CAPITULO XXXVIII
El precio de la huida
El callejón de la Amargura amaneció quebrado.
No fue el licenciado Carrión con sus palabras untuosas en las gradas, sino el golpe seco de las guardas del Castillo de San Jorge lo que rompió el equilibrio de Triana.
A media tarde, dos alguaciles de la Inquisición, con sus sayos negros y las varas de justicia en la mano, se habían apostado en la embocadura del callejón.
Desde la ventana alta, Lucía los vio detenerse junto al pozo común.
La tía Juana los acompañaba, señalando con su dedo nudoso la puerta de madera de los Ocaña.
El cerco se había cerrado.
—No vendrán de noche —dijo Diego, agazapado junto al dintel, apretando el pomo de su cuchillo—. Esperarán al alba para que el barrio no se alborote. Es su costumbre.
—Entonces solo nos quedan unas horas, Diego —respondió Lucía—. Si nos quedamos aquí, terminaremos en las mazmorras antes de que salga el sol. Hay que ejecutar el último plan.
No había otra salida. El negocio levantado en el Arenal y las ganancias de la plata americana debían servir para una sola cosa: comprar la vida .
Al amparo de la primera oscuridad, dejando la casa de Triana atrás con lo puesto y el arcón de caudales oculto bajo una lona, Diego y Lucía cruzaron el Guadalquivir por el muelle de los barqueros, evitando el puente de barcas.
Se dirigieron a la plaza de San Salvador, al despacho de Francesco d'Aste.
El genovés los recibió en camisa, sorprendido por la intempestiva visita. Su rostro se endureció al ver el arca de madera que Diego dejó caer sobre su mesa.
—Los alguaciles rodean la casa de Triana, micer —dijo Diego—. Carrión ha movido ficha.
D'Aste dio un paso atrás, alarmado.
Os dije que los vigilarais. Salid de mi casa.
—No nos iremos sin un trato —intervino Lucía, abriendo la tapa del arcón. El brillo del oro andaluz y las barras de plata iluminaron la estancia—. Os lo cedemos todo. La firma del Arlanzón queda en vuestras manos.
El genovés miró el metal. La codicia venció a la prudencia.
—¿Qué queréis a cambio?
—Dos pasajes de cambio limpios y un espacio de carga en la nao capitana que zarpa hacia Flandes al amanecer —sentenció Diego—. Firmados bajo vuestro cuño principal. Sin nombres del norte.
D'Aste extrajo dos pergaminos sellados y trazó las firmas con mano ágil. Les entregó los documentos húmedos.
—La nao San Telmo está amarrada junto a la Torre del Oro —dijo el genovés—. Soltará amarras antes del alba. Lleváos vuestros libros y salid por la puerta trasera .
La noche en el Arenal era un laberinto de sombras. El muelle se había transformado en una llanura de fango negro donde las siluetas de las naos recortaban sus arboladuras contra las estrellas.
Diego y Lucía caminaban pegados a los almacenes de jarcias. De pronto, el relincho de un caballo y el tintineo de espadas resonaron cerca de la aduana. Una patrulla de alguaciles avanzaba con linternas de aceite.
—Por aquí —susurró Diego, arrastrando a Lucía hacia el hueco entre dos barcazas.
Se agacharon en el fango. La luz pasó a escasos palmos de sus cabezas. Diego apretó el cabo de su cuchillo, dispuesto a vender cara su piel. El alguacil desvió el paso hacia las tabernas.
Cuando las luces se alejaron, corrieron los últimos metros hasta la silueta imponente de la San Telmo. Diego mostró los pergaminos al contramaestre, quien les indicó el camino a la bodega.
Al subir los escalones, Lucía miró hacia atrás.
En la orilla de Triana, la mole oscura del Castillo de San Jorge se desvanecía en la bruma de la madrugada.
Habían perdido la casa de Medina, el negocio del Arenal y la tierra donde descansaba Clara; pero al mirar a Diego, supo que la firma seguía viva en el libro que llevaba bajo el brazo.
Las amarras cayeron al agua, las velas se hincharon con la primera brisa del alba y el galeón comenzó a deslizarse río abajo, buscando la desembocadura de Sanlúcar y el mar abierto.