CAPITULO XXXII
La nueva firma
Cruzar el río Guadalquivir era cambiar de mundo.
El puente de barcas, una estructura flotante de maderos encadenados que unía Sevilla con la orilla oeste, se movía bajo el peso del carromato con un vaivén perezoso que hacía crujir los ejes.
Abajo, las aguas marrones y espesas del río arrastraban ramas, lamas y el reflejo de las cubiertas de las naos.
Al otro lado del puente, el perfil del Castillo de San Jorge —sede del tribunal de la Inquisición en el sur— recortaba sus torres oscuras contra el cielo, como un recordatorio permanente de que el peligro no se había quedado en Castilla; simplemente había cambiado de fortaleza.
Triana los recibió con calles sin empedrar, muros desconchados por las riadas y un bullicio más rudo y directo que el de la otra orilla.
Aquí no había sedas ni brocados; el barrio pertenecía a los calafates de manos ennegrecidas, a los alfareros cubiertos de arcilla gris, a los marineros que gastaban su soldada en las tabernas del muelle y a los conversos que buscaban la discreción de la periferia.
La casa de Francesco d’Aste estaba en una callejuela angosta, a espaldas de la iglesia de Santa Ana.
Era una construcción modesta de ladrillo y cal, con un zaguán de suelo de guijarros, un pozo de agua salobre en el patio interior y dos estancias altas donde el calor de la tarde se acumulaba como un vapor pesado.
Al fondo del corral, un cobertizo techado de cañas sirvió para resguardar a las sufridas mulas, que por fin pudieron soltar los arreos del viaje.
Clara de Ocaña se sentó en un banco de madera en el patio, dejando caer los hombros con un suspiro que le salió del alma. Limpió con su delantal el polvo acumulado en la barandilla de la escalera y miró a Lucía.
—Al menos aquí no se escuchan los gritos de los pregoneros del rey —susurró la anciana, buscando un hilo de aire fresco—. Que Dios bendiga al genovés por estas cuatro paredes, aunque sean de barro.
Mientras Clara descansaba, Diego y Lucía subieron a la estancia principal para desarmar el último secreto del viaje: un arcón de doble fondo donde, entre las mantas castellanas, Diego había logrado ocultar tres tinteros de cuerno, un fajo de papel de tina y unas plumas de ganso que rescató de la quiebra de Medina.
Lucía se sentó ante una mesa baja de pino, la única que amueblaba el cuarto. El sol del crepúsculo entraba por la ventana, tiñendo sus manos de un tono cobrizo. Tomó una pluma, probó el corte de la punta con la yema del pulgar y miró el papel en blanco.
—¿Qué nombre vamos a escribir en la primera guarda, Diego? —preguntó, con la pluma suspendida en el aire—. El genovés ha dicho que Abenazir es ceniza.
Diego se colocó a su lado, apoyando los brazos en el alféizar de la ventana, con los ojos fijos en las luces que empezaban a encenderse al otro lado del río, en el muelle del Arenal.
—Nos llamaremos la compañía del Arlanzón —sentenció él, evocando el río que cruzaba Burgos, la tierra de sus propios antepasados—.
Un río del norte. Frío, lejano y que a nadie en Sevilla le importará rastrear.
Yo seré Diego de Ocaña, factor principal, sobrino de Clara.
Y tú... tú serás mi hermana, Lucía de Ocaña.
En los registros de las gradas, los hermanos de los factores no necesitan presentar partidas de bautismo si el negocio está respaldado por un genovés.
Lucía asintió despacio. El cambio de nombre no le dolió; era el precio de la piel nueva que se estaba construyendo desde que cruzó Despeñaperros. Con un pulso firme y una caligrafía limpia, de trazo gótico mercantil, anotó en la cabecera del pliego:
En el nombre de Dios y de la buena ventura, libro de caja y manual de la compañía del Arlanzón, sita en la del Arenal de la ciudad de Sevilla. Año de nuestro Señor de 1534.
—Mañana bajaremos al Arenal —dijo Diego, tocando la llave de hierro que D'Aste le había entregado—.
El genovés nos ha asignado una de las mesas secundarias, cerca de la aduana del carbón.
Es un rincón estrecho, pero por allí pasa toda la plata sobrante de los marineros y los fletes de las barcazas que descargan el trigo de la vega.
—No vamos a quedarnos en las barcazas de trigo, Diego —dijo ella, levantando la vista con una ambición que a Diego le heló y le encendió la sangre a la vez—. Vamos a aprender cómo se compra el espacio en las naos de las Indias...
—Tendremos que buscar ese rincón junto a la aduana del carbón que mencionó D'Aste —dijo Diego, observando el pliego de papel timbrado que descansaba sobre la mesa de pino—. Si es verdad lo que dijo sobre la plata de los marineros y el trigo, esa mesa nos bastará para empezar.
Lucía cerró el tintero con un golpe seco. Miró sus dedos, limpios de la grasa del carro, pero listos para la tinta .
Diego la contempló en la penumbra del cuarto de Triana.
La luz de la luna empezaba a reflejarse en las aguas del Guadalquivir, uniendo las dos orillas con un puente de plata.
La firma del Arlanzón acababa de nacer en un barrio de alfareros, pero ambos sabían que sus cuentas no tardarían en cruzar el océano.