CAPITULO XXVIII
El valle del Guadalquivir
La bajada de la sierra fue como despertar de una larga pesadilla de piedra.
Conforme el carro devoraba las leguas hacia el sur, el aire se despojaba de la rigidez cortante de la meseta manchega, volviéndose espeso, cálido y cargado de un olor nuevo: la fragancia aceitosa de los olivares que comenzaban a alinearse en las lomas y la humedad lejana del río.
La luz de Andalucía los recibió con una intensidad que cegaba los ojos acostumbrados a las sombras de las noches de vigilia en los caminos.
Aquel calor temprano, pastoso y extraño para los hijos del norte, se les pegaba a la frente como una advertencia de que las reglas de la meseta ya no regían en este confín de la Corona.
Al mediodía del undécimo día desde que dejaron Medina, las mulas, exhaustas y con los cascos agrietados por las piedras del puerto, se detuvieron ante la silueta de Córdoba.
La ciudad se extendía a lo largo de la orilla del Guadalquivir, un laberinto de muros enjalbegados de cal, torres mudéjares y tejados rojizos que reverberaban bajo el sol.
Diego no intentó cruzar el imponente puente romano ni adentrarse en el corazón de la judería vieja, ahora vacía y repoblada; buscó el bullicio de los barrios bajos, la zona de las Albolafias y las rúa de los curtidores, donde el trasiego de arrieros, barqueros y tratantes de ganado hacía que un carromato maltrecho pasara completamente desapercibido .
Aparcaron el carro en el corralón de una posada de mala muerte cerca de la Puerta de Andújar.
El patio bullía con el vocerío de los trajinantes que descargaban pellejos de vino y los juramentos de los mozos de cuadra, un caos perfecto para ocultar su procedencia.
Mientras Clara se quedaba en el interior frotando con un paño húmedo los pies hinchados de Lucía, Diego se dispuso a hacer el primer movimiento financiero de su nueva existencia.
No podían presentarse en Sevilla con las mulas reventadas y el eje del carro a punto de ceder; necesitaban provisiones frescas y, sobre todo, cambiar la poca plata castellana que les quedaba por moneda corriente de Andalucía sin levantar las sospechas de los cambistas locales.
—Acompáñame —le dijo Diego a Lucía, que se disponía a descansar sobre una manta—. En Medina veías el dinero cuando ya estaba anotado en el papel. Aquí vas a ver cómo se arranca de las manos de quien no quiere soltarlo.
Lucía se cubrió de nuevo con el manto, pero esta vez no lo hizo por miedo, sino para imitar la discreción de Diego.
Caminaron por las calles estrechas de Córdoba, donde las paredes altas de las casas apenas dejaban pasar un hilo de sol, manteniendo el suelo en una penumbra fresca.
El rumor de la ciudad era distinto al del norte: más ruidoso, más cantarín, impregnado de voces que arrastraban las palabras y de un constante repicar de campanas que llamaban a oración desde las antiguas mezquitas convertidas en iglesias.
Diego se detuvo ante la fachada de una tienda de cordobanes y corambres.
En el zaguán, un hombre gordo, con las manos teñidas de negro por el légamo de las pieles y un brial de seda deslucido, repasaba unas cuentas en una tablilla de cera.
Era Alonso de Baena, un factor de comercio que en otros tiempos había enviado cueros a las ferias de Medina a través de la firma Abenazir .
—Dios guarde a los buenos negociantes —dijo Diego, cruzando el umbral con paso firme.
El hombre levantó la vista, molesto por la interrupción. Sus ojos pequeños y astutos recorrieron las ropas polvorientas de Diego y se detuvieron un instante de más en la presencia silenciosa de Lucía.
—No busco mozos de cuerda ni compro saldos de camino —gruñó Baena, volviendo a su tablilla—. Si traéis mantas o ropa vieja, id al baratillo de la Cruz Verde.
—No traigo ropa vieja, micer Baena —respondió Diego, dando un paso adelante y bajándose el embozo lo justo para que el mercader pudiera verle la cara—.
Traigo recuerdos de la feria de mayo del año pasado.
De cuando setenta fardos de cordobán de primera calidad salieron de este zaguán hacia el norte sin que su dueño hubiera pagado la sisa real de la aduana de Toledo.
El mercader de pieles se quedó inmóvil. La tablilla de cera resbaló ligeramente entre sus dedos callosos. Miró a Diego con una fijeza que mudó de la molestia al reconocimiento y, de ahí, a un temor sordo que intentó enmascarar con una falsa sonrisa.
