CAPITULO XXXIV
El delirio y la sospecha
El verano sevillano no daba tregua, ni siquiera al caer la noche.
En el rincón de la Amargura, las casas de ladrillo y cal retenían el calor del día como hornos de alfarero, y el aire que subía del Guadalquivir llegaba cargado de un vapor denso y aceitoso.
En el pequeño patio de la casa de Triana, el agua del pozo parecía más amarga que de costumbre.
Las paredes desconchadas exudaban el salitre del río y el zumbido constante de los mosquitos de la marisma completaba una atmósfera claustrofóbica, insoportable para quienes añoraban el aire limpio de las tierras altas de Castilla.
Clara de Ocaña no había soportado bien el cambio de clima.
La mujer recia que había gobernado con mano de hierro la casa de Medina y que había soportado el rigor del viaje en el carro de mulas, parecía haberse consumido bajo la luz cegadora del sur.
Una fiebre pertinaz, nacida de los humores del río y del cansancio acumulado en sus viejos huesos, la mantenía postrada en un camastro de la estancia baja desde hacía tres soles.
Lucía le mudaba los paños húmedos sobre la frente mientras Diego, sentado a la luz de un cabo de vela, repasaba las pólizas de la mesa del Arenal. El silencio de la casa solo se rompía por la respiración fatigada de la anciana .
De pronto, Clara se agitó entre las sábanas de lienzo basto. Sus ojos, entornados y vidriosos por el delirio de la calentura, buscaron las sombras del techo. Sus manos callosas se aferraron a las mantas con una fuerza insospechada.
—¡Martín! —exclamó la anciana, con una voz extrañamente alta que resonó en el eco del patio interior—. ¡Cierra el zaguán, Martín, que ya vienen! ¡Los caballos del corregidor están en la Costanilla!
Lucía se inclinó de inmediato sobre ella, alarmada, intentando calmarla.
—Madre, chist... Duerma. Estamos en Sevilla. Ya pasó.
Pero la mente de Clara de Ocaña estaba atrapada en el fuego del norte.
Para ella, el tiempo se había borrado y volvía a estar atrapada en la mañana del fuego, reviviendo el pánico de la caída de la casa de sus señores y el sacrificio que le había arrancado el alma.
Los espectros de Medina del Campo, convocados por la alta temperatura que le abrasaba la sangre, desfilaban tras sus párpados cerrados exigiéndole una última resistencia.
—¡Martín! —exclamó de nuevo—. ¡Sal de ahí, Martín, que el techo se cae! ¡Suelta los libros, saca a la niña! ¡Diego, tu padre se quema... no lo dejes en la contaduría! ¡Señor Samuel, los caballos están en la Costanilla! ¡Dios mío, quitadle las maderas de encima, que no puede salir!
Lucía se inclinó de inmediato sobre ella, alarmada, sintiendo cómo las lágrimas le asomaban a los ojos al escuchar el recuerdo del día en que el secretario de su padre entregó la vida por ella.
Aquel hombre fiel había preferido adentrarse en el infierno de las vigas ardientes antes que dejar que la pequeña Elvira fuera devorada por el fuego de la contaduría .
—¡No les deis los libros! —continuó gritando Clara, con las mejillas encendidas por la fiebre—. ¡Esconded a la niña... la hija de Samuel! ¡Que no vean que es una abenazir! ¡Diego, llévatela antes de que el Santo Oficio queme las escrituras! ¡Los Abenazir no son herejes, Martín, no los dejes morir!
Diego se levantó de la mesa de un salto, dejando caer la pluma, que emborronó el pliego de papel.
Corrió hacia el camastro y puso su mano sobre la boca de la anciana, con suavidad pero con firmeza, cortando el torrente de palabras que brotaba de sus labios.
Su corazón golpeaba contra sus costillas con la misma violencia que en la venta de Despeñaperros.
—Callad, por amor de Dios, madre... —Susurró Diego, con los ojos dilatados por el pánico, mirando hacia las ventanas que daban al patio común.
Triana era un panal de abejas. Las casas estaban pegadas unas a otras, compartiendo muros y medianeras, y en las noches de verano los vecinos dormían con las puertas entornadas buscando el escaso aire que corría por los pasillos.
Un leve roce de alpargatas sobre los guijarros del patio exterior hizo que Diego y Lucía se quedaran petrificados.
Diego soltó a Clara, que pareció sumirse de nuevo en un letargo pesado, y se deslizó hacia el zaguán con la mano derecha buscando el cabo de su cuchillo bajo el jubón. Abrió la puerta de la calle apenas una rendija.
