CAPITULO XXVII
El paso de Despeñaperros
La llanura se rompió en mil pedazos al llegar a los pies de Sierra Morena.
La tierra, que hasta entonces había sido una línea recta de rastrojos, se elevó en crestas de pizarra oscura, riscos cubiertos de jara y desfiladeros sombríos donde el viento de la tarde silbaba con un eco que parecía una advertencia.
El camino real se transformó en una vereda pedregosa, estrecha y empinada, que bordeaba abismos de vértigo.
Era el paso de Despeñaperros, la frontera natural que dividía el reino de Castilla de las tierras del sur; un territorio de nadie, deshabitado y temido por todo aquel que se viera obligado a cruzarlo.
Las mulas sufrían. Sus pezuñas resbalaban en las lajas de piedra suelta y el eje del carro crujía a cada vuelta, amenazando con astillarse en mitad de la subida.
Diego ya no caminaba al lado del pescante; iba delante, asiendo el ramal de la mula de guía con ambas manos, tirando del animal con el peso de su propio cuerpo y animándolo con maldiciones apagadas.
El esfuerzo le hacía sudar a pesar del aire frío que bajaba de las cumbres.
—¡Arriba! —gruñía Diego, sintiendo cómo las ruedas se encajaban en los baches—. ¡No os paréis ahora!
En el fondo del carromato, Clara y Lucía se sujetaban a los costados de madera para no ser despedidas por las brutales sacudidas.
El paisaje que se divisaba por los costados daba la medida del peligro: paredes de roca viva que se elevaban hacia un cielo encajonado y, al otro lado, caídas verticales donde la vegetación se espesaba en un fondo oscuro que el sol apenas lograba iluminar.
En las pocas ventas de la llanura habían escuchado historias suficientes sobre el paso: monjes desvalijados, mercaderes que nunca llegaron a Córdoba y bandoleros que cobraban el portazgo con la punta del cuchillo.
Al doblar un recodo especialmente cerrado, donde el camino se estrechaba entre una roca saliente y el vacío, la mula rezagada dio un paso en falso.
El animal flaqueó de las patas traseras y el carro se inclinó peligrosamente hacia el abismo, frenado en seco por un golpe violento del eje contra un saliente de piedra.
El crujido de la madera alarmó a las mujeres.
—¡Diego! —gritó Lucía, asomándose entre las lonas con el rostro demudado por el pánico.
—¡Atrás! —ordenó el factor, clavando los pies en el suelo de piedra—. ¡No os mováis!
Diego soltó el ramal, corrió hacia la rueda trasera que amenazaba con ceder y apoyó la espalda contra la caja del carro, empujando con todas sus fuerzas para hacer contrapeso mientras las mulas, asustadas, tiraban en falso.
El músculo de sus piernas temblaba por la tensión.
Durante unos segundos que parecieron eternos, el carromato osciló en el filo del desfiladero.
Por fin, con un último esfuerzo de los animales, el carro avanzó dos varas, asentándose de nuevo en el centro de la vereda.
Diego se quedó apoyado contra la piedra de la pared, jadeando, con las manos ensangrentadas por el roce de la madera basta. Miró hacia abajo. Varias piedras desprendidas por la rueda seguían cayendo por el barranco, golpeando los salientes hasta perderse de vista en el fondo del barranco.
No había tiempo para descansar. El sol comenzaba a ocultarse tras las cumbres y la oscuridad en Sierra Morena era una sentencia de muerte.
—Hay que ganar el alto antes de que cierre la noche —dijo Diego, subiendo al pescante con las manos doloridas y tomando las riendas con firmeza—. Si nos quedamos varados en este recodo, no necesitaremos que nos busque la Inquisición; nos encontrarán los lobos o los hombres de la sierra.
El carromato reanudó la marcha en mitad de una penumbra densa que lo iba tiñendo todo de violeta y negro.
El silencio de la montaña estaba lleno de ruidos extraños: el crujido de las ramas secas en la espesura de las jaras, el batir de las alas de algún ave nocturna y un rumor sordo, lejano, que Diego no lograba identificar.
A dos leguas de la cumbre, la silueta de una edificación de piedra baja se recortó contra el cielo incierto.
Era una venta de montaña, solitaria y desvencijada, de cuyas chimeneas no salía humo.
Diego detuvo las mulas a una distancia prudencial.
Las ventanas estaban oscuras, pero en el corral trasero se escuchaba el piafar de un caballo de tiro.
—Diego —susurró Clara desde el fondo, tirando de su sayo—. No me gusta este sitio. Huele a mala hora.
—No tenemos opción, madre —respondió él en el mismo tono, deslizando la mano hacia el cuchillo que llevaba oculto—.
La herradura de la mula guía se ha aflojado con el golpe y el eje está tocado.
Si seguimos a oscuras, el carro volcará en la próxima bajada.
Quedaos dentro. Pase lo que pase, no habléis .
