las esquinas, levantando remolinos de nieve fina entre los soportaIes y haciendo tiritar a los mozos de cuerda que aguardaban fletes en los esquinales, pero el peso de la bolsa de cuero contra su costado le daba un calor que ninguna loba de paño podía ofrecer.

Al cruzar bajo las arcadas de la Bolsa y adentrarse en la calle, el bullicio habitual pareció atenuarse cuando Diego traspasó el umbral de la factoría de los Fugger.

La estancia, de altos techos y suelos de losas oscuras pulidas por miles de botas, estaba caldeada por una gran estufa de hierro colado que irradiaba un calor seco.

Aquel orden prusiano, sobrio y severo, contrastaba con el desorden multicolor de las ferias castellanas.

Detrás de la reja de madera, maese Reich seguía en la misma postura que el día anterior, como si el tiempo no pasara por los tudescos. El factor alemán anotaba una partida en un enorme infolio con cubiertas de piel de cerdo.

Diego se acercó a la mesa y, sin mediar palabra, depositó la bolsa de gamuza sobre el tapete verde. El tintineo denso de las ciento sesenta y cuatro piezas de oro inglés interrumpió el rascado de la pluma del alemán.

Maese Reich levantó la vista. Sus ojos, pequeños y fríos tras las lentes de aumento, recorrieron el rostro de Diego antes de posarse en la bolsa.

—¿Ya de vuelta, castellano? —preguntó en su tosco español, con una sombra de escepticismo en la voz—. La marea de noviembre aún quedar lejos. No me digáis que os habéis deshecho del lino en un solo día. Los fletes franceses están hundiendo el precio en el muelle.

—El lino del Arlanzón no compite con el francés, maese Reich —respondió Diego, sosteniendo la mirada—.

Ahí dentro hay ciento sesenta y cuatro soberanos de oro inglés, limpios y de buen peso, acuñados en Londres.

Es el contravalor exacto de los trescientos florines de la deuda, más la comisión de cuatro florines por el corretaje de vuestra factoría.

El alemán entornó los ojos. Con dedos torpes pero veloces, desató el cordón de la bolsa y volcó una parte del tesoro sobre el tapete.

Tomó un soberano, lo sopesó en la palma de la mano y luego utilizó una pequeña piedra de toque que guardaba en el cajón para rayar levemente el canto de la moneda.

El destello dorado confirmó la pureza del metal.

Durante diez minutos que parecieron eternos, el único sonido en la oficina fue el golpeteo rítmico de las monedas al pasar por las manos del tudesco, que las agrupaba en torres de a diez sobre la balanza.

Diego permaneció inmóvil, con los brazos cruzados, contemplando el proceso.

Recordaba el viejo axioma de Samuel: "El banquero que cuenta tu oro con prisa está necesitado; el que lo hace despacio, te está midiendo el pulso". Maese Reich lo estaba midiendo.

Al terminar, el factor alemán barrió las monedas de nuevo hacia el interior de la bolsa con un gesto seco de la mano.

—El peso ser correcto. El oro de Enrique VIII siempre ser bienvenido en las arcas de Augsburgo —sentenció Reich, tomando una tira de pergamino estrecha y una pluma nueva—.

Anoto el asiento: cuenta saldada para la compañía del Arlanzón.

Maese D'Aste quedar libre de sospecha en nuestros libros por este pliego.

El tudesco mojó la pluma en tinta roja y cruzó con dos líneas firmes el pagaré original que Diego le había entregado el día anterior. Luego, redactó el contraescrito de finiquito y estampó el pesado sello de cera de los Fugger .

—Aquí tener vuestro resguardo, joven —dijo, deslizando el pergamino por debajo de la reja—.

Habéis sido rápidos. Muy rápidos para no tener factoría propia en la ciudad.

¿Dónde guardáis el resto del género? Los Fugger tienen almacenes vacíos en el Escalda si queréis arrendar espacio para el invierno.

Diego tomó el documento, soplando levemente sobre la tinta para asegurar que secara antes de guardarlo en el bolsillo interior de su jubón. Sabía que aceptar el ofrecimiento de los alemanes significaba poner las cartas boca arriba y dejar que controlaran cada flete del Arlanzón.

—Agradezco el ofrecimiento, maese Reich —declinó Diego con una sutil reverencia—, pero por ahora nuestras mercancías viajan ligeras. Nos conformamos con que los libros de vuestra casa digan que el Arlanzón paga al contado y antes de tiempo.

El alemán esbozó una sonrisa helada, casi imperceptible entre la barba canosa.

—La prisa ser buena para saldar deudas, castellano, pero Flandes ser un mar peligroso para los barcos pequeños. No lo olvidéis.

—No lo olvido —concluyó Diego.

Al salir de la factoría de los Fugger y pisar de nuevo el frío suelo de la calle, Diego respiró hondo.

El primer lazo que los ataba a las deudas de Sevilla se había roto.

La firma estaba limpia en el norte. Ahora, con el resguardo de pago en el pecho, era el momento de regresar a la calleja de los Tintoreros.

Debía mostrarle a Lucía que el libro de asientos de Amberes ya no se abría con una deuda, sino con el derecho legítimo a existir en Flandes.