CAPÍTULO 17 — EL ASALTO MARÍTIMO AL NORDIC SENTINEL EN EL FONDEADERO DE BERMEO
A las dos de la madrugada del veinticinco de enero, el muelle de la Cofradía de Pescadores de Bermeo se convirtió en una base táctica de alta seguridad bajo una densa niebla marina y un mar embravecido con olas de tres metros.
El subcomisario Mikel Echeveste , la inspectora Irati Mendiluze , el cabo Jon Ander 'Korta' Cortázar y la doctora Leire Arregi se reunieron con los doce operadores de élite del grupo de asalto Berrozi Berezi Taldea y los especialistas de rescate acuático del BBT .
—Nuestra misión prioritaria en el GRT es acceder a la bodega criogénica número dos antes de que los mercenarios activen el sistema de autodestrucción por sobrepresión de gas cianhídrico. Si ese carguero estalla, la nube tóxica alcanzaría la costa de Bermeo y Mundaka en menos de veinte minutos.
Antes de subir a la lancha de asalto, Korta se acercó a Leire en el puesto médico avanzado instalado en la lonja vieja del puerto.
Leire ajustó el cuello de neopreno del chaleco táctico de Jon Ander con manos firmes pero cargadas de una emoción profunda.
—Vuelve a mí, Jon Ander. No te arriesgues más de lo necesario —susurró Leire mirándole fijamente a los ojos con devoción y ternura.
Korta tomó el rostro de Leire entre sus manos enguantadas, besando sus labios con una pasión contenida y solemne.
—Te juré que siempre regresaría, Leire. Esta noche acabaremos con ellos y mañana empezará nuestra vida para siempre.
Leire le entregó un pequeño estuche estanco con dosis precargadas de antídotos Cyanokit y sulfato de atropina.
—Llévalo en el bolsillo pectoral del chaleco. Que la fuerza de esta tierra y mi amor te protejan en la oscuridad.
A las 02:45 horas, dos lanchas semirrígidas Zodiac Hurricane 935 con motores fueraborda gemelos de 350 caballos en modo de escape silencioso subacuático zarparon del puerto de Bermeo cortando el oleaje cantábrico.
La noche era oscura como boca de lobo, con rachas de viento de componente noroeste de veintidós nudos y salitre congelando las viseras de protección.
A través de los visores de visión nocturna térmica, el perfil mastodóntico del carguero Nordic Sentinel apareció en el horizonte como una mole de acero oxidado de ciento veinte metros de eslora balanceándose sobre las aguas negras.
—Distancia al objetivo: mil doscientos metros. Radares del buque desactivados por contramedidas electrónicas de la Ertzaintza —anunció el piloto de la lancha líder por el canal de radio encriptado de frecuencia fija.
A las 03:10 horas, el estruendo coordinado de las turbinas de los dos helicópteros Airbus H135 rasgó la noche al posicionarse en vuelo estacionario a quince metros sobre la toldilla de popa y el castillo de proa del Nordic Sentinel .
Las cuerdas de descenso rápido fast-rope cayeron pesadamente sobre la cubierta de chapa estriada.
Ocho comandos de Berrozi y el cabo Korta descendieron deslizándose con una velocidad y precisión quirúrgica, tomando tierra con sus fusiles HK416 y subfusiles MP5-SD apuntando a los sectores críticos.
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— «¡Ertzaintza! ¡Tírense al suelo! ¡Giltzak lurrera!» —gritaron los agentes mientras lanzaban granadas aturdidoras Flashbang que deslumbraron a los dos centinelas apostados tras los pescantes de los botes salvavidas.
Los mercenarios estonios apostados en el castillo de popa abrieron fuego automático con fusiles AK-47 .
Los impactos de bala rebotaron con chispazos brillantes contra los mamparos reforzados de la cubierta.
Korta y el sargento de Berrozi avanzaron en formación táctica de cobertura mutua.
Disparando con precisión milimétrica cartuchos de impacto cinético y fuego disuasorio, neutralizaron a tres de los agresores en la entrada del tambucho de popa sin provocar perforaciones en las tuberías de gas comprimido.
—¡Cubierta superior despejada! ¡Bajamos a la sala de máquinas y bodegas! —ordenó el sargento por radio.
Korta, equipado con su equipo de respiración autónoma Dräger y una manguera de alta presión con boquilla de espuma de media expansión, bajó por las estrechas escalas metálicas hacia la bodega número dos.
El ambiente en el fondo del buque estaba saturado de vapores sulfurosos y un zumbido agudo de electrobombas funcionando al límite de cavitación.
Frente a ellos, en el centro de la bodega, se alzaba el reactor químico clandestino: un tanque criogénico esférico de tres mil litros conectado a un temporizador digital con una cuenta regresiva iluminada en color rojo carmesí.
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— «¡Tenemos cuatro minutos antes de la sobrepresión!» —gritó Korta conectando el adaptador de venteo rápido a la válvula maestra de titanio Grado 5.
Con pulso firme y aplicando las técnicas de rescate en espacios confinados mineros, Korta utilizó una llave dinamométrica de bronce antichispas para bloquear el actuador neumático de la válvula de purga.
Inyectó una mezcla de nitrógeno líquido y gas inerte presurizado a través de la boquilla de servicio, estabilizando la temperatura del núcleo en menos de noventa segundos.
