CAPITULO XXX
El laberinto de San Salvador
Sevilla no recibía a los forasteros con hospitalidad, sino que los engullía.
Cruzar la Puerta de la Macarena fue como arrojarse a un torrente de carretas, cargadores y ganado.
El aire en las murallas era una amalgama asfixiante de estiércol recalentado, aceite frito, brea y el aroma dulzón de las frutas americanas que se pudrían en las esquinas.
Diego guiaba las mulas con esfuerzo. Las calles se estrechaban tanto que los aleros casi se tocaban, hurtando la luz y convirtiendo el suelo en un lodazal oscuro donde las ruedas se atascaban.
Los pregones se mezclaban con los gritos de los ciegos y los insultos de los arrieros.
En aquella inmensidad, nadie miraba a nadie; todos parecían correr detrás de una moneda.
Tras dar mil rodeos, Diego encontró acomodo en una posada humilde de la rúa de los Belenes. Era un caserón con un patio central plagado de tinajas, pero ofrecía un establo cerrado para las mulas y un rincón discreto para Clara y Lucía.
—Quedaos aquí con el pestillo echado —les ordenó Diego, limpiándose el sudor—. Voy a buscar la colación de San Salvador. Si D'Aste sigue en el mismo sitio, regresaré antes de que cierren las tabernas. Si me demoro, no salgáis bajo ningún concepto .
Diego salió a pie, con la mano apoyada en el cuchillo oculto.
A medida que se aproximaba al centro comercial, cerca de las gradas de la Catedral, las casas de adobe daban paso a palacios de piedra con patios de mármol.
Los hombres ya no vestían sayas de paño castellano; vestían sedas de Granada, brocados de Venecia y portaban espadas que tintineaban contra el empedrado.
Diego llegó por fin a la plaza del Salvador.
Allí, donde los cambistas flamencos y los factores vizcaínos discutían sobre fletes bajo los soportales, se alzaba la casa de Francesco d'Aste.
Era un edificio de tres plantas, de fachada enjalbegada y portalón de roble, con el escudo de la familia genovesa esculpido en el dintel.
Dos mozos de librea custodiaban el paso de los escribanos que entraban y salían cargados con carpetas de pergamino.
Diego se detuvo, sintiendo el peso real de su audacia.
Ya no estaba en Medina, donde el nombre de Samuel Abenazir abría todas las puertas.
Aquí era solo un factor polvoriento, un huido del norte con las botas rotas, intentando reclamar una deuda de honor a uno de los hombres que financiaba el Nuevo Mundo.
Se ajustó el jubón, tragó el polvo que le resecaba la garganta y avanzó hacia el portalón con el paso firme del hombre que sabe que, detrás de él, ya no queda tierra firme a la que regresar.