Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO XXXVII
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CAPITULO XXXVII

La última voluntad de Clara

El callejón de la Amargura guardaba un silencio espeso, roto solo por el lamento lejano de un astillero.

En la estancia baja de la casa de Triana, la luz de dos cabos de cera proyectaba sombras alargadas sobre las paredes de adobe.

El aire estaba impregnado del olor agrio de los ungüentos de vinagre y cera quemada.

Clara de Ocaña se apagaba. Las fiebres andaluzas habían consumido las últimas fuerzas de la viuda de Martín, y su respiración se había vuelto un hilo de aire fino. La calma fría de los que van a morir se había asentado sobre sus facciones.

Lucía permanecía arrodillada junto al lecho, sosteniendo la mano yerta de la anciana.

Diego, de pie a los pies de la cama, contemplaba a su madre con el pecho oprimido.

Había visto caer la casa de sus señores, había enterrado el recuerdo de su padre en las cenizas de Medina y ahora veía marchar el último lazo con su infancia.

De pronto, Clara abrió los ojos, limpios y fijos en su hijo. Movió los labios secos con un susurro que obligó a Diego a inclinarse sobre ella.

—Diego... hijo mío —musitó la anciana, intentando cerrar los dedos sobre los del factor .

—Aquí estoy, madre. No os esforcéis.

—Escúchame bien... porque el tiempo se me acaba y Martín me llama —dijo Clara, sacando una fuerza insospechada—. Mira a Lucía.

Diego desvió la vista hacia la joven y volvió a mirar a su madre.

—Tu padre dio su vida en el fuego por salvar su sangre, Diego. Prométeme por la memoria de Martín que la protegerás de los lobos. Que no la dejarás sola en esta Babilonia.

—Os lo prometo, madre —respondió Diego, con voz rota pero firme—. Con mi vida si es necesario.

Clara asintió levemente y miró a Lucía con profunda ternura.

—Muchacha... No dejes que el nombre de los Abenazir muera. Tu padre fue un hombre justo y tu sangre es limpia ante Dios, digan lo que digan los jueces. Llevad la firma lejos.

Lucía se inclinó sobre el pecho de Clara, besando sus manos gastadas.

—Os lo juro, Clara. Vuestro nombre y el de Martín irán siempre en nuestros libros.

Clara de Ocaña exhaló un suspiro largo que flotó un instante antes de disiparse. Su cabeza se ladeó sobre el jergón y sus dedos se destensaron. El silencio regresó, definitivo y sagrado.

No hubo tiempo para el luto público. En Sevilla, la muerte de una forastera cuyas fiebres despertaron los comentarios de la tía Juana podía atraer las preguntas del licenciado Carrión .

A la medianoche, bajo un cielo cerrado, Diego y Lucía prepararon el sepelio. Envolvieron el cuerpo en un lienzo de lino limpio. No podían llevarla a un camposanto sagrado sin pagar tasas que delatarían su origen.

Diego cargó a su madre en brazos, bajando con cuidado para no hacer ruido. Lucía le precedía, vigilando la calle. La tía Juana dormía y las ventanas de su casa estaban cerradas.

Se encaminaron al corral de las traseras de las alfarerías, donde la tierra era blanda. Allí, a la sombra de unas higueras, Diego cavó una fosa profunda con una azada. El sudor se mezclaba con sus lágrimas, pero no flaqueó hasta alcanzar la hondura necesaria.

Depositaron a Clara en el fondo. Lucía dejó caer un puñado de arena de color albero sobre el lino.

—Que la tierra os sea leve, madre —susurró Diego, santiguándose tres veces.

Cubrieron la fosa y esparcieron ramas y cascotes para que nadie notara la tierra removida. Cuando regresaron, el primer hilo de luz del alba empezaba a recortar la mole oscura del Castillo de San Jorge al final del callejón.

Lucía se sentó ante la mesa de pino y abrió el manual de la compañía del Arlanzón. Trazó una pequeña cruz de tinta y anotó con caligrafía firme:

En este día de veintiocho de agosto del año del Señor de 1536, entregó su alma a Dios Nuestro Señor la buena cristiana Clara de Ocaña, madre de este factor y amparo de nuestra casa. Quede su memoria asentada en el libro de la vida, pues en el de los hombres ya no cabe su nombre .

Diego le puso la mano sobre el hombro. La última voluntad de Clara estaba cumplida, el secreto de Triana quedaba enterrado bajo las higueras y los dos huérfanos de Medina sabían que sus vidas estaban selladas para siempre por la misma promesa.