CAPÍTULO 12 — EL RELLENO DE LAS GALERÍAS Y LA MISA DEL GALLO MINERA #3
—El macizo kárstico vizcaíno cuenta con el mejor equipo de intervención subterránea de Europa —destacó Korta.
A las seis de la mañana, Korta y Leire tomaron un chocolate espeso con churros recién fritos en la plaza de San Severino de Balmaseda.
Los vecinos de la villa medieval se acercaron a felicitarlos con cariño entrañable.
—¡Viva los novios de Galdames! —vitorearon los comerciantes de la plaza.
A las seis y cuarto de la mañana, montaron a caballo por los senderos nevados del monte Kolitza.
Al alcanzar la cumbre junto a la ermita románica, contemplaron la salida del sol sobre toda la cordillera cantábrica.
Korta tomó la mano de Leire.
—Aquí arriba, ante Dios y estos montes, te juro mi amor eterno, Leire.
A las seis y media de la mañana, Korta entregó dos camillas de rescate de espeleología y un juego de cuerdas semiestáticas al parque de bomberos voluntarios de Karrantza.
—Para que nunca falte equipo de primera línea en los rescates de nuestro valle —dijo Korta conmovido al estrechar la mano del jefe de parque.
A las seis y cuarenta y cinco de la mañana, doña Begoña sirvió en vasitos de cristal tallado su tradicional licor de hierbas macerado con manzanilla real, tomillo y anís estrellado.
Brindaron los cuatro juntos junto a la lumbre del hogar.
—Por la salud, por la tierra y por los hijos que llenarán de risas este caserío —proclamó don Imanol alzando su copa.
A las siete de la mañana, Korta y Leire salieron a la huerta con una cesta de mimbre.
Cosecharon puerros gruesos, berzas de hoja rizada y zanahorias cubiertas de escarcha para el caldo del mediodía.
El contacto con la tierra fresca y limpia reforzaba el lazo sagrado que los unía a sus raíces agrícolas y montañesas.
A las siete y cuarto de la mañana, don Imanol trazó una cruz sobre el yunque con la mano encallecida.
—Que este metal siga forjando la paz de nuestra familia y el progreso de Las Encartaciones —proclamó con voz firme y serena.
A las siete y media de la mañana, el volteo solemne de las campanas de la iglesia parroquial de San Pedro de Galdames se expandió por todo el valle.
El párroco don Xabier anunció con el toque de campanas la paz recuperada para la comarca y la próxima boda de la doctora Leire Arregi y el cabo Jon Ander Cortázar.
Los vecinos de las aldeas cercanas salieron a los balcones de los caseríos saludando con pañuelos al viento el sonido jubiloso del bronce.
A las siete y cuarenta y cinco de la mañana, varios vecinos del barrio de San Pedro pasaron frente al caserío Arregi-Enea camino de las campas.
Saludaron con la mano en alto y sonrisas de cariño a don Imanol y a los novios.
—¡Egun on, Imanol! ¡Zorionak bikoteari! —gritaron los campesinos desde el camino empedrado.
A las ocho de la mañana, en la sala de estar de Arregi-Enea , doña Begoña abrió el viejo arcón de nogal tallado de 1890.
Mostró a Leire las sábanas de lino bordadas a mano por su abuela y las mantas de lana pura de oveja lacha.
—Estas telas han abrigado a cuatro generaciones de matrimonios felices en esta casa, Leire —dijo doña Begoña con lágrimas de emoción—. Ahora te pertenecen a ti y a Jon Ander.
Leire abrazó a su madre con una ternura infinita.
A las ocho y cuarto de la mañana, de regreso al patio del caserío, Korta e Imanol encendieron la fragua.
Con martillo y yunque, templaron en agua de manantial cuatro herraduras de acero para los caballos pottokas.
El repique rítmico del metal al rojo vivo resonó en el valle como el latido indomable de la forja vasca.
—El fuego limpio crea vida nueva —dijo Imanol secándose la frente.
A las ocho y media de la mañana, Korta y Leire subieron a la buhardilla del caserío.
Frente al resplandor dorado de las brasas de roble, se despojaron de sus ropas y se entregaron al amor con una pasión honda, sagrada y reconfortante.
Korta acarició la piel suave y tibia de Leire con una devoción infinita, besando cada centímetro de su cuerpo con la ternura de quien sabe que ha encontrado el hogar eterno y el sentido supremo de su destino.
Leire envolvió el cuerpo fuerte y protector de Korta con sus brazos y sus piernas, suspirando de placer mientras se fundían en un abrazo íntimo e indestructible.
Hicieron el amor al compás sosegado de las brasas, sabiendo que su unión era invencible y que habían ganado para siempre el derecho a la felicidad y a la paz.
A las ocho y cuarenta y cinco de la mañana del siete de enero, la luz dorada y limpia del alba iluminó la buhardilla a través del ventanal.
Las campas de Galdames y los bosques de robles amanecieron cubiertos por un manto de nieve virgen de veinte centímetros de espesor.
Korta y Leire se despertaron abrazados, contemplando el paisaje blanco con una sonrisa de plenitud.
—Buenos días, mi amor —susurró Leire besando el pecho de Korta.
—Buenos días, mi vida —respondió Korta estrechándola contra sí con toda la fuerza protectora de su ser.
—Siempre juntos, Leire... en cada guardia, en cada rescate y en cada rincón de este hogar.
La mañana del siete de enero cubrió Las Encartaciones con un manto blanco de nieve virgen y una luz dorada y celestial.
La batalla de las cenizas de Muskiz, los hornos de Ortuella, la Corta de Bodovalle y el quimiquero de Zierbena había concluido con la victoria definitiva de la verdad, la ciencia forense y el heroísmo de los bomberos de Bilbao.
Jon Ander Cortázar y Leire Arregi contemplaban el amanecer abrazados en la buhardilla de Arregi-Enea , con las manos entrelazadas y los corazones latiendo al unísono.
Toda Bizkaia respiraba en paz, sabiendo que sus guardianes velaban por ella con una entrega incondicional.
Con este capítulo culmina el monumental Acto II .
En el Acto III (Capítulo 13: El Proyecto Enkarterri Berria y la Primavera en Peñas Negras ) , los nuevos desafíos de la reconstrucción y la sombra de nuevas investigaciones abrirán las puertas hacia la apoteosis final de la trilogía de Código Cruces .