CAPITULO XXXV
El Castillo de San Jorge
Al amanecer, Triana despertaba con un aire denso que subía del río, pero para Diego el aire nunca había sido tan difícil de respirar.
Dejó a Lucía al cuidado de Clara, que descansaba por fin tras el letargo de la fiebre, y cruzó el puente de barcas antes de que el sol terminara de romper sobre las torres de la ciudad.
Bajo las maderas crujientes del paso, las aguas turbias del Guadalquivir golpeaban contra los cascos de las barcazas con un murmullo constante, mientras la sombra alargada de la fortaleza dominaba la orilla como un vigía mudo de piedra.
No se encaminó a la mesa del Arenal; sus pasos lo llevaron directamente hacia la plaza de San Salvador.
El aviso de la tía Juana de la noche anterior le quemaba en el pecho con más fuerza que el sol andaluz.
Cuando Francesco d'Aste lo recibió en su despacho privado, el genovés no tenía pliegos del norte sobre la mesa, sino una gélida advertencia en la mirada.
—Os estáis haciendo notar demasiado en la ribera, muchacho —dijo D'Aste, apoyando los codos sobre el nogal—.
Os di una mesa secundaria para liquidar fletes menores de trigo y cabotaje, pero mi cajero me dice que ayer cambiaste por vuestra cuenta setenta pesos de plata ensayada a un marino de la San Cristóbal.
En Sevilla, el dinero llama a más dinero, pero la plata de las Indias llama a los inspectores .
Diego contuvo el aliento, manteniendo la postura firme de un factor que defiende su pan.
—El trato fue limpio, micer. Le dimos oro andaluz y nos quedamos con la plata y una orden sobre cueros. Es el negocio que aprendí en Castilla.
—En Castilla podías esconder los libros en los arcones de Samuel, pero aquí estáis operando bajo mi firma —siseó el genovés, ajustándose las lentes con molestia—.
El escribano del tribunal del Castillo de San Jorge, un tal licenciado Carrión, anda estos días revisando las licencias de las mesas del Arenal.
Ese hombre conoce el olor de la plata no registrada a una legua de distancia y cobra su tajada en cada embarque que toca el muelle.
No busca huidos de Medina porque nadie sabe que estáis aquí, pero busca extranjeros, conversos sin vecindad e irregularidades fiscales para llenar las arcas del Santo Oficio.
Si se planta ante vuestro tablón y le exige a Lucía que declare su verdadera colación de origen o que muestre las pólizas de la firma del Arlanzón, no tardará en tirar del hilo.
Y si descubren que es la hija de un relajado en la hoguera, ni todo mi crédito en las gradas os salvaría de las mazmorras.
La mención de la hoguera hizo que a Diego se le tensara la mandíbula. Recordó la entereza de piedra con la que Beatriz se había quedado en Medina, haciendo de escudo viviente para que ellos pudieran levantar la cabeza en el sur. No iba a permitir que ese sacrificio fuera en vano.
—¿Cuánto cuesta el silencio de ese escribano, D'Aste? —preguntó Diego, con una voz que brotó desde el fondo de su garganta, directa y desprovista de cortesía.
El genovés soltó una risa seca .
—En Sevilla, las inspecciones no se evitan, se desvían.
Carrión es un hombre de leyes cortas y bolsas grandes.
Si mi cajero le entrega cincuenta ducados en plata como donativo para las obras de la iglesia de Santa Ana de Triana, el pliego de la compañía del Arlanzón quedará sepultado al fondo del arcón de las tasas hasta el próximo año.
Pero ese dinero saldrá íntegro de vuestras ganancias del Arenal, Diego.
Yo no arriesgo un maravedí por vosotros.
—Tomadlo de nuestra caja —respondió Diego de inmediato, sin pestañear—. Descontad lo que sea necesario, pero aseguraos de que ese escribano no mire hacia nuestra mesa ni cruce el callejón de la Amargura.
—Se hará hoy mismo —concluyó D'Aste, dando por terminada la audiencia—.
Pero escuchadme bien, factor: esto es solo un parche de cera sobre una vía de agua.
El Castillo de San Jorge está justo al otro lado del puente, frente a vuestras ventanas.
Si vuestra madre vuelve a gritar en sus delirios por las fiebres o si la vecindad empieza a murmurar sobre vuestra procedencia, el dinero de la caja no os servirá de nada. Vigilad vuestra sombra.
Diego salió al callejón lateral con el pulso acelerado, pero la mente clara.
Caminó de regreso hacia el Arenal, pero al cruzar el puente de barcas no pudo evitar mirar hacia la mole de piedra oscura del Castillo de San Jorge, cuyas murallas se alzaban sobre la orilla de Triana.
Las torres del tribunal, pesadas y macizas, recortaban el cielo sobre el río como un recordatorio constante de que la libertad en aquella ciudad era un bien prestado .
El peligro no venía del norte en un correo real; estaba allí mismo, alimentado por su propia prosperidad, resguardado por muros de cal y por la mirada astuta de vecinos como la tía Juana.