CAPITULO XL
La última esperanza.
Flandes no recibía a los hombres con luz, sino con una mortaja de vapor gris que borraba los límites entre el cielo y el agua.
Cuando la nao San Telmo soltó las anclas en el antepuerto de Amberes, Diego sintió que el frío del mar del Norte le calaba los huesos a través del capote de paño castellano que le había comprado a un marinero durante la travesía.
No era el frío seco de la meseta, ni el calor asfixiante de Triana; era una humedad densa, con olor a carbón de piedra, arenque ahumado y lodo de marisma.
Lucía permanecía a su lado en la borda, con el rostro pálido y afilado tras los días de mareo, pero sus ojos oscuros devoraban con fijeza la silueta de la ciudad que emergía entre las brumas.
Amberes no se parecía en nada a Sevilla.
No había torres mudéjares ni muros de cal blanca; era un bosque de agujas góticas de piedra oscura, tejados apuntados de pizarra y muelles de madera negra donde las grúas de rueda de cantera gemían bajo el peso de los fletes de Flandes.
—Es aquí, Diego —susurró ella, apretando bajo el brazo el fardo de lino que protegía el manual de caja de la compañía—. Aquí la Iglesia no manda sobre los libros de los mercaderes con la misma mano de hierro que en Castilla.
—Aquí manda el dinero, Lucía —respondió Diego, contemplando el ir y venir de las lanchas de descarga—.
Pero no olvides lo que nos dijo el genovés: el duque de Alba tiene sus tercios acantonados a pocas leguas y los edictos del emperador Carlos contra la herejía cuelgan de las puertas de las iglesias.
No estamos libres de los lobos, solo hemos cambiado de bosque.
Con los salvoconductos de Francesco d'Aste en la mano, que los acreditaban como factores secundarios de su firma genovesa para el comercio de lanas y tapices, el desembarco fue rápido.
Al pisar los tablones del muelle de los Ingleses, el bullicio los envolvió en una lengua áspera y gutural que Diego no alcanzaba a comprender el murmullo de mercaderes alemanes, valones y flamencos que negociaban a gritos entre los barriles de cerveza y las pacas de paño.
Se dirigieron a la rúa de los Bolsa, el corazón financiero de la ciudad, donde los cambistas no operaban en las gradas de una catedral como en Sevilla, sino en el patio abierto de un edificio de ladrillo rojo construido expresamente para el trato.
Allí, bajo los arcos flamencos, Diego se sintió de nuevo en su elemento.
El tintineo de los florines de oro y los groschen de plata era el mismo idioma que había aprendido desde niño junto a Samuel Abenazir en las ferias de Medina del Campo.
Consiguieron aposento en una casa de la colación de San Andrés; se reducía a una estancia estrecha en el segundo piso de una casa de entramado de madera en la calleja de los Tintoreros, muy cerca de la iglesia de San Andrés.
con ventanales de plomo que miraban a un canal de aguas oscuras.
El alquiler del primer mes, tres florines, había sido pagado por adelantado por D'Aste como último favor.
En la estancia principal, frente a una chimenea de ladrillo que apenas lograba templar el ambiente, Lucía abrió por primera vez, sobre una mesa de roble, el manual de la compañía del Arlanzón .
La tinta de la última anotación sobre la muerte de Clara parecía haber envejecido en el mar.
—¿Qué nos queda, factor? —preguntó Lucía, preparando la pluma con mano firme.
Diego vació sobre la mesa la bolsa de cuero que llevaba sujeta al cinturón.
No había oro andaluz ni barras de plata ensayada; D'Aste se lo había quedado casi todo como precio por sus vidas.
Solo quedaban treinta y dos ducados en piezas de a ocho y una carta de crédito menor firmada por el genovés contra la casa de los Fugger en Amberes para liquidar un flete menor de lienzos.
—Tenemos poco metal, pero tenemos el nombre limpio —dijo Diego, sentándose frente a ella y fijando la vista en el nuevo libro.
En Sevilla éramos fugitivos; aquí somos los factores del Arlanzón, una firma castellana con crédito genovés.
Mañana mismo iré a la lonja a presentar la carta de los Fugger.
Si conseguimos consignar dos fardos de holandas para el próximo navío que baje a Lisboa, empezaremos a levantar el tablón.
Lucía asintió y, con un movimiento lento pero cargado de simbolismo, mojó la pluma en el tintero de peltre. En la cabecera de la primera página, con esa caligrafía gótica y limpia que Samuel le había enseñado en la contaduría de Medina, trazó:
En la ciudad de Amberes, a cuatro días del mes de octubre del año del Señor de mil quinientos treinta y seis, se asientan las cuentas de la compañía del Arlanzón. Dios nos dé ventura en esta tierra de brumas, donde la fe no queme los libros ni la calumnia alcance a los justos.
Diego puso su mano sobre el hombro de la muchacha, contemplando las letras húmedas.
El invierno del norte se aproximaba y las aguas del canal empezaban a escarcharse bajo la ventana, pero en mitad del frío de Flandes, los Ocaña y los Abenazir volvían a tener un tablero donde jugar su partida contra el destino.