Cenizas en la noche de San Juan (Código Cruces 2) CAPÍTULO 26 — EL NACIMIENTO EN CRUCES Y LA PRIMAVERA ETERNA DE LAS ENCARTACIONES (EPÍLOGO MONUMENTAL)
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CAPÍTULO 26 — EL NACIMIENTO EN CRUCES Y LA PRIMAVERA ETERNA DE LAS ENCARTACIONES (EPÍLOGO MONUMENTAL)

Pesó tres kilos y ochocientos gramos, con una salud impecable y unos pulmones vigorosos cuyo primer llanto llenó la estancia de una emoción sagrada.

El cabo de bomberos Jon Ander 'Korta' Cortázar , con bata quirúrgica y lágrimas resbalando por sus mejillas, cortó el cordón umbilical con pulso firme y emocionado.

Colocaron al recién nacido sobre el pecho desnudo de la doctora Leire Arregi , quien lo abrazó con un amor desbordante, besando su frente húmeda y sus cabellos negros.

Jon Ander envolvió a ambos con sus brazos gigantescos y protectores, apoyando su frente contra la de Leire en un instante eterno de gratitud infinita.

—Míralo, Leire... Es perfecto. Es la vida entera renacida en nuestras manos.

—Tiene tus ojos y tu fuerza, Jon Ander. Es nuestro milagro y nuestro futuro.

En el pasillo exterior de la planta de maternidad, don Imanol, doña Begoña y los compañeros de guardia del GRT de Miribilla recibieron la noticia con vítores y abrazos de fiesta mayor.

Tres días después, el veintisiete de mayo, Jon Ander y Leire regresaron con Markel en brazos al caserío Arregi-Enea en Galdames.

El valle resplandecía con un verdor esmeralda exuberante: los hayedos, robledales y castañales plantados tras el incendio cubrían las laderas del monte Kolitza con miles de brotes tiernos.

Don Imanol colocó a su nieto en la cuna tallada en madera de roble centenario que él mismo había forjado y ensamblado durante el invierno.

El párroco don Xabier asperjó agua bendita del manantial de San Pedro sobre la cuna, bendiciendo al primogénito del caserío.

— «Que la bendición de la tierra, la nobleza de este roble y el fuego de la justicia guíen siempre los pasos de Markel Imanol en este valle bendito» .

Toda la comarca encartada desfiló por la portalada de la casa para entregar cestas de frutas, mantas de lana virgen y quesos curados a la nueva familia.

A las seis de la tarde, cuando la brisa tibia de primavera bajaba de las cumbres, Jon Ander llevó a su hijo en el fular portabebés pegado a su pecho, caminando junto a Leire hasta el roble que habían plantado juntos tras la tragedia.

El árbol joven había crecido más de medio metro, con un tronco robusto y hojas de un verde brillante que mecían los rayos dorados del ocaso.

Jon Ander alzó a Markel con cuidado, permitiendo que sus diminutos dedos rozaran la corteza viva del roble.

—Esta es tu tierra, hijo mío. Estas son tus montañas y tus raíces.

Leire abrazó a su esposo por la cintura, contemplando el horizonte infinito de Las Encartaciones en absoluta paz.

—Las cenizas se han convertido en vida eterna, Jon Ander. Nuestro amor ha vencido a la muerte para siempre.

A las ocho de la noche, se sirvió una cena íntima en el salón noble de Arregi-Enea .

Doña Begoña preparó una gran cazuela de sopa de pescado del Cantábrico con merluza y langostinos, acompañada de chuletillas de cordero al sarmiento, queso Idiazábal y cuajada fresca con miel de brezo.

Don Imanol descorchó una botella de txakoli de Zalla de la cosecha especial guardada para el nacimiento del heredero.

—Brindo por Markel Imanol, el nuevo roble de este caserío.

—Brindo por Leire y Jon Ander, que nos han enseñado lo que significa la lealtad, la valentía y el amor verdadero.

—Y brindo por todos los que cuidan de nuestra tierra desde el cielo y desde la tierra. ¡Salud y vida eterna!

Los cristales de las copas tintinearon en un brindis cargado de emoción, sonrisas y lágrimas felices.

A las once de la noche, con Markel durmiendo plácidamente en su moisés junto a la cama, Korta y Leire se acostaron en su lecho de lino blanco.

La brisa de mayo entraba por el ventanal abierto, trayendo el perfume a tierra mojada, flores silvestres y leña de roble.

Jon Ander acarició con infinita ternura el rostro y el cuerpo de Leire, besando cada centímetro de su piel con devoción sagrada.

Hicieron el amor en un susurro de besos, caricias y abrazos lentos, celebrando la plenitud de su matrimonio y la dicha inmensa de ser padres.

Fundidos en un abrazo eterno, contemplaron a su hijo recién nacido, sintiendo que sus almas estaban unidas para siempre por un lazo invencible que nada ni nadie podría romper jamás.

Nueve meses después, a mediados de febrero de 2028, una ola de frío polar y nevadas históricas cubrió con un manto blanco de dos metros de espesor el Parque Natural de Gorbeia.

A las 03:00 horas de la madrugada, el teléfono rojo de emergencias de SOS Deiak 112 sonó en la central de bomberos de Miribilla y en la guardia médica del Hospital de Cruces.

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Jon Ander descolgó el auricular en el parque de Miribilla mientras Leire atendía la llamada en el despacho médico de Cruces.