—Tú... tú eres el factor de Samuel —susurró Baena, bajando la voz y mirando con nerviosismo hacia la calle—. El muchacho que llevaba los libros. Escuché lo que ocurrió en Medina... El Santo Oficio... Las hogueras... ¿Qué haces aquí? Si te ven conmigo...
—Si me ven contigo, tendrás que explicar a los alguaciles del rey por qué la mitad de tus ganancias no figuran en los registros de la gobernación —sentenció Diego con una frialdad que hizo que Lucía diera un respingo imperceptible—.
No vengo a pedirte caridad, Baena. Vengo a liquidar el descubierto que tenías con mi señor.
Ochocientos maravedís de los portes de Flandes.
—¡Esa deuda quedó cancelada cuando el Santo Oficio confiscó los bienes de los Abenazir! —reclamó el curtidor, apretando los dientes—. Todo lo que Samuel poseía pertenece ahora al fisco de la Inquisición. Yo no os debo nada.
Lucía dio un paso al frente de forma espontánea, colocándose al lado de Diego. La indignación por la memoria de su padre le otorgó una seguridad que no sabía que poseía.
—El Santo Oficio confiscó los arcones y los libros de Medina, señor Baena —dijo la joven, con una voz clara que resonó en el zaguán desierto—.
Pero la saca de lana que se envió a Bilbao para pagar vuestro descubierto en Amberes se hizo con un documento privado que mi padre guardaba en su memoria.
Y esa memoria está ahora aquí. Si mi padre hubiera querido que el dinero fuera para los inquisidores, habría dejado el papel sobre la mesa.
Pero os lo fío a vos. ¿Vais a ser vos más ladrón que los que lo quemaron?
Alonso de Baena miró a la muchacha. La dignidad con la que hablaba, la fijeza de sus ojos oscuros que recordaban tanto a los de Samuel y la presencia amenazante de Diego, que mantenía el peso del cuerpo sobre la pierna derecha, cerca de la saya, terminaron por quebrar su resistencia.
En el mundo de los negocios de la época, la delación era un arma de doble filo; si denunciaba a los huidos, los libros ocultos de la firma podrían salir a la luz, arruinando su propia casa.
El miedo a terminar en un calabozo o arruinado por una investigación de la hacienda real pesaba mucho más que unas cuantas monedas.
El curtidor soltó un suspiro largo, cargado de derrota.
Se volvió hacia el interior de la tienda, abrió un pequeño cofre oculto tras unas pieles de zalea y extrajo una bolsa de cuero pesado.
Contó varias monedas de plata de cuño andaluz y un par de excelentes de oro, depositándolas sobre la mesa con evidente dolor.
—Tomad —dijo, sin mirarles a los ojos—. Esto es todo lo que puedo daros sin que el cajero de la aduana note la falta. No volváis por aquí. Para mí, la firma Abenazir murió en el quemadero de Medina.
—La firma está más viva de lo que piensas, Baena —respondió Diego, recogiendo las monedas con destreza y metiéndolas en su jubón—. Solo ha cambiado de clima.
Salieron a la calle cuando el sol de la tarde empezaba a dorar las torres de la Mezquita. El peso del metal en el pecho de Diego les daba una seguridad que no habían tenido en todo el viaje. Ya no eran mendigos huyendo del fuego; volvían a ser negociantes.
Mientras regresaban al corralón de la posada para revisar el eje del carro con los carpinteros locales, Lucía caminaba al lado de Diego, con el rostro alto.
—Lo has hecho bien —dijo ella en voz baja.
—Lo hemos hecho bien —corrigió Diego, mirándola de reojo con un destello de orgullo—.
Le has recordado quién era tu padre. En Sevilla nos encontraremos con hombres más grandes y más peligrosos que Baena, Lucía.
Allí las deudas no se cobran con amenazas de alguaciles, sino con barcos que llegan de las Indias y letras que cruzan el mar. Tienes que estar lista.
—Lo estoy —respondió ella, apretando el paso.
Dos días después, con el carro reparado, las mulas alimentadas con buena cebada y el estómago lleno de pan blanco, los tres viajeros cruzaban las últimas huertas de Córdoba.
El camino seguía el curso descendente del gran río, una línea de plata que los guiaba de forma inevitable hacia la gran Babilonia del sur.
Sevilla estaba ya a pocas jornadas de distancia, y por primera vez en todo el trayecto, el miedo al pasado empezaba a ser derrotado por la ambición del futuro.