Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO XXIX
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CAPITULO XXIX

Hacia Sevilla

El Guadalquivir se convirtió en su única brújula.

Conforme el carro dejaba atrás las tierras de Córdoba y se adentraba en la vega baja, el río ya no era un hilo de agua entre piedras, sino un gigante de fango y plata que se ensanchaba a cada legua, dominando el paisaje.

La fisonomía de la tierra cambió por completo: las colinas de olivos dieron paso a interminables campos de cultivo, marismas que reverberaban bajo el sol y dehesas donde el ganado pastaba en libertad.

El calor del sur los envolvió de lleno. Era un aire denso, casi sólido, que obligó a Clara y a Lucía a despojarse de los pesados mantos de lana castellana para cubrirse con paños más livianos.

El polvo del camino ya no era blanco y seco como el de la Mancha, sino una arena fina, de color albero, que se levantaba en grandes nubes al paso de las recuas de mulas y los pesados carros de bueyes que subían desde la costa.

El tráfico en el camino real se multiplicó de manera asombrosa.

Ya no cruzaban pastores de la Mesta o peregrinos aislados; aquello era una marea humana que fluía hacia la gran metrópoli del sur.

Frailes dominicos con las túnicas polvorientas, soldados que regresaban de las guarniciones de Italia, pícaros de ojos vivos que vigilaban los equipajes ajenos y, sobre todo, mercaderes.

Hombres que hablaban en dialectos de Génova, Venecia o Flandes, que cabalgaban sobre mulas ricamente enjaezadas y discutían a gritos sobre los fletes de las naos y el precio de las especias.

—Mira allí, Lucía —dijo Diego, señalando con la fusta hacia un grupo de jinetes que los adelantaba a gran velocidad.

Llevaban jubones de terciopelo oscuro, a la moda de Amberes, y cargaban con voluminosas carpetas de cuero atadas a las grupas de sus caballos.

—Esos son correos mayores —explicó el factor, sin apartar los ojos del camino—.

Llevan los despachos de las firmas del norte.

Cartas que anuncian qué barcos han doblado Sanlúcar y qué precio tiene el oro en las cajas de contratación.

En Sevilla, un papel de esos puede valer más que un cargamento de trigo si llega cinco minutos antes que los demás.

Lucía, sentada de nuevo en el pescante, asimilaba cada detalle. Sus ojos, antes acostumbrados a la sobria geometría de Medina del Campo, se abrían con fascinación ante aquella Babilonia en movimiento.

—¿Cómo sabremos a quién acudir al llegar, Diego? —preguntó en voz baja—. Mi padre me habló de los ilustres hombres de la Casa de la Contratación, pero Sevilla es inmensa. Nos perderemos en sus calles antes de encontrar un techo.

—No nos perderemos —respondió Diego con una seguridad que rayaba en la terquedad—.

Tu padre tenía un corresponsal en la colación de San Salvador.

Un genovés llamado Francesco d'Aste. No figura en los libros que se llevó el Santo Oficio porque Samuel le prestaba dinero a título personal para armar carabelas hacia las islas de las Especias.

Si D'Aste sigue vivo y sus barcos han regresado, nos debe la mitad de su fortuna.

Y si no... buscaremos otra puerta. En Sevilla a menudo hay una puerta abierta para quien sabe contar maravedís.

Al caer la tarde del decimoquinto día de viaje, el aire empezó a oler a sal, a alquitrán, a canela y a fruta podrida. Era el olor del puerto del mundo.

Y entonces, tras coronar una suave loma de olivar, la vieron.

Sevilla emergió de la llanura como una montaña de piedra, ladrillo y cal, cercada por unas murallas almorávides que parecían no tener fin.

Sobre el mar de tejados y azoteas se elevaba, imponente y colosal, la silueta de la Magna Hispalensis, la catedral gótica cuya torre principal, el antiguo alminar almohade, cortaba el cielo dorado de la tarde como un desafío.

A sus pies, el río Guadalquivir se retorcía en un abrazo de agua fangosa, flanqueado por la Torre del Oro y poblado por un bosque flotante de mástiles, jarcias y banderas de todas las naciones del orbe.

Cientos de naos, carracas y carabelas cabeceaban sobre el agua, mientras las barcazas de carga iban y venían de los muelles como hormigas.

El bullicio de la ciudad llegaba hasta los extramuros como un rugido sordo, un trueno constante de voces, martillazos de los astilleros, relinchos y pregones.

Clara de Ocaña se asomó entre las lonas del carro, con los ojos empañados por las lágrimas. Se santiguó tres veces, no por el miedo que la había acompañado desde Medina, sino por la pura conmoción de haber sobrevivido a la distancia.

—Dios nos valga —susurró la anciana—. Esto no parece un reino de cristianos, hijo. Parece el fin del mundo.

—No es el final del mundo, madre —dijo Diego, deteniendo las mulas un instante para contemplar la inmensidad de la urbe. Su mano derecha se relajó sobre las riendas, y por primera vez en semanas, el peso del cuchillo en su jubón no le pareció una defensa, sino una herramienta más—. Es el principio.

Diego chasqueó la lengua y las mulas iniciaron el descenso final hacia la Puerta de la Macarena.

El carromato maltrecho, cubierto por el polvo de tres reinos, se dispuso a fundirse con la corriente humana que entraba en la ciudad de la plata.

Detrás quedaba el fuego de Medina, los muertos sin sepultura y la sombra de la Inquisición; frente a ellos, el Guadalquivir abría sus brazos hacia un mar de posibilidades donde todo, incluso el nombre de los Abenazir, estaba por volver a escribirse.