CAPITULO XLI
La carta de los Fugger
El patio de la Bolsa de Amberes era un hervidero donde el dinero se negociaba en veinte lenguas diferentes, pero donde todos entendían el idioma del interés.
Construido en ladrillo rojo y piedra gris, el edificio congregaba a mercaderes de la Hansa, factores genoveses, ingleses de la lana y castellanos que habían dado la espalda a las ferias de Medina.
Cualquier paseante que viera a Diego y a Lucía cruzar bajo las arcadas flamencas habría visto a dos jóvenes en la flor de su vida: él, con la barba apenas cerrada y el brío propio de la juventud en las piernas; ella, con la piel limpia y la edad justa en la que las hijas de los mercaderes del norte ya acunaban a su segundo hijo.
Para las gentes de aquel siglo de hierro, sin embargo, la juventud era un lujo breve que se evaporaba al primer golpe de fortuna.
Diego y Lucía tenían rostros de muchachos, pero sus manos firmes y sus ojos gastados de mirar al fuego de la Costanilla y al fango del Arenal pertenecían a adultos curtidos.
El tiempo no los había medido por los inviernos cumplidos, sino por los nombres que ya habían tenido que borrar de sus libros.
—Esperadme aquí —susurró Diego, señalando un pilar de piedra donde Lucía quedaba resguardada de las idas y venidas de los corredores de comercio—. No conviene que los alemanes vean el manual de caja antes de tiempo .
Lucía asintió, abrazando el fardo de lino contra su pecho.
Su mirada recorría las casullas de piel de marta y las pesadas cadenas de oro de los hombres de negocios.
En este rincón del norte, la sombra de la Inquisición española parecía lejana, ahogada por el pragmatismo de la regencia de María de Hungría, pero los edictos de Carlos V contra la nueva fe luterana colgaban, bien visibles, en las columnas de la Bolsa.
El peligro seguía allí, solo que hablaba alemán y flamenco.
Diego se abrió paso hasta el mostrador de los Fugger, los banqueros de Augsburgo que sostenían con sus préstamos las coronas de media Europa. Tras la reja de madera, un factor tudesco de modales secos y mirada gélida, maese Reich repasaba unos pagarés con la ayuda de una lente.
— ¿Wat wilt u, jongeman? —preguntó el empleado en la lengua de Flandes, apenas levantando la vista, asumiendo por la sencillez de los ropajes de Diego que se trataba de un mero mandadero local.
—Vengo a hacer valer esta carta de crédito —respondió Diego en un castellano claro y templado, depositando el pergamino sellado por Francesco d'Aste sobre el tapete verde.
El alemán tomó el papel con desdén, pero al ver el cuño de cera roja del genovés, las firmas de Sevilla y el membrete de la compañía, sus cejas se elevaron. Miró el documento y luego miró a Diego, cambiando de idioma con la pesadez de quien arrastra las palabras.
—Esto ser un crédito menor contra nuestros almacenes de aquí...
—dijo el banquero en un castellano tosco, golpeando el papel con el índice—.
Trescientos florines para la liquidación de un flete de lienzos.
Pero los libros de D'Aste en Sevilla están bajo sospecha.
Nos han llegado correos del sur que hablan de embargos y deudores fugitivos.
¿Quién me asegura que esta firma sigue teniendo respaldo en la rúa Mayor?
A Diego se le heló la sangre por un instante. La sombra de Carrión y el colapso de Sevilla viajaban más rápido que las naos. Sin embargo, no apartó la vista. Recordó los consejos de Samuel: ante un banquero, el miedo es una confesión de quiebra.
—El respaldo está aquí, maese Reich —replicó Diego, golpeando la madera con el puño—.
Los fardos de holandas que D'Aste tiene consignados en el puerto de Lisboa garantizan ese pliego.
Si los Fugger rechazan la firma del Arlanzón hoy, tendré que informar a los factores de los Welser que preferís perder la comisión de las lonjas antes que revisar los asientos de Lisboa.
Y sabéis bien que ellos buscan espacio en los navíos de vuelta.
El tudesco entornó los ojos, sopesando la audacia del muchacho. A sus veinticuatro años, aquel castellano manejaba el lenguaje del crédito y las rivalidades bancarias con la frialdad de un viejo lobo de las ferias. La codicia y la necesidad de no ceder terreno a sus rivales hicieron el resto.
—El dinero no os lo daré en oro —sentenció el alemán, tomando la pluma—.
Pero os daré el contraescrito para retirar los dos fardos de lienzos finos del almacén del Escalda.
Si los vendéis en la lonja antes de la marea de noviembre, la deuda quedará saldada.
Si no, la factoría de los Fugger se quedará con vuestras garantías en Flandes.
—Es justo —dijo Diego.
Diez minutos después, Diego regresaba al lado de Lucía con un nuevo pergamino firmado y el cuño de los banqueros alemanes aún fresco .
—¿Qué han dicho? —preguntó ella, adivinando la tensión en los hombros de su compañero.
—Tenemos los lienzos, Lucía. El nombre del Arlanzón ha valido en la mesa de los Fugger, aunque los perros de Sevilla nos pisen los talones —respondió Diego, ofreciéndole el brazo con una sonrisa cansada pero triunfante—.
Vamos al muelle. Hay que revisar esa mercancía antes de que la bruma la pudra.
Tenemos dos fardos de tela y un invierno entero para demostrarle a este mar del Norte de qué madera estamos hechos.
Lucía sonrió, y por primera vez en muchos días, sus veinte años parecieron ligeros. Caminaron juntos hacia la salida del patio, bajo el cielo gris de Amberes, listos para abrir el primer asiento de su nueva vida.