Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO XLIII
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CAPITULO XLIII

El mercado de San Andrés

La lonja secundaria de San Andrés no gozaba de las solemnes arcadas de la gran Bolsa de la rúa de la Bolsa, pero era el verdadero pulmón donde respiraba el comercio menudo de Amberes.

El suelo, cubierto de una capa de serrín apelmazado por el barro y la nieve derretida, amortiguaba el traqueteo de los fardos.

Bajo el techado de vigas vistas, el aire era espeso, saturado por el tufo de las lanas húmedas, el cuero engrasado y el humo de los braseros de carbón donde los tratantes se calentaban las manos.

Diego y Lucía dispusieron su puesto en uno de los rincones del ala norte, reservados a los factores extranjeros.

El mozo de cuerda colocó el primer fardo de holandas sobre un tablón apoyado en dos caballetes.

Con gestos rápidos y medidos, Diego retiró la arpillera, dejando expuesta la cabecera de la primera pieza de lino.

La tela, blanca como la sal de Sanlúcar, contrastaba vivamente con la penumbra gris del recinto.

—No fijes un precio de salida en florines, Diego —advirtió Lucía en voz baja, situándose detrás del tablón.

—Los ingleses de la Merchant Adventurers andan buscando lino para embarcar hacia Londres antes de que el Escalda se hiele.

Si ven que pedimos florines flamencos de buenas a primeras, querrán aplicar el descuento del cambio de la Bolsa.

Pide soberanos de oro o libras esterlinas.

Maese Reich aceptará el pago equivalente si el metal es bueno .

Diego la miró de reojo, asombrado una vez más por la agudeza de la muchacha.

A sus veinte años, Lucía se movía entre las divisas del norte como si hubiera nacido en los muelles de Flandes y no en la meseta castellana.

Su juventud, lejos de ser una debilidad, le otorgaba una audacia libre del anquilosamiento de los viejos factores.

—Ahí viene el primero —murmuró Diego, enderezando la postura y adoptando esa máscara de fría indiferencia que todo buen mercader viste ante el comprador.

Un hombre robusto, de barba pelirroja recortada a la moda Tudor y cubierto con una pesada zofra de paño verde botella, se detuvo ante el mostrador.

Era maese Hasting, un conocido tratante de la colonia inglesa de Amberes.

Su mirada, experta y calculadora, se posó sobre el lino de los castellanos.

Sin decir palabra, extendió una mano enjoyada con un anillo de sello y frotó la tela entre el pulgar y el índice, tirando de la trama para comprobar la resistencia del hilo.

— Good fabric —gruñó el inglés en un castellano rudimentario, herencia de sus años de trato en las ferias de Bilbao—. Pero el blanqueo parece tosco. En Londres, el lino de Haarlem se paga a la baja este otoño. Hay demasiado género llegado de Francia.

—Este lino no ha visto las aguas del Sena, maese Hasting —replicó Diego con voz pausada, sosteniendo la mirada del inglés con la firmeza propia de sus veinticuatro años—.

Ha sido tratado en los prados altos de Haarlem, con la primera unción de la primavera.

Mirad el orillo; no hay un solo nudo falso en las cincuenta varas.

Los franceses no pueden ofrecer este peso ni esta anchura.

Podéis llevaros el fardo entero por noventa soberanos de oro.

El inglés soltó una carcajada ronca que llamó la atención de un par de cambistas valones que operaban cerca .

—¡Noventa soberanos! Sois un castellano ambicioso para tener tan pocas canas en la barba, muchacho.

A vuestra edad, yo aún limpiaba las balanzas de mi tío en los muelles del Támesis.

Os doy setenta y cinco, y pago al contado, con moneda acuñada en la Torre de Londres.

No tendréis que pasar por las mesas de la Bolsa.

Diego calculó mentalmente. Setenta y cinco soberanos equivalían aproximadamente a unos ciento sesenta florines.

Con los dos fardos, cubrirían los trescientos de la deuda con los Fugger y les dejaría un pequeño margen, pero no el suficiente para asegurar los arriendos del invierno.

Hizo ademán de volver a cubrir el lino con la arpillera.

—A mi edad, maese Hasting, vuestro tío ya sabía que el buen lino no espera a que el río se congele —dijo Diego con una sonrisa sutil—.

Ochenta y cinco soberanos, o los fardos se van mañana en la urca que baja a Lisboa.

Sabéis bien que en Portugal el lino del norte vale su peso en plata para las velas de la armada de la India.

Lucía, sin levantar la vista del papel, mojó la pluma en el tintero, dejando que el rascado metálico sobre el papel añadiera una presión silenciosa a la escena.

El inglés miró a la muchacha, luego al pergamino de la contaduría y finalmente a Diego.

La presencia de aquella joven pareja, que operaba con la precisión de una firma consolidada y sin mostrar el menor rastro de mendicidad o prisa por vender, acabó por convencerle.

—Ochenta y dos soberanos por fardo —sentenció Hasting, sacando de su cinto una pesada bolsa de gamuza que tintineó con un sonido denso y seco—. Ciento sesenta y cuatro en total por las cien varas. Y me llevo el género ahora mismo en mis carretones .

—Trato hecho —dijo Diego, extendiendo la mano para cerrar el acuerdo.

Mientras el inglés contaba las piezas de oro sobre el tablón de madera, vertiendo los soberanos con el rostro del rey Enrique VIII impreso en el metal, Diego sintió que el frío de Amberes dolía un poco menos. Lucía anotó con mano firme en la primera columna del libro:

Item, entran en caja ciento sesenta y cuatro soberanos de oro por la venta de dos fardos de holandas a maese Hasting, factor inglés. Dios guarde la ganancia.