CAPÍTULO 17 — EL ASALTO MARÍTIMO AL NORDIC SENTINEL EN EL FONDEADERO DE BERMEO #3
A las cinco de la tarde, recorrieron las viñas viejas de uva Hondarrabi Zuri en Gordexola, observando las primeras yemas de la vid.
A las cinco y media de la tarde, don Xabier bendijo las mantas de pura lana en la sala grande de Arregi-Enea .
A las seis de la tarde, los técnicos de pesca inspeccionaron las tinas de salazón de anchoas en la cofradía de Bermeo, certificando la pureza del agua y la frescura de la pesca de bajura.
A las seis y media de la tarde, degustaron unas gildas artesanas con aceituna manzanilla, guindilla de Ibarra y anchoa de Bermeo acompañadas de txakoli en la atalaya de Mundaka.
A las siete de la tarde, doña Begoña sirvió en la cocina de Arregi-Enea manzanas reinetas asadas a la leña con canela y miel silvestre.
A las siete y cuarto de la tarde, el cabo Beldarrain revisó la bomba de presión del camión nodriza en Miribilla, registrando cuatro mil litros por minuto sin oscilaciones de caudal.
A las siete y media de la tarde, el maestro campanero de Galdames ajustó los badajos de bronce de la torre para el volteo general de gloria.
A las siete y cuarenta y cinco de la tarde, don Imanol compartió una copita de licor de endrinas con nueces peladas a mano en la bodega de Arregi-Enea .
A las ocho de la tarde, el sacerdote don Xabier impartió la bendición nupcial solemne sobre los anillos forjados en oro y hierro en el oratorio del caserío.
A las ocho y quince de la tarde, doña Begoña preparó una fuente de buñuelos de viento espolvoreados con azúcar y canela para toda la familia.
El bocado dulce y esponjoso celebró la bendición de los anillos con la mayor ternura hogareña.
A las ocho y media de la tarde, Korta y Leire agradecieron a don Imanol y doña Begoña el amor incondicional y el apoyo brindado en cada momento difícil.
Don Imanol les abrazó conmovido, deseándoles toda la ventura del mundo en su nuevo hogar.
A las ocho y cuarenta y cinco de la tarde, de rodillas ante el viejo crucifijo tallado en madera de roble, Korta y Leire renovaron su promesa de amarse, cuidarse y respetarse para siempre.
La luz titilante de los cirios de cera virgen iluminaba sus rostros serenos y resueltos.
A las ocho y cincuenta y cinco de la tarde, guardaron un minuto de silencio en memoria de los bomberos y sanitarios caídos en acto de servicio en las emergencias de Bizkaia.
A las nueve de la noche, Korta y Leire subieron a la buhardilla de Arregi-Enea .
Frente al resplandor dorado del fuego que bailaba en la chimenea, se despojaron de sus ropas lentamente, mirándose a los ojos con un deseo puro y arrollador.
Korta tomó el cuerpo esbelto y perfecto de Leire entre sus brazos fuertes, acariciando cada curva de su piel suave y tibia con una devoción infinita.
Leire acarició los hombros anchos y las cicatrices del pecho de Korta, sintiendo el latido poderoso y desbocado de su corazón de bombero.
Se entregaron el uno al otro sobre el colchón de plumas y las sábanas de lino fresco con una pasión volcánica, tierna y sublime.
Cada beso, cada caricia y cada gemido sellaban la consagración de dos almas que habían atravesado el fuego y el veneno para encontrarse para siempre.
Hicieron el amor sin prisa, fundiéndose en una danza perfecta de placer, éxtasis y adoración mutua hasta que la noche se llenó de susurros de amor eterno.
—Te amo más que a mi propia vida, Jon Ander —gimió Leire estrechándose contra él con todas sus fuerzas.
—Eres mi vida entera, mi luz y mi paz eterna, Leire —respondió Korta colmando sus labios de besos apasionados y sagrados.
A las diez de la noche, abrazados bajo el edredón de lana, Korta velaba el sueño tranquilo de Leire, acariciando suavemente sus cabellos oscuros.
La paz que inundaba la habitación era el fruto de la valentía, el deber cumplido y el amor más puro.
A las diez y media de la noche, doña Begoña colocó ramos de laurel bendito y flores de manzanilla sobre el dintel de piedra de Arregi-Enea para augurar prosperidad y salud a la nueva familia.
A las seis de la mañana, los trinos alegres de los petirrojos y mirlos anunciaron el amanecer en los bosques de Galdames.
La bruma matinal se disipaba lentamente sobre los prados verdes bañados por el rocío.
A las siete y media de la mañana del veintiséis de enero, las campanas de bronce de la iglesia parroquial de San Pedro de Galdames saludaron el nuevo día con su repique solemne.
Los primeros rayos del sol invernal atravesaron la bruma disipándola sobre los prados verdes y los tejados de piedra de los caseríos encartados.
A las ocho de la mañana del veintiséis de enero, los primeros rayos del sol dorado iluminaron las cumbres de Las Encartaciones y la fachada de piedra arenisca de Arregi-Enea .
Korta y Leire despertaron sonriendo, mirándose a los ojos con la certeza absoluta de que el destino les aguardaba para sellar su unión ante todo su pueblo con la bendición de su tierra y de su gente.
En el Capítulo 18 ( La Boda de Galdames y el Triunfo de la Justicia ) , la saga de Cenizas en la noche de San Juan alcanzará su apoteosis de emoción, honor y amor inquebrantable.