Diego bajó del carro sin hacer ruido, pisando las piedras con cuidado. Caminó hacia la puerta de la venta, que permanecía entornada, dejando ver un zaguán sumido en las sombras donde parpadeaba la luz moribunda de un candil de sebo. El olor a vino agrio y a grasa rancia flotaba en el ambiente.
Al dar el primer paso en el interior, una figura se levantó de un banco de madera en la esquina más oscura.
Era un hombre robusto, envuelto en un capote de paño pardo raído, con una barba descuidada que le tapaba media cara y los ojos hundidos.
En la cintura llevaba un cuchillo de montería bien visible.
—Tarde viajan los mercaderes por los puertos —dijo el ventero con una voz cavernosa, mirando a Diego de arriba abajo, deteniéndose en sus manos heridas—. ¿Qué trae el carro que tanta prisa requiere para cruzar Despeñaperros con la noche encima?
—Traigo enseres de una viuda y tres bocas cansadas —respondió Diego con voz firme, manteniendo la distancia y sosteniendo la mirada del hombre—.
Venimos de Madrid y vamos hacia el sur. Pago por un rincón en el corral para los animales y un jergón de paja para las mujeres. No busco conversación ni preguntas.
El ventero soltó una carcajada seca, que sonó como el crujido de una tabla. Se acercó un paso más, lo suficiente para que Diego notara el vaho alcohólico de su aliento.
—En esta sierra, las preguntas valen dinero, muchacho.
Y los secretos, más todavía. Los alguaciles de la Santa Hermandad pasaron por aquí hace dos soles, buscando a unos falsarios que huían del norte.
Dijeron que pagaban bien por cualquier noticia de carromatos que viajaran sin escolta de arrieros .
A Diego se le heló la sangre, pero no permitió que un solo músculo de su rostro delatara el impacto.
Su mano derecha se cerró alrededor del cabo de madera de su cuchillo, bajo el jubón, calculando el espacio entre él y el ventero.
Sabía que si el hombre daba la voz de alarma, habría otros dentro de la casa.
En ese instante, se escuchó un ruido de pasos ligeros en el zaguán. Lucía entró en la venta, con el manto bajado hasta los hombros, mostrando el rostro pálido pero firme, sosteniendo en alto la medalla cristiana que Beatriz le había entregado en Medina.
—Mi esposo dice la verdad, buen hombre —intervino ella con una serenidad pasmosa que sorprendió al propio Diego—.
Vamos al entierro de mi suegro en Córdoba, un buen cristiano viejo de la colación de San Nicolás.
Si los hombres de la Hermandad buscan falsarios, que los busquen entre los que no pueden mostrar la fe de sus padres. Aquí tiene la tasa por el corral.
Lucía dio un paso al frente y dejó caer tres monedas de plata sobre la mesa de madera labrada.
El sonido del metal precioso cortó la tensión del aire.
El ventero miró las monedas, luego la medalla que Lucía sostenía entre los dedos y, finalmente, la fijeza de los ojos de Diego, que seguía con la mano oculta en la saya.
El hombre de la sierra guardó silencio un instante, evaluando el riesgo de un enfrentamiento con un joven que parecía dispuesto a matar y la ganancia inmediata de la plata. Finalmente, con un gesto de desdén, barrió las monedas con su mano callosa y las metió en el bolsillo del capote.
—El corral está al fondo —gruñó, volviéndose hacia el candil—. Asegurad bien las mulas si no queréis que se las lleven antes del alba. Y no hagáis ruido. A los huéspedes de esta casa no les gusta que los despierten.
Diego no esperó a que cambiara de opinión.
Tomó a Lucía del brazo con firmeza, pero sin brusquedad, y la empujó de vuelta hacia la salida.
Cuando estuvieron bajo el cielo estrellado de la sierra, junto al tiro de las mulas, el factor la miró a los ojos con una mezcla de reproche y admiración contenida.
—Te dije que te quedaras en el carro —susurró, con la voz temblorosa por la adrenalina.
—Habrías usado el cuchillo, Diego —respondió ella, y por primera vez su voz no tembló—. Y tu madre y yo no sabemos guiar las mulas por los barrancos si a ti te matan en una venta. Has dicho que las cifras son armas; la mentira también lo es. Tu firma me pertenece ahora.
Diego la contempló en la penumbra del corral de la venta. La muchacha asustada que lloraba hacia dentro en las noches de la Mancha se había quedado atrás, sepultada en alguna parte del desfiladero de Despeñaperros. Frente a él estaba la digna heredera de la astucia de Samuel Abenazir.
Esa noche no durmieron. Diego reparó la herradura de la mula de guía a tientas, utilizando el cabo del puñal como martillo, mientras Lucía vigilaba la puerta del corral con los ojos bien abiertos.
Cuando las primeras luces grises de la mañana empezaron a recortar las cumbres de Sierra Morena, el carro ya estaba de nuevo en marcha, descendiendo por las laderas del sur.
Frente a ellos, el aire empezó a cambiar, perdiendo la rigidez de la meseta y trayendo un aroma nuevo a olivo, a tierra caliente y a río. El gran obstáculo físico había quedado atrás. Andalucía se abría a sus pies como un tapiz de luz.