Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO XLII
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CAPITULO XLII

Las lonjas del Escalda

El amanecer sobre el estuario del Escalda trajo consigo una cellisca fina que obligó a Diego a subirse el cuello del capote hasta las orejas.

El muelle de los lienzos era un paraje desolado y húmedo, donde los pilotes de madera carcomida por la sal emergían de las aguas grises como dientes rotos.

A pesar del frío, la actividad no se detenía.

Decenas de gabarras descargaban los productos que subían desde Zelanda o bajaban desde las manufacturas de Cortrique y Haarlem.

Diego y Lucía llegaron al almacén número cuatro de los Fugger escoltados por un mozo de cuerda que arrastraba un carretón de mano.

Presentar el contraescrito de maese Reich ante el capataz del almacén —un flamenco rudo de manos callosas y mirada desconfiada— costó un par de gruñidos en su idioma local, pero al ver el sello del imperio impreso en el papel de los banqueros alemanes, el hombre cedió el paso.

En el fondo de la nave, bajo unas vigas de roble que goteaban humedad, reposaban los dos fardos de holandas.

Lucía se arrodilló sobre la paja que cubría el suelo y rasgó con cuidado la arpillera de protección para examinar el género.

Diego aguardó en silencio, observando cómo los dedos de la muchacha acariciaban la trama del tejido.

A sus veinte años, Lucía poseía no solo la agudeza matemática que Samuel le había legado en Medina, sino un tacto finísimo para calibrar la calidad de las piezas, una destreza que en Flandes valía tanto como el oro.

—Es lino de primera unción, Diego —susurró ella, levantando la vista con un brillo de alivio en los ojos—.

El blanqueo se hizo en los campos de Haarlem; la trama es tupida, regular, sin nudos rústicos.

D'Aste no nos engañó en eso. Si logramos vender esto a los mercaderes ingleses o a los tratantes que bajan a la feria de Fráncfort, obtendremos los trescientos florines de la deuda y nos sobrará un buen colchón para los fletes de primavera.

—El problema no es la calidad, Lucía, sino el tiempo —respondió Diego, contemplando las barcazas que pasaban por el canal—.

Reich nos dio hasta la marea de noviembre.

Si los almacenes locales saturan el mercado antes de que vendamos nuestras piezas, los Fugger ejecutarán el pagaré y nos quedaremos sin nada.

Hay que vender el género hoy mismo en la lonja secundaria.

Mientras el mozo cargaba los pesados fardos en el carretón, un murmullo de voces alarmadas llegó desde el muelle exterior.

Diego se asomó a la puerta del almacén y vio a un grupo de marineros y tratantes congregados ante la tapia de la aduana menor.

Dos guardas de la regencia de María de Hungría, ataviados con coseletes de hierro, terminaban de clavar un pasquín de madera en el muro.

Diego se acercó con cautela, mezclándose entre la pequeña multitud que contemplaba el cartel con rostros sombríos. Al mirar las letras impresas bajo el escudo imperial de Carlos V, reconoció las palabras que tanto temían los hombres de letras en Europa.

Era un nuevo cartel , un edicto imperial recién llegado de Bruselas que endurecía las penas contra la posesión de libros heréticos o impresos sin el cuño de la Universidad de Lovaina.

La ley de 1536 no solo perseguía a los predicadores anabaptistas, sino a cualquier mercader que facilitara el tránsito de correspondencia o capitales sospechosos de financiar a las ligas protestantes de Alemania.

A su lado, un comerciante valón de mediana edad, vestido con una pesada loba de paño oscuro, escupió al suelo con rabia contenida antes de dar la vuelta.

—Cada año el Emperador aprieta más la tuerca —murmuró el hombre en un castellano afrancesado, al percatarse de la presencia de Diego—. Quieren que los libros de Amberes sean tan limpios como las iglesias de Roma, pero no entienden que, si los libros no circulan, las letras de cambio tampoco.

Diego no respondió. Sintió un escalofrío familiar, el mismo que había experimentado en Sevilla cuando los alguaciles rondaban Triana.

Habían recorrido cientos de leguas huyendo del Santo Oficio en Castilla solo para descubrir que la gran maquinaria del Imperio libraba la misma batalla en el norte, vigilando no solo las almas, sino los fardos y las mercancías que entraban por el Escalda.

Regresó junto a Lucía, que lo aguardaba junto al carretón de los lienzos con el manual de caja protegido bajo su sayo.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella, notando la fijeza en la mandíbula de Diego.

—Nuevos edictos del Emperador —dijo él en voz baja, tomando las varas del carretón para ayudar al mozo—.

Vigilan los muelles más de cerca. No podemos permitirnos cometer un solo error con las aduanas, Lucía.

Si ven a una mujer castellana llevando las cuentas de un factor de veinticuatro años con un crédito genovés bajo sospecha, husmearán en cada renglón .

Lucía apretó el paso a su lado, enderezando la espalda mientras abandonaban el recinto portuario y se adentraban en el laberinto de las lonjas de venta.

—Que husmeen lo que quieran, Diego —sentenció ella con una fría resolución que desafiaba la cellisca del norte—.

Mis números están limpios. Aprendí a cuadrar balances bajo la sombra de la hoguera en Medina.

Estos flamencos podrán tener el favor del Emperador, pero no saben lo que es llevar una firma a cuestas cuando ya lo has perdido todo.

Con el tintineo de las carretas de fondo y el edicto de Carlos V fresco en las paredes del muelle, los dos jóvenes se dirigieron al mercado de paños de San Andrés. El invierno de 1536 enseñaba los dientes, y la primera gran venta de la compañía del Arlanzón estaba a punto de comenzar.