Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO XXXI
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CAPITULO XXXI

La palabra del genovés

El despacho de Francesco d'Aste olía a cera de abejas, a papel de Génova y al aroma alcanforado de las maderas de Indias.

Las paredes estaban cubiertas por anaqueles repletos de legajos atados con cintas de seda roja y, al fondo, un gran mapa del mar Océano mostraba las nuevas rutas de las carabelas con trazos de tinta dorada.

Sentado tras una mesa de nogal macizo, el genovés repasaba unas cartas de fletamento.

Vestía un brial de terciopelo azul prusia y unas finas lentes de montura de cuerno cabalgaban sobre su nariz aguileña.

En las esquinas de la estancia, varios cofres de caudales reforzados con bandas de acero y tres altos relojes de arena traídos de Flandes completaban la estampa de un hombre que controlaba el curso del tiempo y de la riqueza desde su fortaleza de piedra.

Diego permanecía de pie frente a él, flanqueado por los dos mozos de librea que le habían franqueado el paso de mala gana. No se había quitado el sombrero hasta cruzar el umbral, y su figura polvorienta contrastaba con la opulencia silenciosa de la estancia.

D'Aste levantó la vista despacio. Se quitó las lentes y contempló al joven factor con unos ojos grises, fríos y calculadores, acostumbrados a medir el crédito de un hombre por la calidad de sus puños de encaje .

—Mis mozos del portalón dicen que traes mucha prisa, muchacho, y que has estado a punto de llegar a las manos con ellos para que te franquearan el paso —dijo el genovés en un castellano fluido, aunque viciado por el acento de la Liguria—.

En Sevilla, la prisa es aliada de los malos pagadores y el descaro se paga caro. ¿Quién dices que te envía?

—Me envía la memoria de Samuel Abenazir, micer D'Aste —respondió Diego, manteniendo la voz firme y baja, consciente de que los mozos de la puerta escuchaban—.

Y no vengo a traer recados, sino a liquidar la participación que mi señor tenía en la nao Santa María de la Antigua, que según las cartas del puerto de Sanlúcar, dobló la barra el pasado mes con setenta quintales de palo de Brasil y tres cofres de perlas de Margarita.

El genovés no se movió, pero Diego notó cómo la comisura de sus labios se tensaba apenas una fracción de línea.

D'Aste hizo un leve gesto con la mano izquierda y los dos mozos de librea se retiraron en silencio, cerrando el pesado portalón de roble tras de sí.

El chasquido del cerrojo resonó en el despacho.

—La firma Abenazir ya no existe, muchacho —sentenció D'Aste, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando sus dedos enjoyados—.

El tribunal del Santo Oficio de Valladolid ha despachado requisitorias a todas las casas de contratación del reino.

Todo el papel de Samuel está embargado. Si yo tuviera alguna deuda con esa casa, que no la tengo, estaría obligado por ley a entregar los fondos al receptor de la Inquisición, no a un factor errante que huele a estiércol de caballo y a camino real.

Diego dio un paso adelante, apoyando las manos en el borde de la mesa de nogal.

Su rostro, curtido por el sol de La Mancha, quedó a poca distancia del comerciante.

Bajo sus palmas, la madera noble parecía vibrar con el peso del comercio transatlántico, pero el pulso del joven factor no tembló al sostener el desafío.

—Los inquisidores del norte tienen los libros de la Costanilla, micer, pero esos libros solo registran las lanas y los trigos de Castilla.

El trato de la Santa María de la Antigua se cerró en el zaguán de Medina con una entrega de dos mil ducados en oro acuñado en Florencia.

No hay asientos en las cajas del rey, ni pólizas firmadas ante escribano público.

Fue un pacto sobre vuestro honor, D'Aste.

Un honor que en las gradas de la Catedral de Sevilla vale tanto como vuestro crédito.

El genovés soltó una risa seca, desprovista de toda alegría.

—¿Me estás amenazando con el crédito, un muerto de hambre que no tiene dónde caerse muerto? Si doy la voz de alarma, los alguaciles del Castillo de San Jorge te tendrán en una mazmorra antes de que suene el ángelus.

—Si dais la voz de alarma —intervino una voz clara desde el fondo del zaguán.

La puerta lateral del despacho, que conectaba con la sala de espera, se abrió despacio.

