CAPITULO XXVI
El polvo de La Mancha
La llanura manchega no ofrecía esquinas donde esconderse.
Era un horizonte de tierra parda y rastrojos secos que parecía repetirse infinitamente bajo un cielo de plomo, donde las distancias engañaban al ojo y el viento soplaba sin encontrar obstáculos.
Atrás habían quedado las vegas del Manzanares y el perfil amurallado de Toledo; frente a ellos, el camino real hacia el sur se abría como una zanja de polvo blanco que se pegaba a los belfos de las mulas y obligaba a los viajeros a cubrirse el rostro con embozos de paño basto.
El paisaje estaba jalonado por la silueta lejana de algún hato de ovejas trashumantes y las siluetas de piedra de las viejas fortalezas de las órdenes militares, mudos testigos del paso de los siglos en mitad de aquella inmensidad desolada.
Diego caminaba al lado del carro, con la mano izquierda apoyada en la madera del pescante y el sombrero calado hasta las cejas.
Sus botas, curtidas en los suelos empedrados de Medina, estaban ya cubiertas de una costra de barro seco y polvo.
El cansancio no se le notaba en las piernas, sino en la fijeza de la mirada.
Cada jinete que recortaba el horizonte, cada carreta de bueyes que se aproximaba en sentido contrario, era un problema matemático que Diego debía resolver antes de cruzarse con él: medir el paso, evaluar las armas, calibrar la mirada .
En el interior del carro, el silencio se había convertido en la única moneda de cambio.
Clara de Ocaña dormitaba a ratos, con la cabeza apoyada en un fardo de mantas, sosteniendo entre sus manos el rosario de madera cuyas cuentas pasaba con la yema de los dedos, no por devoción visible, sino por la pura necesidad de mantener un ritmo en mitad de la fatiga.
Las pocas pertenencias que habían logrado rescatar de la codicia de los secuestradores eclesiásticos traqueteaban en el fondo de las tablas con un tintineo metálico y sordo que acompasaba la marcha.
A su lado, Lucía observaba el suelo del carro. Ya no tenía la mirada perdida de las primeras jornadas. El traqueteo constante del eje y la dureza del frío le habían secado la piel, pero también la fragilidad.
—Lucía —dijo Diego, sin volverse, manteniendo los ojos en las orejas de la mula de guía—. Sube al pescante.
La joven tardó un instante en reaccionar. Miró a Clara, que asintió con un levísimo movimiento de cabeza, y se deslizó con cuidado hasta sentarse en el banco de madera, al lado de Diego. El aire allí delante era más espeso, cargado con el olor a cuero sudado de los animales.
—No dejes que los ojos se te duerman en las tablas —continuó Diego, entregándole las riendas de la mula rezagada—. El camino es largo y la mente necesita ocupación para no volverse hacia lo que dejamos atrás. Vamos a repasar el haber de los corresponsales.
Lucía le miró de reojo, sorprendida bajo el embozo de su manto.
—¿Aquí? ¿En mitad de la nada ?
—La Inquisición nos ha quitado los libros, las llaves y la tinta —respondió Diego con voz baja, apenas un murmullo que se ahogaba en el chirrido de las ruedas—.
Pero tu padre no guardaba su fortuna en los arcones de la Plaza Mayor.
El verdadero valor de la firma Abenazir está en lo que los hombres se deben entre sí.
Si morimos nosotros, muere la deuda. Empieza por el norte.
Juan Deza, mercader de paños en Segovia.
Lucía tragó saliva. La mención de los negocios de su padre le trajo un eco de la infancia, de las tardes en que se sentaba a la sombra de las mesas de contabilidad mientras Samuel dictaba las liquidaciones.
Aquel dictado mental requería un esfuerzo inmenso, pues debía evocar las complejas anotaciones que realizaban en los gruesos libros de lomo encarnado.
—Juan Deza —repitió ella, entornando los ojos para buscar en la memoria—. Dos mil quinientos sueldos de la feria de mayo. Pagaderos en el mercado de San Andrés.
—No —corrigió Diego con firmeza, sin mirarla—.
Eran tres mil doscientos. Los quinientos correspondían a una letra girada sobre un cambista de Burgos que quebró en Navidad.