— «Korta, doctora Arregi... Tenemos una catástrofe blanca en las entrañas del Gorbeia. Cuatro compañeros atrapados en una sima helada sin salida. Os necesitamos de inmediato en el puesto de mando de Pagomakurre» .

Jon Ander y Leire intercambiaron una mirada a través de la frecuencia de radio.

—Estamos listos, mando —respondió Korta ajustando su arnés de rescate invernal—. Salimos hacia el Gorbeia.

La saga de CÓDIGO CRUCES continuará en el Libro 3: LA SIMA DE LOS CUERPOS FRÍOS.

A las cinco de la mañana, los mecánicos de Miribilla prepararon las cadenas de nieve para los camiones pesados y revisaron las camillas de rescate en hielo Akja .

A las cinco y media de la mañana, el equipo de anestesia de Cruces estibó mantas térmicas de convección de aire caliente Bair Hugger y sueros glucosados a cuarenta grados en las mochilas de intervención médica.

A las seis de la mañana, don Imanol y doña Begoña cuidaban con amor al pequeño Markel mientras Jon Ander y Leire preparaban sus mochilas tácticas en el zaguán.

A las seis y media de la mañana, el sacerdote entregó a Jon Ander y Leire una medalla de plata bendecida para su nueva misión en la montaña.

A las siete de la mañana, Korta y Leire besaron a su hijo y a sus padres, prometiendo regresar con la misión cumplida.

A las siete y media de la mañana, los vehículos todo terreno de bomberos y emergencias ascendieron por las carreteras nevadas del valle de Arratia hacia Pagomakurre.

A las ocho de la mañana, el convoy alcanzó el refugio a cota 880 metros, instalando el Puesto de Mando Avanzado en medio de una ventisca blanca cegadora.

A las ocho y media de la mañana, los rescatadores del GRT localizaron la entrada kárstica bloqueada por un tapón de nieve prensada y estalactitas de hielo.

A las nueve de la mañana, se desembarcaron generadores portátiles y lanzas térmicas para perforar el tapón de hielo y acceder a las galerías profundas.

A las nueve y media de la mañana, Jon Ander y Leire estrecharon sus manos enguantadas sobre la nieve del Gorbeia.

—Juntos en el fuego y juntos en el hielo, Leire.

—Siempre juntos, Jon Ander.

A las diez de la mañana, los instructores de rescate vertical revisaron las cuerdas de alta tenacidad para el descenso en pozos helados.

A las diez y media de la mañana, la central de emergencias asignó el canal táctico siete exclusivo para el operativo de Gorbeia.

A las once de la mañana, la tripulación del helicóptero de la Ertzaintza permaneció en alerta máxima esperando una ventana de visibilidad meteorológica.

A las once y media de la mañana, los vecinos de Areatza encendieron cirios por el éxito del rescate y la salvación de los espeleólogos.

A las doce del mediodía, los voluntarios sirvieron tazones de caldo de puchero caliente con hierbabuena a los rescatadores.

A las doce y media del mediodía, Leire comprobó la calibración de los capnógrafos y pulsioxímetros para temperaturas bajo cero.

A la una de la tarde, Korta y dos bomberos del GRT iniciaron el descenso rapelando por el pozo de entrada de la sima de Supelegor.

A la una y media de la tarde, el primer enlace por cable telefónico de campaña confirmó que los espeleólogos permanecían con vida en una caverna a trescientos metros de profundidad.

A las dos de la tarde, los sanitarios dejaron lista la camilla nido con capullo de aislamiento de plumón para el izado de los heridos.

A las dos y media de la tarde, los cirujanos del Hospital de Cruces prepararon los quirófanos de trauma y recalentamiento extracorpóreo.

A las tres de la tarde, los técnicos de bomberos mantuvieron en marcha los compresores móviles para rellenar botellas de aire en montaña.

A las tres y media de la tarde, los vecinos del valle compartieron jarras de sidra caliente con canela en la posada municipal.

A las cuatro de la tarde, en el caserío Arregi-Enea , don Imanol oraba con devoción por la protección de su hija y su yerno.

A las cuatro y media de la tarde, el bebé dormía plácidamente arropado con las mantas de lana virgen, custodiado por el amor de sus abuelos.

A las cinco de la tarde, la escuadra de rescate avanzó entre agujas de caliza y ríos subterráneos helados en las profundidades del macizo.

A las cinco y media de la tarde, Korta alcanzó a los cuatro espeleólogos, administrando calor y sueros calientes en medio del júbilo más absoluto.

A las seis de la tarde, Leire descendió hasta la galería para tratar las hipotermias severas y fracturas de los atrapados.

A las seis y media de la tarde, el torno de rescate inició la extracción vertical hacia la superficie nevada de Pagomakurre.

A las siete de la tarde, una tregua en la ventisca permitió al helicóptero aterrizar en la campa para evacuar al primer paciente hacia Cruces.

A las ocho de la noche, los cuatro espeleólogos fueron extraídos con vida, certificando el éxito absoluto de la operación de salvamento.

A las ocho y media de la noche, agotados pero triunfantes, Jon Ander y Leire se abrazaron en el porche de Pagomakurre bajo la nieve que caía suavemente.

—Lo hemos logrado una vez más, mi amor.

—Siempre lo lograremos juntos, Jon Ander.

A las once de la noche, regresaron al calor sagrado de su hogar en Galdames, donde el pequeño Markel despertó con una sonrisa luminosa en los brazos de sus padres.