El temporizador digital se detuvo exactamente a los 00:27 segundos.
— «¡Reactor neutralizado! ¡Bodega dos asegurada sin fuga de gas tóxico!» —comunicó Korta al puesto de mando.
En la cubierta y en el puente de mando, los aplausos y vítores resonaron a través de todos los canales de radio de la Ertzaintza.
A las 03:45 horas, los agentes de Berrozi aseguraron el puente de gobierno.
El capitán del buque, un antiguo oficial de la marina mercante de Europa del Este, y los restantes tripulantes fueron esposados con bridas tácticas de alta resistencia e incomunicados bajo custodia judicial.
Se incautaron los ordenadores de navegación, los discos duros con el libro de bitácora clandestino, los teléfonos satelitales Iridium y los planos de los túneles mineros de Bizkaia donde pretendían efectuar futuras descargas.
A las cuatro y media de la madrugada, la patrullera Itsas-Zain atracó abarloada al carguero y la doctora Leire Arregi subió a bordo escoltada por la policía científica.
Leire inspeccionó los precintos del reactor y extrajo muestras de control analítico con jeringas de teflón estancas.
—Confirmado: cianuro de hidrógeno de pureza militar al noventa y nueve por ciento. La neutralización efectuada por el cabo Cortázar ha salvado a toda la comarca de una catástrofe sin precedentes —certificó la forense en el acta oficial.
Korta se quitó la máscara de respiración autónoma, empapado en sudor y con los músculos en tensión.
Leire corrió hacia él y se arrojó a sus brazos sobre la cubierta húmeda del barco.
Korta la levantó en vilo estrechándola contra su pecho, mientras la brisa marina y las primeras luces del alba teñían el cielo sobre el cabo Matxitxako.
Se besaron con un fervor infinito, rodeados por los aplausos de los agentes de Berrozi, los bomberos y los tripulantes de la patrullera.
—Lo hemos logrado, Leire. La pesadilla se ha terminado para siempre —dijo Korta con la voz quebrada por la emoción.
—Eres mi héroe, Jon Ander. Mi vida entera.
A las seis de la mañana, la flotilla formada por el Nordic Sentinel , la patrullera Itsas-Zain y las lanchas semirrígidas entró triunfante en el puerto de Bermeo.
Las sirenas de los barcos pesqueros y de los camiones de bomberos desplegados en los muelles hicieron sonar sus bocinas en señal de júbilo y homenaje.
Cientos de vecinos y familiares aguardaban en el espigón ondeando banderas y aplaudiendo a los rescatadores.
A las siete y media de la mañana, en la sede de la Cofradía de Bermeo, el subcomisario Echeveste, la inspectora Mendiluze, Leire y Korta comparecieron ante los medios de comunicación nacionales e internacionales.
Se anunció la desarticulación total del cártel químico internacional y la detención de sus cabecillas en Rotterdam, Hamburgo y Bilbao.
A las ocho y media de la mañana, en la taberna del puerto viejo, el equipo disfrutó de un copioso desayuno popular.
Tostadas con aceite y jamón ibérico, café recién hecho, tortilla jugosa de bacalao y copas de Txakoli de Urdaibai bien fresco.
Las risas, los abrazos y la emoción compartida sellaron la fraternidad indestructible del grupo.
A las diez de la mañana, Korta y Leire caminaron solos por el parque de la Atalaya.
El mar Cantábrico brillaba en calma bajo un cielo azul radiante.
Korta tomó la mano de Leire.
—Ha llegado la hora de volver a casa, a Galdames, y preparar nuestra boda.
A las once y media de la mañana, regresaron a Arregi-Enea .
Don Imanol y doña Begoña les recibieron en la cancela con lágrimas de felicidad y los brazos abiertos.
El caserío lucía engalanado con guirnaldas de flores silvestres y cintas blancas de seda para la inminente ceremonia.
A las dos de la tarde, toda la familia compartió una comida memorable.
Un gran chuletón de buey criado en los pastos altos de Galdames asado a la brasa de encina con patatas fritas en aceite de oliva y pimientos verdes del país.
Don Imanol descorchó una botella de vino tinto de la Rioja Alavesa de reserva especial.
A las cuatro de la tarde, los txistularis, los danzaris del grupo local y los vecinos ensayaron el aurresku de honor en el pórtico de la iglesia parroquial.
Los acordes alegres del txistu y el tamboril resonaban por todo el valle encartado.
A las cinco y media de la tarde, en el taller de la fragua, don Imanol entregó a Korta y Leire las dos alianzas de oro fino y hierro dulce pulido a espejo.
—Estas alianzas llevan el hierro noble de nuestros montes y el oro puro de vuestro amor. Que nadie las separe jamás.
A las seis y media de la tarde, bajaron a la bodega familiar.
Llenaron las jarras directamente de la kupela de roble, brindando por los ancestros y por las generaciones venideras.
A las siete y media de la tarde, encendieron cirios de cera virgen en la pequeña ermita rural dando gracias por la paz recuperada.
A las ocho y media de la noche, sentados en los bancos de nogal frente a la chimenea, doña Begoña mostró las sábanas de lino bordadas a mano para el lecho nupcial.
El aroma a madera de roble quemada y lavanda fresca envolvía la estancia en una atmósfera de serenidad absoluta.