Tu padre asumió el descubierto para no dañar el crédito de Deza.
Eso nos convierte en sus acreedores principales.
Si Deza quiere seguir recibiendo lana del norte, tendrá que liquidar con nosotros en el sur. ¿Quién sigue?
—Los hermanos Grimaldi, en la de Génova —continuó Lucía, carraspeando para aclarar la garganta reseca por el polvo—. Cuatro mil ducados en oro, depositados en las cajas de cambio de Amberes.
—Esos fondos están bajo secuestro por el Santo Oficio —sentenció Diego, y su mano se apretó inconscientemente alrededor de la fusta—.
El receptor de Valladolid ya habrá despachado cartas para embargar las cuentas de Amberes.
Olvida Flandes. El dinero que está en manos del rey o de la Iglesia ya no es nuestro.
Busca lo que no figura en los registros oficiales.
Lo que Samuel anotaba en las guardas de los devocionarios.
Lucía guardó silencio durante un buen tramo, midiendo el avance de las mulas. El sol de la tarde empezaba a caer, alargando las sombras del carro sobre los rastrojos de la Mancha.
—La compañía de los Frescobaldi —dijo por fin, y esta vez su voz sonó más segura—.
Seiscientas varas de cordellate fino, entregadas en los muelles de Bilbao.
No hay papel firmado, Diego. Fue un trato de palabra, sellado con un apretón de manos en el zaguán de nuestra casa, ante los testigos de la Mesta.
Diego esbozó una levísima sonrisa que desapareció de inmediato tras el embozo.
—Eso es. Un trato de honor entre caballeros florentinos.
Los Frescobaldi no querrán que en las plazas de Amberes o de Florencia se corra la voz de que han faltado a la palabra dada a un cambista difunto.
Cuando lleguemos al sur, esa deuda se convertirá en nuestra primera mesa de cambio.
Tu padre te enseñó a leer los números, Lucía; yo te voy a enseñar a usarlos como armas.
El ejercicio continuó mientras el sol se hundía en el horizonte manchego, tiñendo la llanura de un color rojizo que recordaba, de forma inevitable y dolorosa, al fuego que lo había iniciado todo.
Nombres, cifras, tasas de interés y rutas de transporte se cruzaron entre el joven factor y la hija del cambista.
El camino ya no era solo una vía de escape; se estaba convirtiendo en el primer libro de contabilidad de su nueva vida .
Al caer la noche, el aire se volvió gélido con esa rapidez brutal de las tierras altas.
Diego detuvo el carro en el ensanche de una cañada real, lejos de las luces de una venta cercana de la que los herederos del polvo preferían mantenerse apartados.
El eco de unas risas de arrieros y el ladrido de unos perros cansados llegaban atenuados por la distancia.
Atravesaron el carro para protegerse del viento del norte, encendieron una fogata minúscula con unas pocas ramas de sarmiento y compartieron en silencio unas costras de pan duro y un trago de vino rancio que Clara había guardado con celo.
Lucía se sentó junto a la rueda, arropada en su manta hasta la barbilla. Miró a Diego, que afilaba con una piedra pequeña la punta de su cuchillo bajo la luz de las brasas.
—Hoy he recordado el olor de la tinta en el despacho de mi padre —susurró la joven, mirando el fuego—. Hacía semanas que solo olía a humo.
Diego guardó el cuchillo en la vaina de cuero, con un golpe seco.
—El humo se lo lleva el viento de la Mancha, Lucía —respondió él, fijando sus ojos claros en los de ella—. Las cifras, no. Mañana repasaremos los corresponsales de Sevilla. Duerme.
Mientras las dos mujeres se acomodaban en el fondo del carromato, Diego se situó en la penumbra, de espaldas a las brasas y de cara a la inmensidad de la noche manchega.
El viaje era un desgaste lento, una lija que les iba quitando el pasado capa a capa.
Los animales resoplaban cansados en la oscuridad, masticando el escaso ramaje mientras el frío de la meseta se colaba entre los pliegues de sus ropas de viaje.
Pero allí, en mitad de la nada, la semilla de la firma Abenazir seguía respirando en la memoria de sus dos últimos custodios.