Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO XXXVI
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CAPITULO XXXVI

La trampa de las gradas

Las gradas de la Catedral de Sevilla eran el verdadero termómetro del crédito y la desgracia del reino.

Situadas en el contorno exterior del templo gótico, aquel laberinto de columnas encadenadas servía de cobijo a los hombres más ricos de Europa y a los pícaros más peligrosos de Andalucía.

Allí, a la sombra de los muros de piedra, los factores vizcaínos vendían el hierro de las minas del norte, los flamencos negociaban los paños de Brujas y los genoveses, con sus plumas de ganso dispuestas en mesas portátiles, dictaban el precio del oro que aún no había salido de las Indias.

Diego llegó a las gradas a media mañana, llevando bajo el brazo el pliego de cuero que contenía la orden de flete de los cueros que le había comprado al marinero de la San Cristóbal .

Tras el aviso del genovés, sabía que no podía permitirse el lujo de levantar sospechas reteniendo papel no registrado.

Necesitaba liquidar ese contrato rápido, convertirlo en oro contante y sonante, y diluir el rastro de la compañía del Arlanzón entre la marea de transacciones de la rúa de los Franceses.

El calor en el recinto era sofocante, aliviado apenas por la brisa que corría entre las bóvedas de la vecina lonja .

—Buscáis comprador para cueros de La Española, ¿verdad, maese Ocaña? —La voz, untuosa y demasiado cercana, hizo que Diego se tensara por el instinto del camino.

Al volverse, se encontró con un hombre menudo, vestido con una ropa de paño negro que parecía haber visto tiempos mejores y un sombrero de ala ancha que le ensombrecía los ojos. Llevaba un tintero colgado de la pretina y un fajo de pergaminos atados con un cordel grasiento.

—Soy el licenciado Carrión —dijo el hombre, presentándose con una reverencia exagerada que no llegó a ocultar la fijeza de sus ojos de tordo—. Escribano adscrito a las tasas de la ribera... y colaborador de la vecindad de Triana para los asuntos de la fe y el orden público.

A Diego se le congeló la sangre en las venas, pero sus facciones, curtidas en las ferias mercantiles de Medina, no reflejaron ni un ápice de flaqueza.

El soborno que D'Aste había prometido enviar a través de su cajero aún no debía de haber surtido efecto, o el clérigo inspector estaba tanteando el terreno por su cuenta antes de cobrar la tasa de su silencio.

—La mesa del Arlanzón opera bajo el respaldo de micer D'Aste, licenciado —respondió Diego, manteniendo la voz neutra y la mano firme sobre el pliego de cuero—. Los libros de fletes están asentados en la aduana menor. No hay deuda con el rey ni con la Iglesia en este papel.

Carrión soltó una risita seca, similar al tableteo de las cigarras en los olivos de la vega. Dio un paso alrededor de Diego, fingiendo observar el detalle de las columnas de la Catedral.

—El genovés es un gran señor, sin duda. Un hombre de arcones profundos.

Pero las mesas secundarias a veces albergan...

corrientes extrañas. Gentes que llegan de la noche a la mañana, sin partidas de bautismo claras en las parroquias del sur, y que manejan las cuentas con una destreza que solo se enseña en las juderías del norte.

El golpe fue directo al corazón de la sospecha.

Diego sintió el impulso de buscar el cuchillo oculto en su jubón, pero la prudencia de Samuel Abenazir se impuso en su mente.

Mostrar miedo o violencia en las gradas era el camino más rápido para terminar con unos grillos en los tobillos en el Castillo de San Jorge.

—Mi hermana y yo somos naturales de la colación de San Lorenzo, en Burgos —mintió Diego, sosteniendo la mirada del escribano con una fijeza gélida y serena—.

Mi padre, Martín de Ocaña, murió sirviendo a la Corona y defendiendo los bienes de sus señores.

Si tenéis alguna duda sobre nuestro cuño o nuestra vecindad, podéis acompañarme al despacho de micer D'Aste ahora mismo.

Él os aclarará las pólizas... y los donativos que la firma suele destinar a las obras de la iglesia de Santa Ana.

La mención del donativo de Triana hizo que los ojos del licenciado Carrión cambiaran de tono.

La codicia sustituyó a la sospecha en sus pupilas.

El escribano acarició el cordel de sus pergaminos, midiendo la fuerza del factor y el peso del dinero del genovés que ya debía estar de camino a sus arcas privadas.

—Burgos... una tierra fría, pero de buenos cristianos —dijo Carrión, dando un paso atrás y recuperando su tono untuoso—.

No dudo de vuestra palabra, maese Ocaña.

El Santo Oficio solo busca la limpieza y el buen orden del comercio.

Si la tasa de Santa Ana está satisfecha, no habrá necesidad de que mis oficiales visiten vuestro tablón en el Arenal este viernes.

Sevilla es grande y hay muchos extranjeros sin dios que revisar en el muelle de los barqueros .

El clérigo hizo una última inclinación con el sombrero y se retiró entre la multitud de los cambistas flamencos, perdiéndose en dirección a la Puerta del Perdón.

Diego exhaló el aire lentamente, sintiendo que la ropa se le pegaba a la espalda por el sudor frío.

Había salvado la mesa y la seguridad de Lucía por esa tarde, pero el encuentro en las gradas le había dejado claro que el tiempo que habían comprado con la plata de la caja era tan corto como el vuelo de una flecha.

Carrión ya les tenía echado el ojo, y el menor descuido en los libros o el próximo delirio de Clara en el callejón de la Amargura rompería el hilo definitivo que los sostenía.

Guardó el pliego de los cueros bajo el brazo y se apresuró a buscar un comprador vizcaíno para liquidar el trato.

Tenía que regresar a Triana antes del crepúsculo; el Arenal ya no era un lugar seguro y el oro del rescate debía empezar a acumularse en el arcón oculto antes de que el invierno cerrara los fletes del río.