Afuera, bajo la luz mortecina de la luna que se filtraba entre los aleros, la silueta de una mujer se recortaba junto al pozo común.
Era la tía Juana, una vecina anciana, viuda de un calafate del puerto, que pasaba las noches en vela hilando esparto en el zaguán contiguo.
Tenía la cabeza ladeada y los ojos entornados hacia la puerta de los Ocaña, con una expresión donde la curiosidad se mezclaba con la sospecha.
—¿Va a peor la enferma, maese Diego? —preguntó la vieja con una voz cantarína y astuta, sin moverse de su sitio—. Se escuchan lamentos muy extraños desde mi cocina. Parecía que nombraba a gentes del norte... y al tribunal de Valladolid.
Diego forzó una sonrisa desvaída, saliendo a la luz del patio y apoyando el hombro en el dintel para tapar la vista del interior. Su mano seguía oculta bajo la tela del jubón, apretando la empuñadura de metal con tal fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos de pura crispación.
—Las fiebres de la campiña son malas compañeras, tía Juana —respondió Diego, manteniendo la voz firme y vecinal—.
Mi madre perdió a su esposo en el gran incendio del norte por estas mismas fechas.
La cabeza se le vuelve a la noche en que lo vio morir entre las llamas y confunde el calor de esta sierra con el fuego de Castilla. Cosas de viejos.
La tía Juana miró a Diego de arriba abajo. Sus ojos se detuvieron en la fijeza de la mirada del joven, que no pestañeaba, y luego se desviaron hacia la ventana alta de la estancia.
—Ya... malas lenguas y malos recuerdos —dijo la vieja, recogiendo su manojo de esparto con un movimiento lento—.
Pero tened cuidado, muchacho. En este barrio, las fiebres que nombran al Santo Oficio suelen atraer a los médicos del Castillo de San Jorge.
Y esos médicos no usan ungüentos, sino preguntas. Buenas noches nos dé Dios.
La mujer se dio la vuelta y se metió en su casa, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó como una sentencia .
Diego regresó al interior de la estancia y echó el pesado cerrojo de hierro. Se apoyó contra la madera, exhalando el aire que contenía en los pulmones. Lucía estaba arrodillada junto al camastro de Clara, sosteniendo la medalla de su madre entre los dedos, con el rostro pálido como la cera.
—Nos ha oído, Diego —susurró ella, y por primera vez desde que llegaron al sur, el pánico volvió a asomar en sus ojos oscuros—.
Ha nombrado el castillo. Está ahí mismo, a cuatro calles de esta casa.
Su sombra cruza el río cada mañana y sus familiares patrullan estas calles sin que nadie se atreva a negarles el paso.
Bastará una sola palabra de esa vieja mañosa ante cualquier alguacil del Santo Oficio para que vengan a registrar el zaguán y confisquen la mesa del Arenal.
Diego se acercó a ella, se arrodilló a su lado y le tomó las manos con fuerza, interrumpiendo el temblor de sus dedos.
La miró a los ojos con una determinación que no dejaba espacio a la duda.
Bajo la luz trémula de la vela, los rasgos de Diego recuperaron la dureza del hombre que ya no tenía nada que perder en los reinos de Castilla.
Sabía perfectamente que en Sevilla el éxito despertaba más envidias que simpatías, y que sus competidores del puerto pagarían buen precio por conocer el origen de su fortuna.
—La vieja sospecha, pero no tiene pruebas —sentenció Diego, y su voz sonó tan dura como la pizarra de la sierra—.
Mañana mismo iré a ver al genovés. Necesitamos que D'Aste acelere nuestros contratos o nos consiga un salvoconducto para los barcos.
Si Clara vuelve a hablar, o si la vieja decide cruzar el puente para ir a ver al escribano del Santo Oficio, Triana se convertirá en nuestra tumba.
Lucía miró a su anciana protectora, que ahora descansaba en un silencio tenso, y luego miró a Diego.
El éxito del Arenal y el oro de la tarde se habían evaporado en un instante.
El pasado, tenaz y oscuro, acababa de cruzar el Guadalquivir para reclamar sus cenizas.
Los fantasmas de la Costanilla ya no habitaban solo en la memoria; el aliento de los perseguidores volvía a enturbiar el aire de su ventana, recordándoles que en aquella inmensa Babilonia del sur, la distancia entre la riqueza y la hoguera seguía midiéndose apenas por un susurro en la sombra.