Lucía entró en la estancia, con el rostro descubierto y los ojos encendidos por una determinación gélida.

Diego la miró de reojo, sorprendido; le había ordenado quedarse en la posada, pero la hija del cambista no había cruzado Sierra Morena para quedarse encerrada sobre un jergón de chinches.

—Si dais la voz de alarma, micer D'Aste —continuó Lucía, avanzando con un paso elegante que obligó al genovés a ponerse en pie por puro instinto cortesano—, tendréis que explicar a vuestros socios de la de Génova por qué la carabela San Francisco, que se encuentra ahora mismo cargando juncos y azúcar en las islas de Canaria, se financió con el oro que mi padre os envió desde Medina en las guardas de un devocionario.

Los Frescobaldi y los Grimaldi no son amigos de los socios que se quedan con el dinero de los huérfanos utilizando el nombre del Santo Oficio.

Francesco d'Aste se quedó mudo. Miró a la joven, reconociendo de inmediato el porte y la fijeza de la mirada de Samuel Abenazir en aquellos ojos oscuros.

La mención de la carabela de Canarias, un negocio ultrasecreto que solo él y Samuel conocían, fue el golpe definitivo a su resistencia.

En Sevilla, la sospecha de que un gran mercader se quedaba con fondos ajenos bajo el amparo de la Iglesia podía hundir sus contratos con los armadores en una sola mañana.

El genovés guardó silencio durante un largo pasaje, midiendo las fuerzas en juego. Finalmente, se relajó sobre su sillón de cuero y exhaló un suspiro espeso.

—Sois idéntica a vuestro padre, muchacha —dijo D'Aste, guardando las lentes en un estuche de terciopelo—.

Samuel sabía delegar su astucia, pero veo que también la dejó en herencia.

No os daré el oro de la nao, porque los oficiales de la Casa de la Contratación vigilan cada maravedí que sale de mis arcones.

Pero no soy hombre que falte a la palabra dada a un amigo que me salvó de la quiebra en las ferias del norte.

El comerciante abrió un cajón secreto de su mesa y extrajo una llave de hierro forjado y un pliego de papel timbrado.

—Tengo una casa pequeña en la otra orilla, en la colación de Santa Ana, en el barrio de Triana.

Está en la rúa de la Amargura; pertenecía a uno de mis capataces que murió de las fiebres el invierno pasado.

Nadie preguntará quién vive allí si yo pago la tasa municipal.

Y os daré doscientas monedas de plata andaluza y una mesa de cambio secundaria en el Arenal, bajo mi firma.

Está cerca de la aduana del carbón. Es un rincón estrecho, pero por allí pasa toda la plata sobrante de los marineros de las naos y los fletes de las barcazas que descargan el trigo de la vega.

Liquidaréis los contratos menores de los fletes de cabotaje.

Es todo lo que puedo hacer por vosotros sin que el fiscal del Santo Oficio empiece a oler mi ropa.

Diego recogió la llave y el papel con un movimiento rápido y certero. Miró al genovés, asintiendo con la cabeza en señal de tregua.

—Es suficiente, micer D'Aste. Con esa mesa nos basta para levantar de nuevo la firma.

—No la llaméis Abenazir, muchacho —advirtió el genovés, volviendo a tomar sus cartas de fletamento con frialdad—.

En Sevilla, ese nombre solo produce cenizas.

Buscaos un santo o un río del norte para tapar las cuentas.

Y ahora, salid por la puerta del patio. No quiero que los escribanos os vean la cara de nuevo en mi portalón.

Cuando Diego y Lucía salieron al callejón lateral, bajo el aire caliente de la tarde sevillana, el factor miró a la joven con una mezcla de reproche y admiración contenida.

El eco del bullicio del mercado del Salvador les llegaba amortiguado por los altos muros mudéjares, y el olor a azahar podrido del suelo parecía disiparse ante el tacto frío del hierro que Diego guardaba en su manga.

—Te ordené que no salieras de la posada —susurró, apretando la llave de la casa de Triana en su puño.

—Las deudas de mi padre se cobran con su apellido, Diego —respondió ella, ajustándose el embozo con una sonrisa levísima—. Vámonos a Triana. Tenemos una casa que limpiar y unos libros que abrir.