Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO XXXIX
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CAPITULO XXXIX

El mar de las brumas

La nao San Telmo se deslizaba pesadamente por el Guadalquivir, empujada por la brisa del alba y la corriente del río.

Atrás quedaban los barros de Triana, las hogueras de la Inquisición y la fosa clandestina bajo las higueras donde Clara de Ocaña descansaba en paz.

Al mediodía, las arenas blancas de Sanlúcar de Barrameda aparecieron por la borda de estribor, con sus iglesias y sus fortalezas recortadas contra un cielo que empezaba a abrirse al vasto azul.

Diego y Lucía permanecían de pie en la amurada de popa, con los rostros curtidos por el aire salobre que subía del Atlántico.

Al doblar la barra de Sanlúcar, el galeón cabeceó con fuerza, clavando la proa en las primeras olas del océano abierto.

Fue en ese preciso instante cuando la costa española comenzó a achicarse, convirtiéndose primero en una línea pálida y, finalmente, en un recuerdo difuso que se desvanecía entre la bruma marina.

Habían perdido Medina del Campo, el rastro de Beatriz, la seguridad del Arenal y el oro que con tanto empeño habían ganado; pero al mirar el horizonte limpio que se abría ante ellos, supieron que lo esencial viajaba a bordo.

Lucía llevaba bajo el brazo una bolsa en la que guardaba un nuevo libro de contabilidad en blanco, con las tapas de cuero limpio y las páginas de papel esperando las primeras líneas de tinta.

No había nombres del norte, ni deudas del sur, ni firmas cruzadas por los inspectores del Castillo de San Jorge.

Diego puso su mano sobre los dedos de Lucía, apretándolos contra el lomo del volumen.  Sus ojos oscuros ya no miraban hacia la tierra que se borraba, sino hacia el mar que los llevaba al norte.

La firma había sobrevivido. Ellos también.