Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO XXXIII
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CAPITULO XXXIII

El galeón de la fortuna

El Arenal no era una playa común, sino una playa de fango, sudor y dinero.

Extendido a lo largo de la orilla del Guadalquivir, entre la Torre del Oro y la Puerta de Triana, aquel inmenso espacio abierto era el verdadero estómago de Sevilla.

Alrededor de la aduana del carbón, el aire vibraba con el tableteo de los carpinteros de ribera que calafateaban las quillas, el olor a brea caliente y los gritos de los ramaleros que descargaban sacos de harina de las barcazas de la vega.

Allí, encajonada entre un almacén de jarcias y el tinglado de la aduana, se encontraba la mesa asignada por D'Aste.

No era más que un pesado tablón de roble sobre dos borriquetas, protegido del sol por un toldo de lona basta de barco.

Sobre la madera, un tablero de cuentas con fichas de latón, una balanza de precisión para el oro y el tintero de cuerno que Lucía gobernaba con dedos firmes.

Diego permanecía de pie al frente de la mesa, con los brazos cruzados sobre el jubón y los ojos atentos al flujo de la ribera.

Habían pasado tres meses desde su llegada y el sol del sur ya le había ennegrecido el rostro, pero su postura seguía siendo la de un factor castellano: vigilante, parco en palabras y rápido en el cálculo.

—Ahí viene la marea, Lucía —susurró Diego sin volverse .

Una salva de artillería retumbó desde el río, haciendo temblar los tinteros sobre la mesa.

No era una señal de guerra, sino de fortuna.

La nao San Cristóbal, un galeón de tres cubiertas procedente de las Indias Occidentales, acababa de doblar el recodo de San Juan de Aznalfarache y amarraba frente al Arenal.

Su arboladura, castigada por las tormentas del Atlántico, venía coronada por la bandera de la Casa de la Contratación.

De inmediato, el muelle se convirtió en un hervidero.

Marineros de piel quemada por la sal y ojos febriles saltaron a tierra cargando sus hatillos; detrás de ellos, los capataces de la aduana escoltaban los primeros carromatos cargados con barras de plata americana destinadas a las cajas del rey.

Pero la plata de la Corona iba directa al Alcázar; la fortuna que le interesaba a la compañía del Arlanzón era la que los oficiales, pilotos y marineros llevaban oculta en los bolsillos o en sus derechos de flete.

Un hombre robusto, con una enorme cicatriz en la mejilla y el jubón de cuero roído por la humedad del mar, se aproximó a la mesa. Dejó caer sobre el tablón un pesado envoltorio de lona aceitada.

—Busco cambio limpio y sin preguntas de la aduana mayor —dijo el marino, mirando con desconfianza a Diego—. Traigo setenta pesos de plata ensayada de las minas de La Española y una orden de cobro sobre un flete de cueros que está aún en las bodegas del galeón.

Diego tomó el envoltorio, desató la cuerda con dedos expertos y derramó las piezas de plata sobre el roble. Eran monedas toscas, mal acuñadas, pero el metal era puro. Miró de reojo a Lucía.

La joven no necesitó que le dijeran nada. Sus dedos ya movían las fichas de latón sobre el tablero de cuentas con una velocidad pasmosa. Sus ojos oscuros, fijos en las cifras que iba trazando en el papel, analizaban la conversión.

—La plata de las islas viene gravada con el quinto real de la Contratación, buen hombre —dijo Lucía, levantando la vista y sosteniendo la mirada del marinero con una serenidad que desarmaba su rudeza—.

Y la orden de flete sobre los cueros tiene un descuento del doce por ciento en las gradas de la Catedral porque el muelle está saturado y tardarán tres soles en descargar las bodegas.

Os podemos dar cuarenta y dos ducados en oro de cuño andaluz, contados aquí mismo, o cincuenta si aceptáis una letra girada sobre el almacén de provisiones de micer D'Aste.

El marinero parpadeó, sorprendido de escuchar un cálculo tan preciso y una voz tan firme de boca de una muchacha en mitad del Arenal. Miró a Diego, buscando la debilidad del trato, pero el factor se limitó a apoyar la mano sobre la mesa, cerca de las bolsas de cambio.

—La propuesta de mi hermana es la única justa que vais a encontrar hoy en la playa —sentenció Diego—. Los genoveses de la mayor os quitarán la mitad por no llevar el sello de la aduana de Sanlúcar. Decidíos. Hay tres naos más doblando el río y el oro no espera.

El hombre de mar maldijo entre dientes, pero la necesidad de gastar su soldada en las tabernas de Triana pudo más que la avaricia.

—Tomad la plata —gruñó—. Dadme el oro del rey y que el diablo se lleve los cueros.

Lucía contó las monedas de oro con un repique limpio sobre la madera.

El marinero las recogió, se ajustó el sombrero y se perdió entre el gentío del muelle.

Diego barrió las piezas de plata americana hacia el cajón oculto bajo el tablón.

El margen de la ganancia era soberbio; en una sola tarde habían ganado más de lo que un tendero de Medina ganaba en un mes de feria.

Al caer la tarde, cuando el sol se ocultaba tras los tejados de Triana y el Arenal empezaba a vaciarse de cargadores, Lucía repasó el libro de caja. El sudor le pegaba unos mechones de pelo a la frente y la tinta le había manchado los dedos, pero su rostro reflejaba una vitalidad nueva.

—Hoy hemos movido más de tres mil maravedís, Diego —susurró, cerrando el manual con un golpe sordo—. Si seguimos a este ritmo, antes del invierno podremos comprar nuestra propia participación en una carabela de cabotaje sin depender de las migajas del genovés.

Diego se acercó a ella y comenzó a recoger las borriquetas del toldo.

Al quedar a poca distancia, en la penumbra que empezaba a cubrir la mesa, la miró fijamente.

Había algo en la complicidad de aquellas jornadas, en la forma en que sus mentes se acoplaban sin necesidad de hablar, que iba más allá del puro negocio de la firma.

El luto por Samuel y el horror de Medina seguían ahí, como una cicatriz fría, pero el calor del sur y la ambición compartida estaban tejiendo un lazo distinto entre el factor y la hija de su antiguo señor.

—Lo estás haciendo mejor que los escribanos de la Contratación, Lucía —dijo Diego, y su voz sonó más baja de lo habitual—. Tu padre estaría orgulloso de ver cómo defiendes su sangre ante los lobos del puerto.